Ciencia y tecnología

Estándar

Móviles, o cuando no todo es lo que parece. La mirada de Carlota en el último ejemplar de ¿Por qué?

—Carlota, échale un vistazo a mi móvil. No sé qué pasa que no puedo entrar en WhatsApp.

Cojo el móvil de la abuela. No le pasa nada. Solo que no lo ha actualizado desde hace siglos. Se lo explico.

— ¡Ah! Mira mi nieta, que siempre me enseña trucos de las nuevas tecnologías.

—De nuevas ya tienen poco, abuela. Y tampoco se puede decir que te haya enseñado un supertruco. Es más bien algo normal. Cuando tú tenías mi edad no había redes sociales, ¿verdad?

—Cielo, por no haber no había ni móviles. Ni siquiera teléfonos inalámbricos…

— ¡Uf! ¿Y cómo te comunicabas con tus amigas y amigos? ¿Solo por teléfono?

—Ni así, porque llamar por teléfono era caro y la familia no nos dejaba hablar mucho rato.

— ¿Y cuándo hablabais?

—Pues, en el colegio, claro. Y cuando estábamos de vacaciones, nos escribíamos cartas.

— ¿Cartas? ¿Y cuánto tardaba en llegar una carta?

—Pues, si estábamos fuera de la ciudad podía tardar 10 días.

— ¡Anda, qué rollo!

—Sí, ahora todo es mucho más fácil y más inmediato. Pero las nuevas tecnologías tienen también sus problemas, por lo que me han contado.

—Tienes razón. Acabo de leer un libro que me ha puesto los pelos de punta y que tiene que ver con eso. Es una novela que se llama El rastro brillante del caracol(*), donde una chica acepta la amistad de un chico muy guapo de su edad…

— ¿Y resulta que el chico no es lo que parece?

—En absoluto. No te cuento quién es para no hacerte un spoiler, pero se le instala dentro del ordenador…

— ¡Eh! ¿Qué quiere decir que se le instala en el ordenador? ¿Eso se puede hacer?

—Pues sí. El chico le envía un enlace para que ella vea una foto. Ella le hace clic y no se abre. El otro le dice: “¡Ups! No te preocupes, te la vuelvo a enviar en otro formato.”

— ¿Y entonces sí la puede abrir?

— ¡Sí! Pero esta no es la cuestión. Lo que pasa es que cuando hace clic en el primer enlace, sin saberlo instala un programa espía que le permite al otro saber todo lo que hace.

— ¡No puede ser!

—Claro que sí, abuela. Le lee los correos, le revisa las carpetas que tiene en el disco duro, accede a sus contactos e, incluso, le puede ver la cara a través de la webcam.

— ¿Eso nos puede pasar a todos? ¿Me pueden ver a través de la cámara?

—Yo, por si acaso, la tengo tapada con un cartón pegado con cinta adhesiva. Y solo la destapo cuando tengo que hacer un Skype.

—A partir de ahora haré lo mismo: la taparé. Bien, ¿y qué le pasa a la chica de la novela?

—No te lo voy a contar. Léela. Es un thriller y creo que te gustará. Pero el tema es que, además, el chico sabe dónde vive y dónde estudia porque ella le ha ido dando todos sus datos.

— ¿A ti te ha ocurrido algo así?

—No. Pero me habría podido ocurrir porque, cuando te gusta alguien, te vuelves muy confiada. Le pasó a Mireia y aprendí la lección.

— ¿También le colocaron un programa espía en el ordenador?

—No. Se enamoró de un chico de carne y hueso de otro instituto; lo conocía poco. Un día le mandó una foto suya en sujetador y el tipo la colgó en las redes.

— ¡No me lo puedo creer! ¡Qué mala persona!

—Pues sí. Mireia lo pasó fatal. Tuvo que ir al psicólogo.

—Ostras, pobrecita. ¡Uf! ¡Qué mal cuerpo me has dejado! ¿Qué te parece si vamos a merendar un chocolate caliente? ¿Vas a buscar a Marcos?

Voy a la habitación de mi hermano, que tiene la puerta cerrada. Cuando entro encuentro a Marcos con su mejor amigo, Borja, con el que forma parte del club de los malditos. Borja tiene los ojos rojos, como si hubiera llorado.

— ¡Tía! ¿No sabes llamar o qué? –dice Marcos enfadado.

—Lo siento. ¿Os pasa algo?

Se miran los dos y, finalmente, Borja le dice que me lo puede contar.

Y lo que pasa es que a Borja le hacen bullying.

—Pero lo peor —dice Borja— no es que me lo hagan en el colegio. Es que no estoy tranquilo ni cuando llego a casa. Mira.

Y me pasa el móvil para que oiga un mensaje de voz de un compañero, que dice: “Imbécil, retrasado, verás mañana cuando vengas… Nadie hablará contigo. Te quitaré el almuerzo. Y te zurraremos entre unos cuántos.” Y después se oyen unas risas de hiena.

— ¡Esto lo tenemos que resolver, Borja!

 

* El rastro brillante del caracol, Gemma Lienas, editado por Destino.

** Colección “El club de los malditos”, Gemma Lienas, editada por Destino.