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La violencia de género destapa la crisis educativa en familias y escuela

Desde 2004, más de 800 mujeres han sido asesinadas en España, víctimas de la violencia machista. El año pasado, casi sesenta.

El problema estructural que representa que no  conoce segmentos sociales, no conoce profesiones, no conoce edades, no conoce contextos específicos; todo lo arrolla como un tsunami que cada día estalla en cualquier casa. Porque se trata de un delito que no da la cara, que se esconde en el ámbito de la pareja o expareja.

Las mujeres piensan que a ellas no les pasará nunca y los hombres arguyen que solo algunos violentos, alcohólicos, drogadictos o maleantes, pueden ser agresores. Nada más lejos de la realidad, los últimos estudios que se están realizando demuestran todo lo contrario. No hay un perfil de agresor claro, todos los hombres pueden ser agresores, aquí tampoco se salva ninguno. Mientras la sociedad no asuma esta realidad, el problema seguirá su camino como hasta ahora.  

El conflicto subyace en toda la sociedad como un problema estructural que nos atañe a todos, que vive latente en cada expresión social y por tanto, la sociedad debería darle cara y no aparcarlo en un rincón o en las noticias de sucesos. Y más teniendo en cuenta que la última Macroencuesta de violencia contra la mujer de 2015, que en esta ocasión se ha realizado bajo las recomendaciones del Comité de Estadística de las Naciones Unidas y por la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, resalta  que son las adolescentes residentes en España entre 16 y 24 años, quienes están sufriendo ahora más casos de violencia de género, en cualquiera de sus expresiones. Concretamente el 12,5% de estas jóvenes afirman haber sufrido violencia física o sexual de sus parejas, mientras que el 21,1% desvela que ha soportado violencia psicológica de control. Este porcentaje sobre el dominio del control representa el 17,8% del total de mujeres españolas en esta franja de edad.

Algo está fallando, se dicen los psicólogos expertos en el tema. Apuntan como uno de los factores primordiales la crisis que existe en el sistema educacional en las familias y, también en la escuela. Ahora que las dosis de libertad son mayores entre los más jóvenes y el acceso a la información mucho  más fácil, resulta que los niveles de violencia se acrecientan año tras año. Ahora que hay más información sobre el tema, se desprende que la base emergente de la sociedad, como son los adolescentes, son los que viven y toleran más las dosis diarias de violencia de género. Es como una contradicción o un revulsivo, que ha sacudido a muchos especialistas. Ahora a ningún psicólogo especializado se le escapa que tienen niñas de 14 años en sus consultas, con secuelas importantes por haber estado sometidas a relaciones con claros síntomas de violencia de género.

Un estudio reciente de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género resalta que el 60% de las chicas ha recibido insultos machistas de sus parejas a través del móvil y un 10% de ellas han sentido miedo por estos mensajes. El ciberacoso es ya una realidad y lo más peligroso es que no tienen la percepción apropiada sobre las consecuencias de estas conductas, posiblemente, – apuntan- porque muchas relaciones se inician cuando las jóvenes tienen 13 años.

Cuando los celos se confunden con el amor

Los celos aparecen como punta del iceberg en muchos casos ya que 7 de cada 10 adolescentes aprenden que los celos son expresión de amor. Un estudio presentado en 2013 por María José Díaz Aguado, catedrática de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, concluye que el 35,8% de las chicas han crecido en su entorno convencidas que los celos son la expresión normal de amor; los chicos no se escapan de esta valoración ya que ellos responden a este patrón en un 36,8% de los casos. La autora del estudio resalta que “el control voraz es un antecedente de la violencia de género y no podemos bajar la guardia”.

Y es que un tercio de los jóvenes acepta que su pareja le controle. Consideran inevitable que su pareja les vigile los horarios o decirle lo que puede hacer o no o prohibirle que se vea con sus amistades o familia. Estos datos, que en sí mismo parecen sacados de una hemeroteca del siglo pasado, son parte de las conclusiones del CIS, aportadas en 2017 bajo un estudio sobre la Percepción de la violencia de género en la adolescencia y la juventud.

En estos momentos se comprueba que existe una cierta tolerancia hacia la violencia de género entre los más jóvenes y que va disminuyendo a medida que las edades avanzan. No en vano, en 2016 hubo una media de 390 denuncias diarias por violencia de género, según datos del Poder Judicial. Esta media representa que 134.462 mujeres denunciaron ser víctimas, algunas lo denunciaron en más de una ocasión. Los datos demuestran un incremento del 8,7% en el número de víctimas y del 10,6% en el número de denuncias, respecto 2015. Cifras que sustentan que existe una mayor concienciación del problema en general y sobre todo, menos miedo a denunciar. Aún así, hay cifras que quitan el sueño. En la última década, en España hubo 670 mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas.

Un Pacto de Estado para la violencia de género

Tenemos un Pacto de Estado en ciernes sobre este tema y varias subcomisiones que lo debaten en el Senado, pero lo fundamental es que se incrementen los recursos tanto judiciales, policiales y sociales, para atender este problema y sobre todo, para proteger a las víctimas. Y las víctimas no son solo las mujeres, también lo son los hijos que en muchas ocasiones viven maltratos continuados en su casa, hasta que estalla el conflicto. Estos niños son los grandes olvidados del sistema, de hecho, hasta hace muy poco no se contabilizaban, lo cual demuestra que eran apartados de esta realidad.

Por ejemplo, el Institut Català de les Dones tiene un teléfono gratuito durante las 24 horas del día, –900900120– para atender a las mujeres que atraviesen una situación de violencia de género y , según sus últimos datos, cerca del 60% de las llamadas recibidas eran mujeres que vivían con hijos menores en el núcleo familiar. Cabe resaltar que el 99,2% de las llamadas recibidas en 2016, fueron por situaciones de violencia psicológica y un 37%, por violencia física.

Precisamente la violencia psicológica es la más complicada de detectar y también de solucionar. Se considera que una mujer que haya padecido durante 20 años violencia psicológica, tardará 10 años en recuperarse del todo a pesar de seguir una terapia adecuada. También en los procesos judiciales, los casos que se denuncian por esta tipología de violencia, son los más complicados por la dificultad que existe en poder mostrar pruebas concluyentes del delito.

Hemos hablado de los niños como los grandes olvidados en esta problemática, pero también existe otro segmento apartado de la Ley sobre Violencia de Género, como son las parejas lesbianas y homosexuales. Los colectivos gays hablan del intragénero y sobretodo reclaman estar incluidos en esta Ley. Si se desata un caso de asesinato en una pareja de este colectivo, como sucedió hace pocos días en Barcelona, el caso será deliberado en un juzgado de instrucción, no irá a uno de violencia de género porque, según explican fuentes judiciales, no se da el parámetro de hombre contra mujer. Por tanto, la actual Ley de Violencia de Género no incluye estos casos y tampoco existen referencias reales de esta problemática, porque los trabajos estadísticos no recogen esta casuística.

Cuando falla el respeto e impera el miedo

La violencia de género sigue siendo un problema de mujeres, que se habla y se comenta entre mujeres y se intenta dar solución entre mujeres. Como si el problema fuera solo de índole femenino. Mientras que los hombres lo ven como una agresión hacia ellos, desde el punto de vista de que se les culpabiliza de dicha situación. De nuevo surge una guerra entre sexos y sobre culpabilidades. El último estudio estadístico de la Delegación de la Violencia de Género revela que, en un 75,6% de los casos, la víctima ha comentado su caso con una amiga, con la madre o con una compañera de trabajo; solo el 20% dice que lo comentó con su padre. Todavía perdura en muchos núcleos familiares y sociales, que si “un hombre actúa violentamente hacia la mujer, es porque ella habrá hecho algo mal”.

Muchos hombres opinan que ellos deben imponerse en una relación, que debe llevar los pantalones en casa y hacerse respetar bajo la figura del protector y controlador; todo este proceso para ostentar el poder. Cuando ellos sienten que no se cumplen estos requisitos, pueden entrar en un proceso de  baja estima o en arranques de ira.”, dice Rubén Sánchez, psicólogo de la Oficina Atención a la víctima del delito en Barcelona, Ciudad de la Justicia.

Bajo estos parámetros que no son generalistas, pero sí bastante frecuentes, la solución que ofrecen los especialistas es que para llegar a un estado igualitario, es necesario un cambio en la educación, tanto en el seno de las familias, como en la escuela. No basta con campañas de información si los hombres y mujeres no aprenden a respetarse como iguales. Los estudios más recientes demuestran que las víctimas conocen qué es la violencia de género, saben casi  siempre a qué teléfonos acudir, que tienen derecho a ayudas si deciden denunciar a su pareja, pero el fondo de la cuestión sigue intacto. “Ellas deben entender por qué han llegado a este extremo y ellos han de aprender a convivir con la mujer de otra manera y esto no se resuelve solo con campañas. Cuando haces terapia con una víctima durante un tiempo, te das cuenta que en la mayoría de los casos se sienten culpables, hasta sienten pena por sus maridos…. No es un problema de culpas, es enseñar que la convivencia se ha de basar en el respeto, lo que no quiere decir miedo, ni a través del miedo”, concluye el psicólogo.

Júlia Sousa