Política e historia

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La fuerza bruta de las imágenes

Una sola fotografía no puede explicar una realidad y una historia tampoco puede describir del todo un conflicto. ¿La tromba de imágenes que el 1-O inundó los medios de comunicación y los medios de compartir cosas, las redes, puede explicar suficientemente lo que ocurrió en Catalunya? Casi. ¿Por qué? Los periodistas sabemos o deberíamos saber que la realidad entera es inabarcable y que a menudo la verdad está manipulada por intermediarios o por nosotros mismos, que somos nuestro principal enemigo cuando idealizamos los hechos y nos convertimos en propagandistas o jueces. Demasiadas veces la primera víctima de una situación violenta es la verdad.

Durante el intento de culminar un referéndum normalizado nos invadieron las estampas de miembros de la seguridad del Estado extralimitándose en la fuerza para impedir votaciones. Nada nuevo en un mundo donde hasta los dibujos animados enseñan que la violencia soluciona conflictos, donde la seguridad se come a la libertad y donde a diario retransmitimos nuestras vidas: transmitimos lo que captamos. ¿Esta visión óptica es la realidad? Un fragmento de ella sin depurar, en el mejor caso. Todos podemos informar y ser informados en el paraíso digital; espiar y ser espiados. ¿Somos todos periodistas? No. Los tsunamis de imágenes, estáticas o en secuencia, suponen de entrada una sobreinformación dispersa que satura y nos hace difícil descubrir la totalidad de ángulos. Si quien las maneja es ajeno al oficio de comunicar, corren el peligro de ser inconexas, estar salteadas de juicios de valor, sentimentalismo, golpes de efecto y signos de cabreo.

¿Podemos ser neutrales ante la injusticia evidente y repetida de gente mayor ensangrentada por Robocops en versión de aquí? Por supuesto que no, seamos reporteros o camareros, pero únicamente el rigor de un profesional sabrá dotar a los hechos de su veracidad, dimensión, equilibrio y riqueza expresiva; darles un entorno de vivencia, clima y detalles; enmarcarlos en lo importante y no (solo) en lo impactante o anecdótico. Dar enfoque y perspectiva a lo que se acumula ante nuestra retina; cada escena plantea un tratamiento legal, moral y político. ¿Entonces cómo podemos los ciudadanos en general dar sentido a lo que vivimos o vemos en pantalla atropelladamente? La palabra es visión. Cuántas más palabras honestas tengamos y más razonadamente las empleemos al fundamentar nuestro punto de vista, mejor interpretaremos algo turbador, aparatoso e irritante como los espasmos de una violencia tan tozuda y fuera de las reglas. Si nos quedamos solo con la ira, por justa que sea, trasladaremos simplificaciones o partidismos calientes. Habremos quedado a merced de la fuerza bruta de la imagen, nunca mejor dicho. Atrapados en el abrazo hipnótico del “todo imagen”, uno de los grandes peligros de la sociedad del ojo que todo lo ve; soltar continuas cataratas visuales sin contexto.

La imagen no siempre se explica por sí misma. Una cadena emitió penosos planos de africanos maltratados por una turba feroz de perseguidores sin decir que los fugitivos habían sido los genocidas de la etnia que les perseguía. La tele suele producir realidad inexplicada a chorro. Cierto que los planos reiterados de suma violencia a cargo de guardias civiles y policías nacionales contra pacíficos votantes hablan por sí solos, marcan una conducta y una jornada. Pero atención: no cabe quedarse en la superficie de los porrazos reduciendo la noticia del día a la violencia, ya que olvidaríamos a los sujetos políticos de fondo, la cuestión.

Por ejemplo, los gobiernos del Estado que en los últimos diez años, sin ir más atrás, han sido incapaces de hallar una salida al “problema catalán”. El PP que combatió el Estatut de 2006 y ha vaciado el modelo autonómico desde su mayoría en Las Cortes, así como sus mandos de orden público que han planificado tan mal una táctica de neutralización electoral, merecen un cero de la sociedad. Pero tampoco pueden llegar al aprobado quienes han lanzado emocionalmente a ciudadanos contra el Estado y algunos catalanes –la verdad ineludible suele ser incómoda y tener muchos matices- que buscaban una reacción excesiva. La resistencia civil de muchos, los mamporros de otros muchos y las provocaciones de unos pocos son efectos de lo que no aparece en imágenes. De las acciones y omisiones de quienes han propiciado o provocado el fracaso de convivencia.

¿Por qué no podemos ver el paisaje real en su integridad, sino verdades parciales? Porque los intereses políticos o mediáticos, o ambos a la vez, nos lo pintan de terribles luchas entre el bien y el mal, ellos y nosotros, donde los violentos y fanáticos siempre son los otros. Un paisaje de puesta en escena, de terreno de juego de partido (partidista) para volcar la pasión competitiva, de dilema acuciante: apueste por uno. ¿Cómo distinguir a los buenos de los malos en una larga batalla de palabras hirientes que continúa a golpes? Malos los hay en todos los bandos, sin embargo hemos de aprender a discernir en cada momento quiénes son los dominadores y los dominados; los fuertes y los débiles; las víctimas y los agresores. Dónde está el nudo del asunto y dónde la sobreactuación. Ahí nos surge un nuevo peligro del siglo: la tendencia a convertir la información en lo espectacular. Las teles no ignoran que los problemas que se presentan con violencia y dramatización intensiva poseen mayor rentabilidad, y así nos llenan de épica de terminators muy tecnificados y de valles de lágrimas. Incluso en las guerras de verdad, la moda periodística es explicarlas mediante una historia individual, preferiblemente con una niña, y santas pascuas.

Conclusión: si no queremos pasar de puntillas por unos sucesos violentos ni sentenciarlos desde una tarima para profes infalibles, si queremos tener un criterio sólido y responsable, ¿qué debemos evitar ante unas imágenes desnudas, sin un texto trabajado que les dé significación? Las interpretaciones lejanas y planas. Las que queman de tan cercanas. Las que han perdido el olfato crítico. Las repletas de odio y cizaña. Las cínicas o escépticas. Las ‘gracietas’, que la vida va en serio. Inventar héroes, santos y mártires en un álbum de cromos. Caer en la veneración absoluta de los símbolos. (Las rosas de los Mossos antes fueron espinas y no pocas banderas aquí y allí se utilizan para tapar vergüenzas). Finalmente, evitar los fantasmas propios, luchando cada día contra nuestra chulería e intolerancia, nuestros prejuicios y bestias negras.