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La corrupción, una carcoma de la democracia

La democracia, por tanto, no es sólo contar votos. Hay una cuestión, sin embargo, que le hace mucho más daño. Y es que, una vez elegidos los gobernantes, estos estén más pendientes de sus negocios o su bolsillo y sus intereses personales que de las necesidades de los ciudadanos a los que deben sus cargos. Estamos hablando de la corrupción.

La palabra democracia viene del griego y se puede traducir como ‘gobierno del pueblo’ o ‘poder del pueblo’. Nosotros lo entendemos como un sistema en el que los ciudadanos tienen el derecho de elegir representantes que, a su vez, deciden quién debe gobernar una ciudad, una región o un país.

Pero nada es sencillo en este mundo nuestro. Hay muchas interpretaciones de lo que significa y de cómo se aplicarán estos sistemas de elección de representantes políticos. Muchos países se presentan como democráticos, pero los ciudadanos no pueden votar con libertad y no se respetan algunos de sus derechos fundamentales.

¿Basta votar?

Podríamos decir que hay democracias de calidades diferentes. Algunas son más sólidas y justas que otras. Un sistema político no es una democracia para que sus ciudadanos voten periódicamente. Con ello, que es imprescindible, no es suficiente. Hay que analizar cada cuando se vota, qué se vota, con qué libertad, qué ley electoral se utiliza, cómo se controla el trabajo de los gobernantes…

Dependiendo de qué ley electoral se utiliza, los mismos votos, repartidos de manera diferente en el territorio pueden traducirse en diferente número de escaños en el Parlamento.

Hillary Clinton obtuvo casi tres millones de votos más que Donald Trump en las últimas elecciones presidenciales. En cambio, el multimillonario fue elegido presidente debido al peculiar sistema electoral de este país, donde, en la elección, pesan más los estados en los que está dividido que los ciudadanos contados uno a uno.

¿Qué es la corrupción?

La democracia, por tanto, no es sólo contar votos. Hay una cuestión, sin embargo, que le hace mucho más daño. Y es que, una vez elegidos los gobernantes, estos estén más pendientes de sus negocios o su bolsillo y sus intereses personales que de las necesidades de los ciudadanos a los que deben sus cargos. Estamos hablando de la corrupción.

Muchos ciudadanos están dispuestos a aceptar las muchas imperfecciones que tiene la democracia, pero la corrupción les desanima extraordinariamente. Es muy triste ver cómo las personas a las que has votado para que organicen la ciudad o la comunidad de la forma que crees más justa se dedican a enriquecerse aprovechándose del cargo que han obtenido gracias a tu voto. Y si esta corrupción no es castigada judicialmente o políticamente, la sensación de frustración es absoluta.

¿Se puede medir la corrupción?

La asociación Transparency International elabora un listado de países en función del grado de corrupción que detectan un grupo de analistas. Según esta clasificación, Dinamarca es el país con menos corrupción y Somalia es donde hay más.

Corrupción hay en prácticamente todas partes. Allí donde hay dinero en juego a menudo hay quien intenta conseguirlo saltándose las leyes vigentes. También cuando el dinero es público; es decir, de todos. La calidad de una democracia se mide por la capacidad que tiene de poner a raya a los corruptos. Que los países del Tercer Mundo ocupen los puestos de la cola de la clasificación de Transparency Internacional es culpa de sus dirigentes, no de sus ciudadanos.

La trampa del dinero

Pero la corrupción afecta también a los países ricos y las organizaciones internacionales más poderosas. Muchas empresas y bancos muy potentes recurren a corromper gobernantes para obtener beneficios. Políticos de todos los colores caen en la trampa de la corrupción. Una trampa que consiste en conceder ventajas o contratar estas entidades a cambio de dinero que va a parar a estos gobernantes o a sus partidos políticos.

Que la corrupción se infiltre en los niveles más altos de las administraciones públicas es grave, pero sobre todo es gravísimo que cuando estas acciones corruptas se denuncian las personas implicadas no sean penalizadas adecuadamente.

Nada hace más daño a la democracia que se corra la convicción de que una élite corrupta la dirige de forma impune. La corrupción es una carcoma que se come la democracia. Si no se la elimina a tiempo puede hacerla caer en pedazos.

Las reglas del juego

La corrupción política representa una ruptura de las reglas del juego. Si un partido consigue más dinero para financiar sus campañas electorales, parte con ventaja. Tendrá muchas más posibilidades de llegar a los electores, y por tanto, de derrotar a sus rivales que han actuado de forma ética y tienen menos dinero. Precisamente, ahora sabemos que partidos que han estado muchos años en el poder practicaron una corrupción sistémica que les ha reportado muchos millones de euros. Y la primera pregunta que nos podemos hacer es si sin estas trampas hubieran conseguido los mismos éxitos electorales. La segunda gran pregunta es ¿por qué cuando ya se conoce que un partido ha sido corrupto, muchos ciudadanos les siguen confiando su voto? La respuesta merece iniciar un debate profundo que la sociedad española aún tiene pendiente.

 

Pol Rius

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