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El trágico idilio de Estados Unidos con las armas de fuego

Los jóvenes se han movilizado contra la venta libre de armas tras las últimas masacres en institutos. Pero, ¿por qué una sociedad avanzada como la de los Estados Unidos se ve impotente para acabar con esta maldición? Es una larga historia.

¿Puede haber un antes y un después en el romance de los estadounidenses con las armas de fuego a raíz de la matanzas que de vez en cuando sacuden la sociedad? El problema es de una magnitud tan grave y se asienta tan profundamente en la historia, la sociología y la cultura del país que sería ingenuo pensar que esta tragedia tenga soluciones fáciles o rápidas.

Las cifras no pueden transmitir el dolor que se vive en tantos hogares norteamericanos desde hace tanto tiempo, pero no hay más remedio que citar algunos números para intentar abarcar la cuestión. Hasta octubre de 2017, se registraron en Estados Unidos 11.652 muertos, de los cuales 2.978 fueron niños muertos o heridos. En el año 2013, se registraron hasta 33.636 muertes debidas a heridas resultantes de armas de fuego y las distintas estimaciones permiten asegurar que la cifra anual raramente baja de las 30.000 víctimas. Esta cifra supone más de la mitad de los norteamericanos muertos en los casi 20 años de la guerra del Vietnam. Desde 1968 a 2011, aproximadamente 1,4 millones de personas han muerto en Estados Unidos como consecuencia de heridas de bala. Esta es una tasa 25 veces mayor que la media de otras 22 naciones desarrolladas.

En fin, se calcula que hay unos 265 millones de armas de fuego en un país de unos 327 millones de habitantes, armas que son propiedad de un 30% de la población adulta. En alguna ciudad, es el caso de Chicago, se ha llegado a calcular que se produce una muerte por arma de fuego cada 17 horas y que alguien sufre un disparo cada 4 horas.

Cualitativamente, el tema es mucho más complejo. Más del 60% del total de esas muertes violentas son suicidios, pero es muy difícil estimar cuántas de esas muertes se habrían podido evitar de no tener acceso a un arma. Obviamente, el medio millar de víctimas mortales anuales debidas a accidentes o imprudencias sí podrían evitarse sin esa ubicuidad armamentística tan letal. En la inmensa mayoría de los homicidios computados, el autor conocía a su víctima, así que una de las pesadillas más presentes en el imaginario popular, especialmente en el de los turistas extranjeros –ser objeto de un atraco a mano armada con resultado de muerte-, constituye una fracción bastante pequeña del drama general. Además, es constatable estadísticamente que se ha reducido notablemente; hubo un salto importante de la criminalidad urbana -como consecuencia fundamentalmente de la drogadicción y el narcotráfico-, en los años setenta y ochenta del siglo pasado pero, en general, las ciudades norteamericanas han mejorado notablemente sus niveles de seguridad de un tiempo a esta parte.

Esa estadística es compatible con la de otro de los fenómenos que más llama la atención en el resto del mundo, el número de policías asesinados en acto de servicio. En la actualidad se cifra en medio centenar al año, pero en los años 80 del siglo pasado superaba en media anual las 110 víctimas uniformadas. En cuanto al número de víctimas civiles ocasionado por la policía, las cifras son extremadamente difíciles de averiguar, pero se estiman entre 500 y 1.000 personas al año.

Hay que referirse por último al fenómeno de más repercusión mediática, el de los tiroteos indiscriminados a cargo de un perturbado, normalmente en centros académicos, pero también en oficinas, restaurantes e incluso a la salida de un concierto, como el que causó 58 víctimas en Las Vegas el pasado mes de octubre. No representan una gran proporción del número total de muertos, pero aquí el hecho significativo es la utilización de rifles de asalto, auténticas máquinas  de matar rápida y masivamente, e incluso la manipulación técnica de las armas semiautomáticas para dotarlas de mayor frecuencia de fuego (hasta 400 balas por minuto en el caso de alguna de las armas utilizadas en la masacre de Las Vegas).

Hasta aquí los hechos, pero ¿cuáles son  las razones de esta sinrazón? A raíz de la referida tragedia de Las Vegas, la que ha causado individualmente un mayor número de muertos, la revista Time publicaba el siguiente comentario: “El reto para propiciar un cambio es que el debate sobre el derecho a las armas de fuego no es realmente un debate sobre las armas. Es sobre lo que representan: libertades sacrosantas, reverencia por la independencia. Las armas de fuego son un rechazo a la corrección política que se adentra en todo. Incluso el menor movimiento marginal para restringir el armamento más mortífero les parece a muchos americanos un recorte de sus derechos”.

En efecto, se ha argumentado la historia de los orígenes del país, primero contra el imperio británico y luego de la genéricamente denominada conquista del oeste, incluyendo la represión –se ha hablado de genocidio- de la población autóctona. Está la famosa segunda enmienda de la Constitución, la que protege el derecho a portar armas. Se ha hablado también de un problema de integración racial no resuelto, originado por la esclavitud –lo que propició una guerra civil- y agravado por la persistencia a lo largo de los años de unas minorías étnicas –especialmente la afroamericana- en estado de postración y subdesarrollo. Se ha llegado incluso a mencionar como un rasgo cultural congénito, como en la famosa cita de Rap Brown, miembro de los Panteras Negras: “La violencia es tan americana como el pastel de cerezas”. Hay también explicaciones más piadosas, como las que describen al pueblo americano como especialmente aficionado a la caza.

Todo lo que ustedes quieran, pero si no fuera también un fabuloso negocio –un sector que mueve más de 30.000 millones de dólares y emplea a unas 26.000 personas- y si no tuviera detrás a un lobby especialmente activo –la Asociación Nacional del Rifle, NRA en sus siglas en inglés-, habría sido muy difícil evitar las restricciones legales a la libre compraventa de armas de fuego. La tesis de que el delincuente siempre se podrá hacer ilegalmente con una pistola, así que el ciudadano que respeta las leyes precisa de otra para defenderse, es un tanto aberrante, pero posee cierto recorrido.

Pero, en la vida civil, ¿quién necesita un rifle de asalto si no es con la trágica intención de matar al mayor número posible de semejantes? O como se ha comentado tras la reciente tragedia de Florida, no es de recibo que en determinados estados del país un chico de 18 años se pueda comprar un rifle de esas características pero no beberse legalmente una cerveza. ¿Hay soluciones? Quiero creer que sí, pero muy parciales y muy a largo plazo. Lo que se ha acumulado a lo largo de casi 300 años no se va a solventar en cuatro días.

 

Ilustración: Pol Rius 

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¿Cuál es la cifra anual de muertes por arma de la que no suelen bajar en Estados Unidos?

¿Cómo se producen la mayoría de las muertes por arma de fuego?

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