Mundo

Estándar
Fácil

Los niños son las mayores víctimas de la guerra en Siria e Irak

“El niño representa la paz”, nos dijo una vez un padre. Por eso, un niño muerto o herido gravemente es como el fin del mundo.

En un país en guerra, cuando ves a un padre o una madre coger a su niño en brazos, besarlo, todo lo malo desaparece. Desaparece el miedo, desaparece el hambre, desaparece la inquietud por qué pasará mañana. “El niño representa la paz”, nos dijo una vez un padre. Por eso, un niño muerto o herido gravemente es como el fin del mundo.

El mundo se ha acabado muchas veces en Siria. Han muerto cerca de 20.000 niños desde el comienzo de la guerra, hace siete años. El 2017 fue el peor: 910 niños, un 50% más que el año anterior. Y solo el mes pasado, febrero, murieron más de 300, según la Red Siria para los Derechos Humanos. La mayoría no murieron solos, murieron con sus familias y en sus casas, o incluso cuando estaban en la escuela.

En uno de los casos más graves conocidos, aviones de la coalición organizada por Estados Unidos contra los terroristas del Estado Islámico bombardearon la noche del 20 de marzo de 2017 una escuela en la ciudad de Raqqa donde se refugiaban más de 200 personas creyendo que se encontraban en un lugar seguro. Murieron 150. Entre los supervivientes había cuatro mujeres y seis niños, el más pequeño de ellos, de diez meses.

Las mayores víctimas en las guerras no son soldados que caen en el campo de batalla. Desde la Segunda Guerra Mundial son los civiles en sus propios pueblos y ciudades, que son bombardeados desde el aire y por la artillería. Al menos 357 millones de niños viven hoy en lo que se llama “zonas de conflicto”, países o regiones afectadas por guerras o violencia. Y desde el año 2010 el número de niños muertos y mutilados ha aumentado casi un 300%.

Todo esto ocurre porque las leyes de la guerra no se respetan. No es que nunca se respetaran demasiado. El Instituto de Investigación de la Paz de Oslo (Noruega) cree que los gobiernos, los ejércitos y los grupos armados actúan cada vez con más indiferencia y no se preocupan en absoluto de proteger a los niños o de evitar que sean víctimas de ataques directos. Al contrario, se bombardean escuelas y hospitales, no se hacen esfuerzos para que los niños sean llevados a zonas seguras o por lo menos reciban alimentos y medicinas, y se plantan minas y explosivos que causan muertes y mutilaciones incluso en momentos en que no hay combates. En Siria, 3,3 millones de niños están expuestos a las minas y a proyectiles de artillería que no llegaron a explotar y han quedado desperdigados, convertidos en bombas a la espera de que alguien las toque.

Las consecuencias de una guerra para los niños son muchas, son muy graves y duran años. Durante la batalla está el miedo, el hambre muy a menudo, el peligro de ser secuestrados o reclutados a la fuerza para convertirlos en niños soldado, en espías o en mensajeros al servicio de un grupo armado, incluso en objeto sexual.

Cuando las familias tienen la posibilidad de huir, cambiando de ciudad o saliendo del país, la única mejora en sus vidas es el hecho de escapar a las bombas. Todo lo demás son pérdidas. Y cuanto más numerosos son los refugiados –en un país vecino- o lo que se llama “desplazados internos”, es decir, refugiados dentro de su propio país que se ven obligados a ir de un lugar a otro, peores son sus condiciones de vida.

Hay 5,6 millones de refugiados de Siria repartidos por Turquía, Irak, Jordania,  Líbano, Egipto y el norte de África. Una cantidad parecida, más de cinco millones, son desplazados internos, tan necesitados de ayuda humanitaria como los otros o, a menudo,  más.

Tanto para los niños refugiados como para los desplazados o los que siguen viviendo en zonas de guerra ir a la escuela se ha convertido en un lujo. Quizá los que tienen más suerte son los que han podido salir de Siria, pero aun así Unicef –la agencia de Naciones Unidas para la infancia- cree que cerca de más de un millón de niños refugiados no pueden ir al colegio. Al cabo de siete años de guerra, toda una generación está en peligro de quedarse sin educación primaria. En el mejor de los casos, ésta será muy insuficiente.

En los campos de refugiados no hay mucho que hacer. En general, los refugiados en los países de acogida no tienen derecho a trabajar, y esto da la oportunidad a gente sin escrúpulos para emplear a niños porque lo que se les paga es mucho menos de lo que cobrarían los adultos. De esta manera, el niño acaba siendo el que trae el pan a la tienda de campaña de la familia refugiada…

Las niñas afrontan algo todavía peor: los matrimonios forzados. Por pura supervivencia de la familia y, sobre todo, de mujeres viudas o cuyos maridos están detenidos o han intentado emigrar a Europa para buscar trabajo, muchas chicas son obligadas a casarse, siendo menores de edad, con hombres adultos. Una abogada jordana, Samar Muhareb, nos explicaba cómo hace dos años los matrimonios aumentaban en los campos de refugiados de Jordania y Líbano. Por ejemplo, en 20 bodas en un día en el campo jordano de Zaatari (habitado por más de 80.000 personas), la mitad eran chicas entre los 15 y los 18 años y la otra mitad, menores de 15 años. La intención al casar a las niñas es doble: tener una boca menos que alimentar en casa y la posibilidad de recibir ayuda del novio y de su familia.

Por eso, si los niños en general son las víctimas principales de la guerra, las niñas lo son todavía más.

La vida en los campos de refugiados, sobre todo en los primeros meses, cuando hace poco que se han instalado, están desorganizados y falta de todo -medicinas, alimentos, médicos y personal sanitario-, puede ser como una continuación de la guerra solo que sin bombas y disparos.

En el campo de refugiados de Ain Issa, en la provincia siria de Raqqa, Mustafa Abu Hef nos contaba cómo su tercer hijo, Abdul Hila, de siete años, había muerto el 26 de octubre de 2017 por falta de atención médica. El señor Mustafa, su mujer y sus cuatro hijos habían huido de la ciudad y se habían refugiado en este campo -en el que conviven unas 25.000 personas, en tiendas, con aseos y duchas comunitarios- después de que 46 de sus familiares que se habían escondido en un sótano murieran en un ataque aéreo. Según explicaba el padre, una noche Abdul Hila se despertó llorando, diciendo que le dolía el estómago y la garganta. Un médico y un enfermero del campo no le dieron importancia, aseguraba Mustafa. Una hora más tarde, el niño había muerto.

¿Por qué murió Abdul Hila? Es muy difícil de saber. Pero el padre del pequeño buscaba una explicación y buscaba culpables: para él, alguien tenía que ser el responsable de la muerte de su hijo.

Las personas que han sido víctimas de la guerra suelen padecer ansiedad, depresión, estrés… Tienen la sensación (y de hecho es algo muy real) de que ha desaparecido no solamente todo lo que tenían en la vida sino además todo lo que hace falta para reconstruirla. Como el ser humano tiene la tendencia natural a resistir, y además el hecho de tener hijos obliga a ser fuerte por el bien de la familia, ese sufrimiento se acaba manifestando en forma de dolores físicos o enfermedades, según tienen comprobado los médicos.

En los niños, sobre todo en los más pequeños, los efectos de la guerra tardan un tiempo en mostrarse, dicen los psicólogos. Les cuesta expresar lo que sienten. Lo primero que aparece es que se hacen pipí en la cama. Eso y el miedo; miedo a los aviones y a los hombres con armas. Lo peor, dice una psicóloga de Médicos Sin Fronteras, es que “aprenden a no llorar”. Si ven que sus padres, que los adultos, se contienen y no lloran, ellos tampoco lo hacen.

Un ambiente de violencia durante largos años tiene enormes consecuencias para los niños, como ha ocurrido en Irak, tan azotado por la guerra como Siria. Según Unicef, Irak era el mejor país en Oriente Medio para la infancia en tiempos del dictador Sadam Husein, y en el año 2011 habría cumplido los Objetivos del Milenio marcados por Naciones Unidas en cuanto a escolarización, descenso de la mortalidad infantil (en niños menores de cinco años), acceso al agua potable, etc… Pero las sanciones internacionales tras la primera guerra del Golfo (1991), que llevaron a la población iraquí a la ruina; la invasión de Estados Unidos en 2003, la guerra civil entre 2006 y 2007, más la ocupación de ciudades por la organización llamada Estado Islámico en  2014 y la guerra para expulsarla que vino después han acabado con todas las esperanzas. Además, la guerra en Siria también ha afectado a los iraquíes, ya que hasta 250.000 refugiados sirios cruzaron la frontera.

Naciones Unidas calculaba hace seis meses que el número de niños necesitados de ayuda urgente en Irak era de más de cinco millones y que en todo el país los niños fueron testigos de “auténticos horrores y de una violencia inimaginable” en “una de las guerras más brutales en la historia reciente”, la guerra contra Estado Islámico.

Los yihadistas de Estado Islámico impusieron sus leyes, tremendamente represivas. Cerraron las escuelas y crearon las suyas propias, que estuvieron basadas en una cultura de la violencia y el fanatismo religioso. Seguir dando clases normales en escuelas secretas en casas particulares se convirtió en algo muy peligroso.

Como parte de su educación, se obligaba a los niños a asistir a las ejecuciones públicas de personas acusadas de delitos. A veces sus maestros eran asesinados. En junio de 2015, Naciones Unidas supo que más de 800 niños entre los 9 y los 15 años de la ciudad iraquí de Mosul y sus alrededores habían sido secuestrados y llevados a centros de adoctrinamiento y a campos de entrenamiento militar. Los yihadistas impusieron castigos terribles a los niños, los latigazos eran lo más suave

Si tenemos bien en cuenta lo que ha pasado en Irak y Siria en los últimos tres o cuatro años podremos entender los efectos más terribles. Se han encontrado casos de violencia en niños de cinco años con sus hermanos más pequeños y, muy habitualmente, desobediencia de los padres.

Las familias no tuvieron más remedio que aceptar las nuevas reglas de los yihadistas -y de hecho las nuevas reglas de vida que impone la guerra- para proteger a los hijos. Lo que antes estaba bien, con el Estado Islámico estaba mal, y al revés. De esta manera se acabó con la autoridad de los padres y maestros. Ahora que Estado Islámico ha sido derrotado, toca cambiar otra vez y hacer ver a los niños lo que de verdad es bueno y lo que no, y esa es una de las grandes preocupaciones para los jóvenes activistas de la sociedad civil en Irak y Siria, donde precisamente faltan psicólogos que puedan ayudar: ¿cómo hacer para empezar de nuevo?

 

 

                                                                   Ilustración: Pol Rius

Etiquetas

Actividades

¡Comprueba tus conocimientos!

¿Cuándo comenzó la Guerra de Siria?

¿En qué grupo de personas hay más víctimas?

¿Qué es un desplazado interno?

Ánimo, llevas un 0% completado