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Open Arms ¿por qué Europa castiga el recate de vidas?

Un juez italiano ha inmovilizado el barco de la organización humanitaria que ha salvado a más de 20.000 náufragos. El caso plantea muchas preguntas. ¿Está dispuesta la Unión Europea a que sigan muriendo personas en el mar? O que vuelvan a Libia, donde los migrantes y refugiados son esclavizados

Cuando una lancha neumática de rescate descubre una patera repleta de personas asustadas, muertas de frío, hambrientas, en mitad del mar es el encuentro de dos mundos. Los rescatistas llevan trajes impermeables, cascos y chalecos salvavidas de impacto, que se abren automáticamente al caer al mar, se comunican por  radio… En la patera no llevan nada de nada, quizás un poco de agua y un motor fuera de borda y la gasolina justa para llegar hasta un punto en que los pasajeros, que son migrantes, refugiados, gente que huye de la miseria y de la violencia, puedan ser recogidos por alguno de los barcos que pasan frente a las costas de Libia. Esos barcos son mercantes, pesqueros, petroleros, pero también patrulleras de la Guardia Costera italiana y unos pocos barcos de rescate de organizaciones humanitarias.

Uno de ellos es el Open Arms, un viejo barco remolcador dedicado a tareas de salvamento que pertenece a una fundación nacida en Badalona. Proactiva Open Arms (POA) empezó siendo una empresa de socorrismo en las playas catalanas hasta que la crisis de los refugiados sirios en la isla griega de Lesbos la transformó completamente. Cuando cientos, miles, de sirios que habían llegado a Turquía huyendo de la guerra empezaron a embarcarse, con gran riesgo de su vida, para llegar a Europa a través de Turquía, los socorristas de Proactiva acudieron a la isla. Allí, el jefe de emergencias de la organización internacional de defensa de los derechos humanos Human Rights Watch vio cómo trabajaban y les ofreció una moto de agua para mejorar sus capacidades.

Cuando los refugiados sirios empezaron a llegar a Egipto y a Libia para cruzar el Mediterráneo, POA se puso a las labores de rescate con un velero, el Astral, con el que no podían recoger más que unas decenas de personas. Después, la organización alquiló el Golfo Azzurro, otro barco muy veterano, un pesquero de los que faenan en el mar del Norte, y finalmente adquirió el Open Arms. Con estos barcos, la organización humanitaria ha podido rescatar del mar a unas 20.000 personas, llevándolas a Italia; la mayoría, a Sicilia.

¿Por qué a Italia? Porque según un acuerdo europeo cualquier puerto italiano es el primer “puerto seguro”, ya que ni los países vecinos de Libia (Túnez y Egipto) aceptan el  desembarco de migrantes ni tampoco lo hace el estado europeo más cercano, Malta, ya que al tratarse de un país-isla no tiene capacidad para recibir a cientos o miles de personas. Italia, en cambio, con islas muy al sur del Mediterráneo como Sicilia o Lampedura, dispone de una zona de rescate marítimo muy amplia según las leyes del mar. Es por esto que la Guardia Costera italiana se ha hecho cargo hasta ahora de la mayor parte de las operaciones de salvamento.

El papel de las oenegés de rescate en el mar ha sido también muy importante. En el año 2016 salvaron a más de 70.000 personas, una tercera parte del total de rescates. Al principio estaban presentes organizaciones internacionales y europeas como Save the Children, Médicos Sin Fronteras, SOS Méditerranée, MOAS, Sea Watch, Sea-Eye, Jugend Rettet y POA, con barcos más o menos grandes.

De todos ellos solo quedaban hasta ahora mismo tres: el Aquarius, de SOS Méditerranée y Médicos Sin Fronteras; el Seefuchs, de la oenegé alemana Sea-Eye, y el Open Arms, de POA, pero éste fue detenido el 18 de marzo por orden judicial en Sicilia, lo mismo que ocurrió meses atrás con el Iuventa, de la oenegé alemana Jugend Rettet.

¿Por qué ocurre algo así? ¿Por qué unos barcos que hacen una labor humanitaria pueden ser inmovilizados por orden de un juez y acusados de colaborar en el tráfico de personas y la inmigración ilegal hacia Europa?

La respuesta no es nada sencilla.

Por un lado está la ley del mar, que obliga a todo el mundo a prestar ayuda a cualquier embarcación en dificultades y a rescatar a sus ocupantes si se encuentran en peligro. Esto es lo que ocurre con las pateras que salen de Libia, barcas de madera y fibra de vidrio que no están hechas para durar y lanchas neumáticas de muy mala calidad que enseguida se inundan de agua. Los traficantes las sobrecargan de personas, con la gasolina justa para el motor que les permita llegar a aguas internacionales. Como el tránsito marítimo en el Mediterráneo Central es muy intenso y unos 250 barcos pasan cada día frente a las costas de Libia, la probabilidad de que los migrantes sean rescatados es muy alta.

A pesar de todo, 3.115 personas murieron ahogadas en el 2017, casi tantas como en el 2015. El año 2016 fue el peor, con 4.962 muertos.

Si por un lado está la ley del mar, por otro está el interés de la Unión Europea en frenar la llegada de migrantes y refugiados. La UE ha organizado varias misiones militares de vigilancia y salvamento marítimo, con barcos y aviones. La idea era sobre todo luchar contra los traficantes de personas, pero no ha servido de mucho, entre otras razones porque estos delincuentes no se embarcan nunca… Además, los buques de guerra europeos no suelen acercarse a las aguas territoriales libias, salvo cuando son avisados de una emergencia, para no dar la impresión de que acuden en busca de las pateras de migrantes.

Las autoridades europeas consideran que los barcos de las oenegés se acercan demasiado a la costa libia y por lo tanto son responsables de un “efecto llamada” de la inmigración. Según este criterio, los traficantes echan al mar las pateras porque saben que barcos como el Open Arms están cerca.

Sin embargo, lo que ocurre con los migrantes, como explica Óscar Camps, el presidente de POA, es que “los traficantes los lanzan a una especie de autopista naval por la que pasan diez barcos a la hora para que los encuentre un barco u otro”. Unas veces son buques mercantes, otras, las patrulleras de la Guardia Costera italiana, y otras “los barcos humanitarios, que son dos ahora mismo y cubren un territorio del tamaño de media España”.

La Unión Europea intenta ahora frenar el tránsito de migrantes por el Mediterráneo hacia Italia de otro modo: haciendo responsables de los rescates a los guardacostas libios. Como éstos prácticamente no existían desde la guerra de 2011, los países europeos –y principalmente Italia- se han ocupado de dotarles de lanchas patrulleras y de darles entrenamiento. La idea es que esta nueva guardia costera detenga las barcas y devuelva a sus ocupantes a Libia.

Pero este plan presenta dos problemas graves.

El primero es que estos guardacostas libios no se comportan como verdaderos rescatistas. Hasta el momento han actuado con violencia tanto en el trato a las personas que viajaban en las pateras (golpes, latigazos y malos tratos) como hacia las tripulaciones de los barcos humanitarios (amenazas, disparos al aire…). Además, no suelen aparecer a tiempo para evitar, por ejemplo, el naufragio de una lancha neumática llena de agua, y en cambio se han llegado a enfrentar con los barcos de las oenegés. En una de estas ocasiones, su actuación provocó la muerte de 50 personas.

Fue a consecuencia de una situación parecida que el Open Arms ha acabado “secuestrado” por un orden judicial en el puerto de Pozzalo, en Sicilia, donde desembarcó a 218 personas rescatadas en dos operaciones de salvamento. El Open Arms había recibido el aviso de que una lancha neumática con un centenar de personas a bordo se encuentra a 73 millas náuticas de la costa de Libia –es decir, a unos 130 kilómetros- y por tanto, en aguas internacionales.

Cuando se produjo ese encuentro de dos mundos que decíamos al principio entre la pobre gente que está arriesgando su vida y unos socorristas vestidos de rojo que tratan de salvarla, el Centro de Control de Rescate Marítimo, que se encuentra en Roma, dijo al capitán del Open Arms que los guardacostas libios se harían cargo del rescate. Pero aún no habían llegado… Cuando aparecieron, exigieron al Open Arms que les trasladara a los rescatados, amenazando con disparar contra el barco. Uno de los guardacostas libios llegó a meterse sin permiso en una de las lanchas de rescate, una acción que según la ley del mar es nada menos que un abordaje.

La ley internacional del mar también dice que el responsable de un rescate es el primer barco que llega al lugar de un posible naufragio, y también dice que si dos barcos coinciden en el sitio y uno de ellos pone serios reparos a que sea el otro el que  haga el rescate porque no dispone de medios adecuados o por otra razón poderosa, tiene derecho a ocuparse del salvamento aunque haya llegado más tarde que el primero.

Las razones del Open Arms estaban muy claras: fue el primer barco en llegar pero además tenía otros motivos. La violencia con que actúan los guardacostas libios y el segundo de los dos problemas graves que decíamos: en Libia, los migrantes y refugiados sufren serias violaciones de los derechos humanos: explotación, esclavismo, chantajes, amenazas y torturas. Libia es un país que continúa en una situación de caos, casi siete años después de la guerra. El gobierno que está instalado en la capital, Trípoli, no controla el país ni ha sabido luchar contra las mafias del tráfico de personas, que se enriquecen con el paso de migrantes desde varios países africanos. Se sabe, incluso, que algunos guardacostas son cómplices de esas mafias.

Lo que ocurre cuando guardacostas libios detienen una patera y devuelven a sus ocupantes al país, es que éstos son llevados a prisión porque de hecho se encontraban en Libia ilegalmente antes de embarcarse (llegaron atravesando varias fronteras africanas). A partir de entonces, su única posibilidad de escapar es volver a ponerse en manos de las mafias. Todas las organizaciones humanitarias y las instituciones europeas e internacionales, como Naciones Unidas, reconocen que devolver migrantes a Libia es contrario al derecho europeo e internacional porque en ese país se violan sistemáticamente los derechos humanos.

El Open Arms ha sido, sin embargo, acusado de favorecer el tráfico ilegal de migrantes por haber llevado a sus rescatados a Sicilia desobedeciendo la orden del Control de Rescate de Roma de cederlos a los guardacostas libios. Y el fiscal de Sicilia que se ocupa del caso está convencido de que los barcos de las oenegés colaboran con las mafias.

Pero, acabe como acabe el caso, las autoridades de la Unión Europea tienen delante una gran contradicción que deberían resolver, entre los principios humanitarios que dicen defender y su deseo de impedir que miles de migrantes y refugiados lleguen a Europa. ¿Están dispuestas a que siga muriendo gente en el mar? ¿O a que sea rescatada pero vuelva a ser sometida a violencia más tarde?

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