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#deletefacebook: Hay más razones que Cambrigde Analytica

No es la primera vez que Facebook se ve envuelta en un problema de protección de datos. Tampoco será la última. Almacenar en sus superordenadores los datos personales de sus más de 2000 millones de usuarios es casi igual que custodiar la información de los ciudadanos de toda la Unión Europea, de Estados Unidos y de China, juntos. Sí. Ese es el poder que Mark Zuckerberg tiene sobre el planeta. La posibilidad de enviar —o de alterar— la información que le llega a más de un cuarto de la población mundial.

Para todos los entusiastas analistas y activistas políticos que predijeron que las redes sociales permitirían alcanzar una suerte de esfera pública novedosa en la que todos los ciudadanos podrían conocer información sin filtros y diversificada, el escándalo de Cambridge Analytica puede que sirva para desenmascarar a una compañía que tiene —y puede ejercer— el monopolio casi absoluto de la información pública.

El escándalo público llega tarde, aunque más vale tarde que nunca. El inicio de la discusión pública sobre los sistemas de manipulación de información de las grandes redes sociales, en 2017, parece que se consolida en el primer semestre de 2018. ¡Afortunadamente! El final de la década parece coincidir también con el posicionamiento crítico de la sociedad frente a las gigantes tecnológicas y su posibilidad de controlar todo lo que pasa en nuestras vidas. Los gobiernos también comienzan a reaccionar con leyes antimonopolios y con opciones jurídicas tributarias para que las empresas que reciben de forma gratuita los datos de sus usuarios paguen por los beneficios recibidos a partir de ellos. Será un asunto curioso, porque fue la red social más grande del mundo, la que ayudó a montar a aquellos gobiernos que ahora quieren delimitar el poder dado a Zuckerberg. El mundo sigue siendo un lugar lleno de paradojas.

Parece, al mismo tiempo, que todo en Internet se mueve por ciclos de emoción y ocaso. Cuando se popularizó el uso masivo de la web —justo al caer el Muro de Berlín, toda una coincidencia— todas las empresas querían estar allí. Nadie sabía por qué, pero tenían que estar allí. Esa fue la razón de la primera burbuja del puntocom a finales del siglo XX. En el universo de las redes sociales, el crecimiento de Facebook ha sido excepcional. La red social ha logrado moverse y reinventarse cientos de veces, y se ha situado como un canal por el que deben circular todos los mensajes del planeta. Si algo no pasa en las redes sociales parece que no existe. El resto de sus competidores, salvo el mercado chino, propiedad absoluta de Tencent —dueña de Weixin y WeChat, con más de 1000 millones de usuarios— han tenido vidas cortas y no han alcanzado nunca estar cerca de sus cifras astronómicas. Si a sus propios sistemas de recolección de información le sumamos las posibilidades de acceder a nuestras conversaciones a través de WhatsApp —1500 millones de usuarios en el mundo—, que también es propiedad de Facebook, podemos dimensionar la magnitud de su poder. Es un imperio de la información. Pero el escándalo de las últimas semanas, que se traduce en pérdidas de inversiones en bolsa de la compañía y en una campaña —en Twitter— para que los usuarios eliminen las cuentas de Facebook, es un desafío importante que necesita de una respuesta —política— de la camaleónica y faraónica red social.

La presencia de Zuckerberg en el Congreso de los Estados Unidos, requerida por diferentes grupos en el centro parlamentario norteamericano es un llamado importante de atención a la forma de gestión de los datos de los usuarios. El caso de Cambridge Analytica es quizás uno de los más importantes por su magnitud y por su incidencia en el devenir político de sociedades como la norteamericana y la inglesa, pero es sólo un síntoma del control emotivo —porque todas nuestras decisiones son eso, emociones— que la red hace sobre nuestras conductas.

¿Es Cambridge Analytica la única culpable?

La práctica de utilizar datos personales disponibles en aplicaciones ligadas a las redes sociales es y será una constante en Facebook y en todas las redes sociales. Por eso llama la atención que el hecho no sea públicamente sancionado hasta hoy. Grandes empresas e incluso grandes universidades compran paquetes de datos a las redes sociales para realizar campañas de micro-publicidad en usuarios absolutamente segmentados. Facebook vende los datos y las compañías los compran. Es evidente que una campaña política, en la que no se hace otra cosa que “vender” a un candidato para que un ciudadano lo “compre”, no puede dejar pasar la oportunidad de utilizar la base de datos individuales más grande del mundo para incidir sobre las preferencias de la ciudadanía. Para asegurar estratégicamente la información que reciben nuestros perfiles.

Pero el problema no es sólo que Facebook venda los datos y el tipo de datos. Tal y como lo señala Siva Vaidhyanathan, director del Centro de Estudios sobre los Medios y la Ciudadanía de la Universidad de Virginia, “mientras nos concentramos en el psicométrico snake oil de Cambridge Analytica y en sus vínculos con Rusia y Trump, nos perderemos la historia real: la exportación masiva de datos fue la política y la práctica de Facebook entre 2010 y 2015. El problema con Facebook es Facebook”.

Vaidhyanathan apunta directamente a Facebook como el principal culpable de la utilización de sus propios entornos para la obtención de datos personales a través de aplicaciones. Era la red social la responsable de que las aplicaciones —como el aparentemente inofensivo FarmVille— lograran obtener información personal del usuario y de sus amigos a través de la aplicación que funcionaba perfectamente dentro de Facebook. Los responsables de seguridad de Facebook sabían muy bien que esas aplicaciones no necesitaban de muchos de los datos obtenidos para su funcionamiento. ¿Por qué lo permitían?

De hecho, como el mismo Vaidhyanathan indica, Barack Obama recolectó el mismo tipo de datos que Cambridge Analytica en 2012. “Obama identificó a sus votantes y posibles partidarios usando un software ejecutado fuera de Facebook —aunque con datos obtenidos en la red social—. Fue un problema entonces. Es un problema ahora”. Los usuarios de Facebook nunca fueron claramente informados de las políticas de tratamiento de los datos de los usuarios obtenidos a través de las aplicaciones instaladas en la plataforma. Tampoco sabían que empresas externas podrían acceder a esos datos para usarlos como quisieran a pesar de que ya en 2011 la Comisión Federal de Comercio, una agencia del gobierno que protege los derechos de los consumidores en Estados Unidos, había identificado el problema y había exigido a la empresa tecnológica que implementara diferentes medidas de seguridad para evitar que los datos de los usuarios fueran utilizados por terceros sin su consentimiento previo. A pesar de que la Comisión llegó a un acuerdo con Facebook en noviembre 2011, Vaidhyanathan asegura que la red social mantuvo sus prácticas hasta 2015.

A partir de 2016 Facebook inició una nueva maniobra: incorporar consultores dentro de las principales campañas en todo el mundo y, al mismo tiempo, captar grandes talentos de las estrategias de las campañas políticas, como lo indicó el periódico The Guardian en mayo de 2017. La doble estrategia le permite a Zuckerberg convertirse en el consultor político por excelencia, pues controla el comportamiento y las preferencias de una cuarta parte de la población mundial. Según Vaidhyanathan, “nadie necesita a Cambridge Analytica o la aplicación de Obama en 2012 cuando Facebook hará todo el trabajo de focalización, y lo hará mejor”.

La idea del profesor de la Universidad de Virginia en la que se aprecia a Cambridge Analytica únicamente como un vendedor de snake oil y que, por tanto, sus operaciones con los datos no permiten realmente focalizar votantes, es reforzada por el trabajo de Alessandra Potenza y Angela Chen, dos periodistas del portal de reportajes sobre tecnología The Verge. En su texto, demuestran que el abuso en el uso de los datos de Facebook por Cambridge Analytica no significó ningún rédito a Trump. Es una constante que Nicholas Confessore y Danny Hakimmarch, del The New York Times, también subrayan: la compañía nunca usó la ciencia de la psicografía en la campaña republicana.

Los analistas, por el contrario, apuntan como máximo responsable a Facebook. Por una parte, Potenza y Chen denuncian que lo que hay que temer no es a unos pocos intermediarios de datos oscuros dirigidos a sus “demonios internos”, sino a lo poco que Facebook parece hacer para proteger la privacidad. Por otra, Vaidhyanathan admite que es interesante escuchar ahora a Facebook quejarse de que fueron engañados o victimizados por Cambridge Analytica. “Era responsabilidad de Facebook, por ley, evitar que los desarrolladores de aplicaciones hicieran lo mismo que Kogan y Cambridge Analytica. Facebook nos falló, y no por primera vez”, sentencia.

No es la primera vez

Massimo di Ricco, creador del boletín de noticias Uicly, advertía también que algunos medios con memoria recopilaron experimentos políticos anteriores que no ayudan a la red social a mejorar su imagen. La información de Di Ricco permite rastrear un artículo en el que Mattathias Schwartz, del portal The Intercept, detalla “cómo Facebook no pudo proteger los datos de 30 millones de sus usuarios que fueron luego utilizados por grupos afines a la campaña de Trump”.

En enero de 2012 Facebook fue condenado por muchos de sus usuarios —que se quejaban a través de Twitter— por realizar un experimento social. El estudio, publicado en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences, consistía en la manipulación de los mensajes que aparecían en el muro de casi 700.000 usuarios de Facebook con el objetivo de comprobar si una reducción de la presencia de mensajes con contenidos positivos —o negativos— en el muro del individuo estudiado incidía sobre el contenido de los mensajes publicados por el usuario. El estudio esperaba que a mayor número de mensajes positivos el usuario orientara su comportamiento hacia publicaciones más positivas y viceversa.

Para el caso de la participación política influida por el uso de las redes sociales, el punto estratégico se enfoca en lo que ellas transmitan y en el grado de impacto que pueden llegar a tener. En otro estudio publicado en septiembre de 2012 en la revista Nature diferentes investigadores de la Universidad de California y del Departamento de Análisis de Datos de Facebook —sí, de la misma compañía— demostraron la influencia de los mensajes —en este caso también direccionados y manipulados por parte de la plataforma— que los usuarios reciben en sus muros con un objetivo manifiesto. En el caso analizado, Facebook publicó en el muro de 61 millones de posibles votantes norteamericanos un botón interactivo en el que se motivaba a la gente a votar. Una vez el usuario indicaba que ya había votado, el mensaje era reproducido en su muro y se viralizaba hacia sus amigos, quienes veían que el primer usuario ya había votado. El efecto “bola de nieve” del mensaje creado por los programadores de Facebook para las elecciones del Congreso de los Estados Unidos de 2010 causó, de acuerdo a las estimaciones de los autores del artículo, una afectación directa sobre 60.000 votantes e indirecta sobre 280.000. Los 340.000 usuarios implicados en el experimento, entendidos por el estudio como votantes adicionales, representaron para las elecciones del Congreso un incremento de 0,14 por ciento, al tomar como referencia el total de la población apta para votar.

El mundo político con la influencia plena de las redes sociales

La intromisión absoluta de las redes sociales en el juego político no nos da pie para mantener las esperanzas utópicas de los visionarios más demócratas. Las redes son plataformas comerciales que no van a cambiar un mundo que les ha llenado de dólares sus bolsillos. Muy al contrario, lo que han hecho es posibilitar que los grandes magnates, los únicos que pueden comprar los paquetes de datos, los usen para beneficios propios, comerciales o políticos. El mundo de las redes sociales se dibuja como desastroso para el cambio social necesario.

El tratamiento de la información y la fabricación y posicionamiento de temas en las campañas políticas del mundo ha perjudicado las posibilidades de transformación social que emergieron a comienzos de la década. Los ejemplos de la política real sólo demuestran que las campañas mediadas por las redes sociales han beneficiado únicamente al capitalismo más conservador. En todos los países. En junio de 2016, el Reino Unido votó su salida de la Unión Europea. En octubre de 2016, Colombia votó No a la refrendación del acuerdo de paz que pondría fin a un conflicto armado de más de 60 años. En noviembre de 2016, Donald Trump ganó la presidencia de los Estados Unidos. Entre 2015 y 2017 Brasil, Argentina y Chile pasaron a ser gobernados por partidos conservadores. En Cataluña estalló un marco de polarización política sin precedentes que convirtió, en diciembre de 2017, a Ciudadanos en la fuerza política más votada.

En las próximas elecciones de México y Colombia la sombra de la desinformación y la manipulación de las redes sociales evita el debate político de altura. Es el mundo político dominado por Facebook, Twitter e Instagram.

En su boletín, Di Ricco invita a buscar otras razones para cerrar la cuenta de Facebook además de las revelaciones de las últimas semanas. También da un consejo: “Ethan Zuckerman (y yo también) aconseja que se instalen Ghostery, para darse cuenta de quién nos observa mientras navegamos en la red”.

El botón de eliminar cuenta es quizás una opción terapéutica. Es una buena razón.

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