Mundo

Estándar
Fácil

El retorno de Malala a Pakistán es una victoria para las mujeres

Cuando tenía 15 años sufrió un atentado de los talibanes, que no querían que fuera a la escuela. Cinco años después ha vuelto convertida en un símbolo del derecho de las niñas de a la educación en todo el mundo

A finales de marzo, Malala, la niña que se convirtió en famosa en todo el mundo tras sobrevivir a un atentado por el simple hecho de ser una adolescente que quería estudiar, volvió a su país, Pakistán, ya convertida en mujer y en una embajadora de los derechos humanos a nivel internacional. Su regreso, aunque fuera fugaz, supone una victoria contra toda forma de extremismo que pretende imponer normas discriminatorias en cualquier parte del mundo.

Malala Yousafzai, cuyo nombre es sinónimo de resistencia y tenacidad, no había vuelto a Mingora, la ciudad donde creció, desde octubre de 2012, cuando sucedió la terrible agresión contra ella y dos compañeras suyas. Entonces Malala tenía 15 años y las heridas fueron tan graves que tuvo que ser enviada a un hospital del Reino Unido. Malala se marchó como víctima poco después del atentado perpetrado por una rama paquistaní del movimiento radical talibán para curarse de las heridas y regresó a la ciudad más importante del valle del Swat para demostrar que ninguna violencia e ideología discriminadora tiene la fuerza suficiente para poder marginar a las mujeres, ni en nombre de la religión ni de la tradición.

El ataque

Fue el 9 de octubre de 2012 el día que cambió la vida de Malala. No iba sola a la escuela. La acompañaban dos compañeras, Xazia Ramazan, de 13 años, y Kainat Ahmed, de 16 años. Según contaron después diversos testimonios, un hombre subió al bus en el que viajaban, preguntó quién era Malala y cuando ella respondió, le disparó. Malala, con el rostro ensangrentado, quedó gravemente herida, al igual que Xazia, que se sentaba a su lado.

¿Por qué el objetivo era Malala? Por varias razones, entre ellas que había defendido en público el derecho de las mujeres a la educación y que era la hija del director de la escuela donde estudiaba, la Khuixal de Mingora. Por lo tanto, Malala no era desconocida, sino una adolescente capaz de defender en un contexto donde la mujer queda relegada a un segundo término en su casa y en la sociedad. Malala había querido seguir cursando sus estudios pese a las amenazas de los talibán, partidarios de prohibir el acceso de las niñas a las escuelas.

Tiempo antes del atentado el ejército pakistaní le había ofrecido protección pero su padre la había descartado porque no quería que su hija tuviera privilegios especiales respecto a otras alumnas por el hecho de que fuera el director del centro docente. Los militares patrullaban por las calles desde que habían recuperado Mingora en 2009 pero los talibán intentaban coaccionar y amedrentar a quienes emprendían actividades que no respetaran sus códigos de conducta muy estrictos. La presencia del ejército no pudo evitar el ataque contra las tres estudiantes.

Los talibán

Los talibán son un movimiento fundamentalista que hace una lectura extremista del Islam que arraigó en Afganistán tras dos décadas de guerras. Los talibán tomaron el poder por su capacidad de cohesionar la sociedad en torno a unas normas muy estrictas en una época en la que fallaban todas las estructuras del Estado y la educación, para la inmensa mayoría de la población rural, había quedado en manos de las escuelas religiosas que solamente instruían sobre el Corán y que estaban reservadas a los hombres.

Entre 1996 y 2001, los talibán gobernaron Afganistán e intentaron crear una sociedad nueva con la mujer separada de cualquier esfera pública y numerosas prohibiciones culturales como el cine o la música, artes no permitidas. Los talibán fueron echados del poder en 2001 tras la guerra de la coalición internacional contra Al Qaeda, que había reivindicado los atentados del 11-S en Estados Unidos y cuyo líder, Osama Bin Laden, era huésped del gobierno afgano.

El régimen talibán fue corto en el tiempo pero ejerció una gran influencia en países vecinos como Pakistán, sobre todo en las zonas fronterizas con Afganistán, un entorno de montañas olvidado de la administración central de Pakistán. Una de estas áreas era el valle de Swat, el de Malala, una de las llamadas áreas tribales sin apenas servicios públicos y escasa relación con el resto del país.

Este grupo de radicales islamistas se agrupó en Pakistán en la organización terrorista denominada Tehrik-i-Taliban (TTP). Y poco fueron ganando adeptos y territorios. Mingora cayó en sus manos en 2007, lo que encendió las alarmas en la capital de Pakistán, Islamabad. El estado tardó dos años en reconquistar la zona y, pese a ello, no pudo erradicar la actividad terrorista, como ocurrió con Malala.

La ideología radical

Los talibán tuvieron aceptación en Pakistán porque es un movimiento nacido básicamente entre las etnias baluchi y, sobre todo, pastún. Hay pastunes en ambos países, cuyas fronteras fueron delimitadas tras el fin del imperio británico en la India de manera arbitraria. Pakistán, de hecho, fue creado en 1947 para dar un hogar a los musulmanes de la India.

Durante los dos años que controlaron el valle de Swat, los talibán paquistaníes impusieron su habitual intransigencia, persiguiendo y masacrando a sus opositores, y, emprendiendo campañas como la destrucción del patrimonio cultural de religiones no islámicas, como la budista. El valle de Swat conservaba estatuas y reliquias de su pasado budista, pero los talibán, como hicieron en Afganistán con las famosas esculturas gigantes de Bamiyán, las destruyeron.

Hasta el 2007, el valle que vio nacer a Malala era una de las áreas tribales más desarrolladas de Pakistán. Sin duda, gracias al turismo. Swat es una bella área alpina de lagos y montañas que la reina Isabel de Inglaterra definió como la Suiza de Asia. Gracias a la industria turística fue más receptiva a las influencias de modernización y más reacia a los mensajes integristas. Por eso las elites de Mingora, donde viven unas 300.000 personas, sufrieron ante la subversión social y cultural talibán entre 2007 y 2009. La liberación en 2009 no estuvo libre de dolor, pues hubo más de un millón y medio de desplazados internos en el valle por culpa de los combates.

Los códigos pastunes

Las amenazas y atentados talibán continuaron pese a perder el control de Mingora y el ataque contra Malala se circunscribe dentro de la campaña para sembrar el terror y recordar a los paquistaníes sobre qué valores –como el enclaustramiento de las mujeres- quieren construir su nueva sociedad integrista. Los talibán dicen que se inspiran en el Islam, pero la mayoría de los estrictos y discriminatorios valores sociales que defienden surgen de las tradiciones pastunes. Por ejemplo, el purdah, el principio de recluir a las mujeres en casa y de impedir que tengan contacto con hombres que no sean familiares directos. Esa idea justifica, por ejemplo, el uso del burca o el nicab, prendas de vestir que ocultan por completo a la mujer que las viste haciéndolas inidentificables en la calle.

Pocas sociedades musulmanas, por no decir ninguna, comparten esa visión tan severa del Islam. Incluso dentro de Pakistán, pese a que la mujer está muy relegada en la esfera familiar y personal hasta el punto de que raramente trabaja o incluso va a comprar, la mayoría de musulmanes discrepan de esa interpretación.  

La figura de Malala

Ahora que hemos visto los condicionantes de la vida de Malala podemos entender mejor por qué el simple hecho de haber vuelto a su tierra, Mingora, es ya una victoria para todas las mujeres pero, más en concreto, para las niñas de Pakistán y de muchos países del mundo donde todavía tienen que luchar para demostrar que la educación es un derecho ineludible e inexcusable.

En primer lugar, hay que pensar que Malala, en comparación de muchas otras niñas paquistaníes, era una privilegiada. Hija de director de escuela, instruida y concienciada, su trayectoria escolar era muy superior a lo que pueden aspirar la mayoría de mujeres en Pakistán. Malala desafiaba el peligro talibán para ir a la escuela y tras el atentado se volvió famosa, también en su país. Y desde entonces empezó a convertirse en un referente. Ese liderazgo ha quedado completamente reforzado tras su vuelta a Pakistán, aunque fuera en una visita corta. Malala vuelve como luchadora por los derechos de la mujer, como ganadora de un premio Nobel de la Paz (el del 2014) y de infinidad de premios internacionales. Y también como directora de la fundación que lleva su nombre, como una directiva capaz de movilizar recursos que están fuera del alcance de muchos pakistaníes.

“No quiero ser la niña a la que dispararon, sino la luchadora por el derecho a la educación universal”, cuando le entregaron el premio Internacional de Catalunya en el 2013. Malala ahora tiene 21 años, vive en Londres, y quiere aprovechar su prestigio y dinero para concienciar de la necesidad de que las mujeres tengan igualdad de oportunidades educativas en Pakistán y en el mundo.

Su mensaje queda reforzado con la importancia que en Pakistán se concede a alguien que logra reconocimiento internacional. Malala ha vuelto a Mingora con una corte de periodistas internacionales y con los medios logísticos para moverse con comodidad y sin sobresaltos. Se fue siendo víctima y paciente de hospital y ha vuelto siendo líder e inspiradora. Y eso hace abrir los ojos a miles de niñas y mujeres por mucho que haya hombres que las quieran camuflar debajo de una burca.

 

 

Discurso de Malala en las naciones unidas:

¡Comprueba tus conocimientos!

¿Por qué Malala fue atacada por los talibanes?

¿Quiénes son los talibanes?

¿Qué es el purdah?

Ánimo, llevas un 0% completado