Cultura

Estándar

El día del libro: una ocasión para descubrir los clásicos

En caso de duda, las obras clásicas. Son aquellas que perduran durante siglos y acaban siendo cultura universal. Que su lectura se recuerda toda la vida

Cada año, el Día del Libro, se publican y anuncian tantos cientos de libros que se plantea el dilema de decidir. Es momento de recordar el viejo y sabio consejo que dice: “Ante la duda, los clásicos”. Como ellos nunca fallan, siempre se acierta en la elección. Se considera clásica toda obra tan modélica en cualquier arte o ciencia que pervive durante siglos y acaba siendo cultura universal. No es preciso que sea antigua y se remonte a Grecia, Roma o antes. Puede ser de cualquier  época o contemporánea. Lo importante es que, se lea a la edad que se lea, siempre resulte enriquecedora y se recuerde o se relea a lo largo de la vida. Incluso hasta legarla como herencia de generación en generación.

 

Un libro reciente y recomendable para estudiantes y profesorado es Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal. Obra del profesor de literatura italiana Nuccio Ordine, recoge breves fragmentos de los clásicos con un apunte personal en cada uno para comentar que en las aulas. En el ensayo preliminar, alerta sobre los riesgos de una educación cada vez menos humanista, más burocratizada y menos atenta a educar en el arte de leer y de vivir. Deja claro desde la primera línea, que “los clásicos no hay que leerlos para aprobar exámenes”. Y advierte: “Si no salvamos a los clásicos y a la escuela,  los clásicos y la escuela no podrán salvarnos”.

 

 

Menú de degustación.

 

En su minimalista y sugestiva biblioteca ideal, el profesor Ordine elige las obras sin orden cronológico y sin clasificarlas por géneros. Resultado de su mezcla son mil y una maravillas sintetizadas en deliciosas píldoras que estimulan la curiosidad,  la lectura y el placer de saber más. Hay en su tratado libros para todos los gustos, necesarios de leer, sin prisa, a lo largo de la vida. Así por ejemplo: El Principito, de Saint Euxpery, El mercader de Venecia, de William Shakespeare. Orlando Furioso, de Ludovico Ariosto. El banquete, de Platón. Memoria de Adriano, de Marguerite Youcernar. Años de aprendizaje de William Mesiter, de Goethe. Poesías juveniles, de Rainer Maria Rilke. Don Quijote de la Mancha, de Cervantes. Decamerón, de Giovanni Bocaccio. Gargantua y Pantagruel, de François Rabelais. La Odisea, de Homero. Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. El soldado fanfarrón, de Plauto. Amor, de Guy de Mau Maupassant.  La subyugación de las mujeres, de John Stuart Mill y Sobre la educación, de Albert Einstein, entre otras.

  

Respecto a enseñar y a leer, se dice que cada maestrillo tiene su librillo.  Que cada cual es cada quien y es algo muy personal. Que sobre gustos no hay disputa. Que leer es un estado de ánimo, y que no hay que culparse por no acabar un libro aburrido. Cierto. Pero cada librillo instruye, plantea dudas, hace recapacitar, permite comparar, mejora el léxico, ayuda a razonar, acostumbra a argumentar, emociona y fomenta la imaginación y la creatividad. Por estas razones y muchas más, una de las imágenes más impresionantes de la Humanidad es la de una persona que inclina humildemente su cabeza ante un libro para aprender algo de lo escrito y de quien lo ha escrito. Por eso se asegura que para conocer bien a una persona, hay que ver su biblioteca.

 

 

Teoría práctica de las tres estanterías.

 

Una ventaja del Día del Libro es que se habla de ellos y se recomiendan títulos y autores como se intercambian recetas de cocina o videojuegos. Emili Teixidor, pedagogo y escritor de literatura juvenil, aconsejaba: “Ordena tres estanterías. Una, con los libros necesarios para la profesión. Otra, para los clásicos. Y otra para divertirte”. En el caso de los estudiantes, la estantería profesional soportaría libros de texto y de lectura obligatoria en los programas académicos. Para los docentes, sería la dedicada a libros de su especialidad. La de los clásicos sirve para todos, ya que forman la personalidad y aportan el sustrato cultural. Es la que concentra los saberes de la Humanidad que siempre permanecerán. En la tercera, caben cómics y tebeos, recopilaciones de humor, recetarios, best-sellers, manuales de autoayuda y lo que a cada cual entretenga sin más pretensiones.

 

Catedráticos y académicos del siglo pasado decían a su alumnado: “Sabemos que les sobrecargamos de lecturas y de trabajos escritos. Para relajarse, lean novelas policíacas. Les ayudarán a saber contar historias, a mantener la tensión narrativa y, de paso, verán cómo es la condición humana”. Es decir,  en caso de que no se desee enloquecer como Don Quijote por exceso de consumo de libros de caballerías, un antídoto sería leer más y más cosas distintas. Profesores universitarios lamentan que las nuevas promociones leen poco y citan, como típico y tópico, El Quijote. No obstante, las nuevas hornadas estudiantiles han leído desde niños El señor de los anillos o Harry Potter, que suman más páginas que el caballero de la triste figura, y que quizá sean clásicos antes del Siglo XXIII. Podría ocurrir como con Las aventuras de Guillermo, de Richmal Crompton, o las de Los Cinco, de Enid Blyton, vigentes aún entre la infancia y la adolescencia, y añoradas a veces en la madurez.

 

 

Leer no es un hit parade.

 

Hay el cuestionable método de empachar y embuchar  a la juventud en proceso de formación mediante listas de clásicos como si se tratase de un hit parade. Está científicamente comprobado que canciones y lecturas de la adolescencia acompañan a la persona el resto de su vida e incluso hay quien elige alguna para su funeral.  Por ello, sería prudente orientar cada clásico a cada personalidad en flor. A quien le guste viajar, toda ruta fantástica de Julio Verne, que igual sirve para quienes tiendan a las ciencias exactas o a la robótica. O La isla del tesoro, de R.L. Stevenson. O Robinson Crusoe, de  Daniel Defoe. O Los viajes de Marco Polo, los más leídos durante siglos. O los de Alí Bei, espía barcelonés al servicio de Sus Majestades la Reina de España y la de Gran Bretaña. El  predecesor de James Bond.

 

La juventud interesada en Parques Jurásicos y dinosaurios, verá que ya todo estaba inventado en El mundo perdido, de Conan Doyle. Los que aprecian a los animales y la naturaleza, Moby Dick, de Herman Melville y El libro de la Selva, de Rudyard Kipling. Si le agrada la fantasía, Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll. Si prefiere las aventuras, Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas y Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain. Si le atrae lo inquietante, Frankenstein, de Mary Shelley, Drácula, de Bram Stoker y los cuentos de Edgard Allan Poe y de Lovercraft o La metamorfosis de Kafka. Para sensibles al pobre ser humano,  Cuento de Navidad, de Charles Dickens, El diario de Ana Frank y El viejo y el Mar, de Hemingway. Sobre la verdad y la mentira, Las aventuras de Pinocho, de Carlo Collodi. Y Cuentos de la verdad oculta, de Pere Calders.

En caso de amores, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda. Valen también cancioneros de boleros, baladas o versos apasionados de Santa Teresa de Jesús, Luis Eduardo Aute, Bob Dylan, John Lennon, Joan Manuel Serrat o Lou Reed. O palabras llenas de ternua como las de Tu nombre es Olga, de Josep Maria Espinàs. Para futuros abogados y jueces, novelas de Sherlock Holmes, Agatha Crhistie y Thomas de Quincey. Y después de la adolescencia, Juventud, Egolatría, de Pío Baroja, y Cándido, de Voltaire.

 

 

Entre antologías y cuentos.

 

Mínima parte del conocimiento de una cultura se basa en antologías. Dispares, incompletas y discutibles, unen sensibilidades de todo el planeta. Desde los haikús japoneses, hasta las Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique o las Canciones de la rueda del tiempo de Salvador Espriu. Antologías de la literatura española, catalana, galaico portuguesa, vasca, francesa, alemana, rusa,  inglesa, árabe, sudamericana… De los versos de Safo de Lesbos a los de Petrarca. Como La divina comedia de Dante, El gran teatro del mundo, de Calderón de la Barca, Yerma, de García Lorca… Antologías de Ausias March, Francisco de Quevedo, Jacint Verdaguer, Antonio Machado, Ramon María del Valle Inclán, Lope de Vega, Joan Maragall, Carles Riba, Josep Maria de Sagarra…

 

Desde siempre, la cuna de las criaturas se ha mecido y mecerá con cuentos. Las mil y una noches. Caperucita Roja. La Cenicienta. La lechera… Los del Conde Lucanor. Los Cuentos cortos de Camilo José Cela. Platero y yo de Juan Ramón Jiménez. Los de Alberto Moravia. Los de Leopoldo Alas, Clarín. Los de Folch i Torres, como El Patufet. Se aconsejan tan breves como un trayecto de casa al colegio o al trabajo. O poco antes del adormecer. Sin olvidar las biografías de personajes admirados por docentes y estudiantes. En todas se hallarán los tres únicos asuntos que interesan y afectan a todo ser humano: vida, amor y muerte. Como La Biblia que, para creyentes y no creyentes, relata historias que ayudan a entender artes, mitos y tradiciones.

 

 

Amor es la palabra

 

A la hora de escoger algo útil y acertado, hay que tener presentes los diccionarios. Entre los generalistas y los especializados, se pueden leer casi como una novela, ya que conducen de palabra en palabra a sorpresa tras sorpresa. Como curioso entretenimiento, basta comparar palabras decimonónicas olvidadas y las recientemente admitidas por las Academias. En este caso, a la hora del saber y del vivir, conviene comenzar por el verbo Espabilar. Como espabilaron El Lazarillo de Tormes, La Celestina y  El Buscón Don Pablos. Cuentan las personas mayores que sus mejores maestros y profesoras fueron las que no han olvidado porque influyeron en sus vidas cuando orientaron sus lecturas y sus ganas de aprender. Como en la Escalera del Entendimiento, del clásico Ramon Llull. Ser y saber, estableció. Ser o no ser, es la cuestión, añadiría Shakespeare.

Con una mano en la cultura clásica y otra en la sabiduría popular, ¿qué libro se llevaría usted a una isla perdida? Es la pregunta más absurda cuando ya no hay islas perdidas gracias al GPS. Y mientras siguen madurando personas críticas con libre pensamiento para elegir, muy feliz Día del Libro. Que es cada día y no solamente una vez al año. Con quizás una rosa con pétalos de amor que se secarán como punto de lectura en un libro. Porque el amor a la palabra bien pensada y bien escrita es el único amor indudable cuando se lee a los clásicos. En la estantería más íntima. O en el dispositivo móvil de bolsillo, donde caben más clásicos que en aquella mítica y perdida Biblioteca de Alejandría.

Etiquetas

¡Comprueba tus conocimientos!

Se considera clàsica

En su reciente libro Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal, el profesor de literatura italiana Nuccio Ordine

Emili Teixidor, pedagogo y escritor de literatura juvenil, aconsejaba: Ordena tres estanterías.

Ánimo, llevas un 0% completado