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Un Nobel de la paz contra la violencia sexual

Premio a la activista Yazid Nadia Murad y al médico congoleño Denis Mukwege por sus esfuerzos “por acabar en el uso de la violencia sexual contra las mujeres”

El Comité Noruego concedió el pasado 5 de octubre el Premio Nobel de la Paz 2018 a la activista Yazid Nadia Murad y al médico congoleño Denis Mukwege por sus esfuerzos “por acabar en el uso de la violencia sexual contra las mujeres”, como arma en los conflictos “, defendiendo que sólo se puede lograr un mundo más pacífico si las mujeres y sus derechos fundamentales son reconocidos y protegidos

Nadia Murad es una activista Yazid que fue secuestrada en 2014 por el autodenominado Estado Islámico durante el asedio y la matanza de Sinjar el Kurdistán iraquí. Murad fue convertida en esclava sexual, siendo una de las más de 3.000 niñas y mujeres Yazid que han sido víctimas de violencia sexual perpetrada por el grupo yihadista como estrategia militar. Desde que pudo huir, se ha convertido en una de las voces más destacadas para concienciar sobre las dinámicas y los efectos que rodean a la violencia sexual y de género en conflictos armados.

Por su parte, Denis Mukwege es un ginecólogo que ha destinado gran parte de su carrera profesional a atender y ayudar a miles de mujeres víctimas de violación y ablación en la República Democrática del Congo (RDC), que en varias ocasiones ha sido etiquetada como “la capital mundial de las violaciones”. Mukwege ha condenado repetidamente la impunidad por violaciones masivas y ha criticado al gobierno congoleño y de otros países por no hacer lo suficiente para detener el uso de la violencia sexual contra las mujeres como arma de guerra.

El Nobel de la Paz de este año entrelaza así dos caminos que, a pesar de no tener el mismo origen, son complementarios en el testimonio de una realidad atroz: a pesar de que la violencia sexual es uno de los signos más reconocibles de los conflictos armados contemporáneos, sólo divisa la punta del iceberg de la problemática.

Los delitos sexuales son considerados hoy en día como violaciones especialmente graves del derecho internacional, y se pueden clasificar como crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad o actos de genocidio, dependiendo del método y del contexto. La violencia sexual en conflictos armados se dirige contra la población civil en general y muy especialmente contra las mujeres y niñas. Si bien actualmente se reconoce su carácter frecuente y sistemático, es un fenómeno que ha permanecido invisible e invisibilizado en el análisis de la guerra a lo largo de la historia.

El miedo a las represalias, los sentimientos de culpa o de vergüenza y los tabúes que implican la relegación de los derechos sexuales y reproductivos a un segundo plano restringen la posibilidad de denuncia de los abusos y torturas por parte de las víctimas.  La falta de infraestructuras de comunicación y desplazamiento, las barreras de acceso a la justicia o la falta de mecanismos de detección, acompañamiento y asistencia integral dificultan la lucha contra la violencia..

La violencia sexual en los conflictos armados no suele perpetrarse de forma aislada y esto también supone una dificultad añadida en su análisis. Forma parte de todo un entramado táctico ofensivo en el que otras violencias toman formas simultáneas, tales como son el secuestro, el reclutamiento y explotación infantil, la destrucción de bienes, los robos o los homicidios.

Sus causas directas e indirectas son numerosas: desde un clima de impunidad generalizada, que facilita al mismo tiempo la proliferación de armas pequeñas y ligeras, pasando por la ausencia de un sistema normativo claro que regule la prohibición de la violencia sexual como crimen, así como la existencia de vulnerabilidades múltiples (personas desplazadas internamente, sin recursos socioeconómicos, viudas, etc.), la destrucción de los vínculos comunitarios y la merma de la resiliencia individual. HYPERLINK “http://catalunyaplural.cat/wp-content/uploads/2018/10/denis.jpg”

La violencia sexual en contextos de conflicto armado se utiliza, por tanto, como un mecanismo táctico de dominación y terror por parte de actores estatales, militares y policiales, miembros de grupos armados no estatales organizados, personal de empresas militares privadas y de seguridad, entre otros.

En todos los casos, tiene consecuencias devastadoras, principalmente para las propias víctimas y sus familiares, por sus efectos físicos, psicológicos y socioeconómicos, pero también tiene consecuencias para comunidades enteras cuando los cuerpos se instrumentalizan y el miedo, intimidación y represión se convierten en una fuerza destructora del tejido social.

Asimismo, si bien la violación y otras formas de violencia sexual y de género tienen una incidencia alarmante en contextos de vulneración sistemática de derechos humanos en los conflictos armados o crisis humanitarias, es también necesario recordar que es una lacra que está anclada a diario en cada continente y que no tiene una condición única; no necesita ningún ciclo de conflicto concreto para tener lugar y reproducirse.

Es una de las expresiones de la violencia contra las mujeres que se articula a través del patriarcado y de la visión compartida de la masculinidad hegemónica, encontrando su propio refuerzo en relaciones de sumisión y dominancia impuestas desde una posición de poder, jerarquizada y desigual.

El Premio Nobel de la Paz no puede desligarse de la marea feminista global que, especialmente desde 2017 a raíz del movimiento #MeToo, ha ido condicionando la agenda política y ha mostrado reiteradamente el rechazo contra toda forma de violencia sexual y de género. Muchas mujeres reconocidas socialmente han admitido por primera vez su condición de víctima de abusos o agresiones sexuales y muchas otras han salido a las calles para defender la necesidad de que los derechos sexuales y reproductivos tengan la misma consideración que otros derechos humanos y para denunciar la cosificación constante que sufren las mujeres en todos los contextos.

La concienciación y sensibilización hacia una realidad que ha sido derrumbada continuamente en todos los sectores y desde toda posición social, va tomando fuerza motora, a pesar de ser todavía relativizada por una cultura patriarcal que la ha minimizado históricamente como fenómeno natural e inevitable.

La violencia sexual no es una problemática insoslayable y, por este motivo, el otorgamiento del Nobel de la Paz a Nadia Murad y a Denis Mukwege se convierte en un toque de atención a la comunidad internacional: la lucha contra la violencia sexual es uno de los principales retos pendientes en un marco de justicia global y el primer paso es romper con su normalización.

El galardón representa, por tanto, un reconocimiento cargado de simbolismo: es una contribución destacada a la visibilización y concienciación de la violencia sexual como grave violación de los derechos humanos de las mujeres que urge abordar; una evidencia de la necesidad de reforzar la respuesta humanitaria y las estrategias de prevención y de apoyo dirigidas a gestionar las secuelas físicas y psicológicas de las supervivientes y sus comunidades; un reconocimiento a la resistencia y a las minorías nacionales, étnicas, raciales y religiosas que están siendo perseguidas, esclavizadas y exterminadas; una muestra de gratitud y admiración a la tarea diaria que desarrollan multitud y diversidad de actores de la sociedad civil en países en conflicto armado o en contextos de conflicto social grave; y un homenaje para aquellas personas que, anteponiéndose a toda contrariedad, han conseguido romper el silencio y alzar la voz de denuncia para todas las que ya no lo pueden hacer y para todas las demás que hacen del anhelo de libertad su brizna de esperanza.

 

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