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El ‘caso Jashogui’ muestra por qué Arabia Saudí se siente impune

El asesinato de un periodista en el consulado de Estambul pone en evidencia uno de los países más influyentes, más ricos y al mismo tiempo más secretos y oscuros del mundo

La noticia internacional más impresionante de los últimos días parece una película de terror. Yamal Jashogui, un periodista de Arabia Saudí que residía en Estados Unidos después de que se le prohibiera trabajar, fue aparentemente asesinado dentro del consulado de su propio país en Estambul cuando acudió a pedir unos documentos que necesitaba para divorciarse de su primera esposa y poder casarse con su novia turca, que le estuvo esperando en la puerta varias horas. Jashogui nunca salió de allí. Se cree que lo mataron y descuartizaron para hacer desaparecer su cadáver. Arabia Saudí tardó una semana en reconocer que el periodista, crítico con el gobierno, estaba muerto. Esta horrible historia vuelve a llamar la atención sobre uno de los países más influyentes y al mismo tiempo más secretos y oscuros del mundo.

Los asesinatos políticos, de opositores dentro de un país, de disidentes en el extranjero, de espías y traidores…, forman parte de la historia de los estados desde siempre, no son algo nuevo. Si la desaparición de Yamal Jashogui es un escándalo internacional es debido a cómo se ha producido. No solo por el hecho –si se confirma- de que su cuerpo fue partido a trozos sino, sobre todo, porque ocurrió dentro de un consulado. Las embajadas constituyen la representación oficial de un estado en las capitales de otros países y los consulados se ocupan, principalmente, de la atención a los ciudadanos pertenecientes a ese estado en diversas ciudades del país en que se encuentren (es por eso que Jashogui acudió a su consulado en Estambul para pedir unos documentos). Sobre estas legaciones diplomáticas rige un principio de extraterritorialidad, es decir, se considera que esos edificios con una bandera en lo alto “son” otro país: las autoridades del estado anfitrión no pueden intervenir en ellos y además están obligadas a protegerlos. Existe un precedente terrible, en este sentido: en 1980, un grupo de campesinos y guerrilleros entró en la embajada de España en Guatemala para exigir el auxilio del gobierno español ante la represión de la dictadura. La policía guatemalteca asaltó la embajada y mató a 37 personas.

Lo sucedido en el consulado saudí de Estambul no se parece en nada a aquel caso pero es igualmente gravísimo y obliga a las autoridades de Turquía a investigar, especialmente porque enseguida dijeron que el periodista saudí nunca llegó a salir del edificio. El gobierno de Arabia Saudí tuvo que conceder el permiso para que agentes de la policía judicial, de la policía científica y dos fiscales entraran en el consulado. A estas alturas parece muy claro que Yamal Jashogui fue asesinado allí mismo.

Naturalmente, nadie más que el propio gobierno de Arabia Saudí puede ser responsable de ese crimen en un edificio oficial que representa a ese mismo estado. Entonces, la primera pregunta es: ¿por qué mataron a Jashogui? Pero la segunda es igual de importante: ¿por qué el gobierno saudí se sintió capaz de hacerlo en el consulado?

Una alianza política y religiosa

Para dar respuesta a todo esto es necesario repasar la historia de Arabia Saudí y entender de qué clase de país se trata y por qué es tan influyente en todo el mundo.

Su propio nombre, Saudí, lo explica. En 1765, Mohamed bin Saud, jefe de un clan tribal, hizo un pacto con un líder religioso, Mohamed Abdel Wahab, que promovía un movimiento muy fundamentalista dentro del Islam, en el sentido de que el Corán no solo es la palabra de dios sino que ésta y las enseñanzas del profeta Mahoma no pueden ser alteradas. Así, las tumbas de los santos del Islam –es decir, aquellos musulmanes cuya vida ha sido ejemplar- no pueden ser veneradas. Tampoco nada nuevo es admisible; así, por ejemplo, este movimiento de los wahabíes –que tomaba el nombre de su maestro- prohibió toda clase de entretenimientos (un ejemplo reciente: el cine estuvo prohibido en Arabia Saudí durante 35 años, hasta el pasado mes de marzo, en que se estrenó la película Black Panther, pero con algunas partes cortadas…), también el tabaco, y llegó a plantearse prohibir el café.

El pacto entre la familia Al Saud y los wahabíes ha durado hasta hoy. Como se suele decir, una mano ayuda a la otra: los religiosos han ayudado a la casa real de los Saud a conservar el poder político y éstos han mantenido al islam wahabí como única religión del país.

El poder del petróleo

Desde el momento en que se descubrió petróleo en el desierto, Arabia Saudí se convirtió en un país poderoso, con enorme influencia. En 1945, justo al final de la Segunda Guerra Mundial, ocurre un hecho importante. Los Saud hacen otro pacto: el rey Abdelaziz al Saud y el presidente Franklin D. Roosevelt, se reúnen en un portaviones norteamericano y deciden ser aliados: Estados Unidos protegerá militarmente a Arabia Saudí a cambio de petróleo y de apoyo en la región. A partir de entonces y hasta hoy, ambos son aliados y el país árabe es el mayor comprador de armas estadounidenses.

Al mismo tiempo, ese petróleo saudí ha servido durante años a los wahabíes de Arabia Saudí para difundir su doctrina por todo el mundo, tanto musulmán como occidental: mezquitas, libros, escuelas… Su influencia ha sido enorme, y también una fuente inagotable de problemas: el primero de todos, el terrorismo yihadista. La intransigencia exagerada del wahabismo conduce a la violencia, y así, esta secta ha sido el origen tanto de Al Qaeda como del Estado Islámico. Para ellos, todas las otras sectas del islam, la primera de todas el chiísmo (que profesan los seguidores del yerno de Mahoma, Ali) son infieles, y por supuesto el cristianismo, el judaísmo, el budismo y cualquier otra religión.

Todo esto ha acabado poniendo en aprietos a los Saud. Por un lado, la casa real ha necesitado seguir financiando a los wahabíes pero, por otro, la ideología extremista de estos líderes religiosos se les ha vuelto en contra. Algunos de ellos no solo critican el modo de vida de los ricos saudíes y su corrupción, sino que rechazan el pacto con los infieles Estados Unidos. Fue así como apareció Osama bin Laden. El líder de Al Qaeda, hijo de un millonario, fue el hombre que sirvió a los norteamericanos para luchar contra la Unión Soviética en Afganistán en los años ochenta del siglo pasado, y también el hombre que arrastró a muchos saudíes a ese combate. A los Saud les venía bien porque con todos los que marchaban a Afganistán se libraba de muchos críticos de su régimen.

Pero Al Qaeda se volvió en contra de todos. Catorce de los terroristas que destruyeron las torres gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001 eran saudíes, el propio Bin Laden era saudí… Hasta hoy, hay mucha información que permanece en secreto en Washington.

Sin embargo, la alianza entre Estados Unidos y Arabia Saudí permanece. El pacto entre la familia Al Saud y los wahabíes permanece también. Y la última criatura del wahabismo se ha dado a conocer en los últimos años: el Estado Islámico y todos los terroristas que han matado en su nombre, en Madrid o en Barcelona y Cambrils han nacido de esas ideas.

El problema que supone Arabia Saudí para el mundo es todavía más grave por su enorme poder económico. Este país no solo exporta millones de barriles de petróleo y compra armar por miles de millones de euros a Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y España, también invierte en empresas de todo el mundo, sobre todo empresas occidentales, compra terrenos y edificios (Londres y el sur de España son ejemplos muy conocido), y mantiene el llamado mercado del lujo en niveles muy altos.

Ese poder pone las cosas muy difíciles a la cínica política internacional ante un atentado terrorista, ante los bombardeos que llevan a cabo los saudíes en su país vecino, Yemen, llevándolo a la destrucción completa (y con más de ocho millones de personas en condiciones de hambre), o ante el asesinato de un periodista en el consulado de Estambul.

Arabia Saudí está acostumbrada a solucionar muchos de sus problemas a base de dinero, a base de comprar voluntades y pagar por el silencio. Ha sido de esta manera, y por lo tanto con mucha arrogancia, como ha podido hacer callar las críticas a un régimen que es el más oscuro y siniestro del mundo después de los de Corea del Norte y Eritrea. Como en el país asiático y el africano, no se puede acceder a Arabia Saudí así como así. La represión es feroz.

Las falsas reformas

Quizás lo que más se conoce en Occidente es el hecho de que mujeres y hombres no se pueden mezclar apenas en la vida pública (mucho menos que en Irán), que las mujeres no pueden andar solas… Y el hecho de que el príncipe heredero –el hombre que de verdad manda en el país- Mohamed bin Salman haya autorizado ahora a las mujeres a conducir un coche se ha anunciado como un gesto de reforma, lo mismo que el derecho a votar en elecciones municipales (que son, por cierto, las únicas que se celebran). La realidad es mucho peor que todo eso.

En Arabia Saudí no existe ni la democracia ni la separación de poderes  -legislativo, ejecutivo y judicial-. Todo absolutamente está en manos del rey, o ahora mismo, del príncipe heredero. No existen los derechos humanos como tales, a pesar de que Arabia Saudí –a base de pactos y dinero- es estado miembro del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Cualquiera puede ser llevado ante un tribunal, metido en la cárcel y condenado a la pena de muerte. En 2017, hubo 146 ejecuciones, la mayoría por homicidios pero algunas también por acusaciones –muy dudosas- de terrorismo, y 59 de ellas por tráfico de drogas. 40 de ese largo centenar, por delitos no violentos. Los más críticos aseguran –y lo hacen fuera del país- que ni siquiera se cumple la sharia, la ley islámica, y los jueces deciden a capricho.

La represión, ya de por sí muy dura desde siempre, ha empeorado desde que el año pasado el príncipe Mohamed bin Salman fue acumulando poder. Hay varios motivos: uno, el propio carácter del príncipe, ambicioso, egocéntrico, arrogante, intolerante; dos, el descontento social generalizado, sobre todo entre las clases medias que desean una vida mejor; tres, las críticas al régimen por parte de intelectuales y líderes religiosos wahabíes, y cuatro, las luchas de poder dentro de la gran familia Al Saud, que tiene dos ramas principales y cientos de príncipes que rivalizan.

En este contexto, Yamal Jashogui es un periodista, hijo de una familia importante, cansado de que le censuren y, por fin, no le dejen escribir. Es un hombre que tiene mucha información, que conoce mucha gente, que ha trabajado con un antiguo jefe de los servicios secretos saudíes. Y cuando emigra a Estados Unidos y se pone a escribir artículos en uno de los diarios más influyentes del mundo, The Washington Post, en los que denuncia a Mohamed bin Salman como un falso reformador que en realidad encarcela a decenas de personas, algunas de ellas muy reconocidas, se convierte en alguien peligroso para el príncipe.

Todo lo que hemos contado ayuda a responder la pregunta ¿por qué matar a Jashogui? Y también por qué Arabia Saudita se sintió tan impune como para asesinarlo en su propio consulado en Estambul.

 

El periodista Yamal Jashogui/ilustración:

Guerra del Yemen: el dilema de cambiar armas por trabajo

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Arabia Saudí surge en en 1765, fruto de un pacto entre Mohamed bin Saud, jefe de un clan tribal, con un líder religioso, Mohamed Abdel Wahab. ¿Qué promovía Wahab?

¿Por qué tiene tanto poder económico Arabia Saudita?

Yamal Jashogui es un periodista que emigra a Estados Unidos y se pone a escribir artículos en uno de los diarios más influyentes del mundo, The Washington Post. ¿Sobre qué escribe?

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