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El efecto Bolsonaro ‘, o porque América Latina gira a la derecha

La victoria del candidato ultraderechista a las elecciones presidenciales de Brasil ha provocado un impacto como el de Donald Trump en Estados Unidos. Y consolida un movimiento reactivo después de gobiernos progresistas en muchos países americanos. Las causas son complejas. Las explicamos.

“La apología del comunismo y el fomento de la lucha de clases, así como fabricar, comercializar y distribuir símbolos de propaganda con la hoz y el martillo o cualquier otro medio de difusión favorable al comunismo sería castigado con una pena de reclusión de entre dos y cinco años y el pago de una multa”. Así lo recogía el proyecto de ley 5358/16 presentado hace dos años por Eduardo Bolsonaro, hijo del actual presidente electo de Brasil, en la Cámara de Diputados. El año siguiente propuso alterar las Leyes Antirracismo y Antiterrorismo para alcanzar su objetivo. Lejos de apaciguar su anticomunismo visceral, durante la última campaña electoral, Bolsonaro junior manifestó durante un mitin cómo, si su padre salía elegido, “se haría limpieza a fondo” y “los marginales rojos” serían “borrados del país”. Una vez asentados en el poder, seguro que los Bolsonaro volverán a esto.

El anticomunismo, sin embargo, es sólo una de las características que definen el ideario de Jair Bolsonaro, el hasta hace poco desconocido diputado eterno -logró su escaño en 1991- que ganó la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil. Ahora catapultado a la categoría de celebridad por los medios brasileños e internacionales ha conseguido una victoria incontestable. Para buena parte de la población ha sido un triunfo inexplicable que les ha cogido por sorpresa, como los sorprendió en su momento la victoria de Donald Trump. Todo ello obedece al reduccionismo o simplismo con que analizamos determinados hechos, en este caso sendas elecciones.

Caricaturizar las amplias mayorías alcanzadas por Bolsonaro y Trump (más de 50 millones y 62 millones de votos respectivamente) no permite comprender las causas que han provocado su ascenso al poder, ni el alcance de lo que ello supone. A pesar de las similitudes son dos casos con matices diferenciales relevantes, dado que en la victoria de Bolsonaro es necesario contextualizar su elección en las dinámicas propias de la política latinoamericana, que tienen poco que ver con la realidad norteamericana. Por lo tanto, lo primero que hay que hacer es librarnos de nuestra visión eurocéntrica si queremos analizar con acierto la geopolítica en América Latina. Porque ni las formas, ni los discursos se parecen a los existentes en Europa.

¿Qué ha llevado a Bolsonaro a derrotar ampliamente al candidato del Partido de los Trabajadores? Sin lugar a dudas una suma de factores, los cuales en converger han generado el escenario idóneo para el triunfo del ex militar. En la relación de elementos que han contribuido podemos destacar desde el desencanto de buena parte de la ciudadanía brasileña hacia los sucesivos gobiernos de izquierdas precedentes (presididos entre los años 2003 y 2016 por Lula Da Silva y Dilma Rousseff) en identificarlos con la corrupción, hasta la falta de liderazgo de la izquierda (favorecida por el encarcelamiento de Lula), pasando por los apoyos recibidos por Bolsonaro (Ejército, élites económicas, celebrities).

A esto podemos añadir la incidencia de las fake news y el evangelismo (Bolsonaro ha sacado réditos en presentarse como el candidato que promueve los valores de la familia tradicional), la participación de Steve Bannon como asesor de su campaña y el hecho de que el ahora presidente electo se presentara como una alternativa patriótica y “anti casta” en un contexto de inseguridad, violencia (opción de orden) y creciente desafección de la clase política (identificada, como hemos mencionado, con la corrupción).

Este batiburrillo de propuestas, en un contexto de alta polarización de la sociedad (evidente en los resultados electorales en que Bolsonaro ha capitalizado eminentemente el voto urbano, el de mayor densidad demográfica) ha conseguido hacerse ver más que la retórica incendiaria de un candidato aparentemente torpe con un discurso netamente populista que, a raíz del atentado que sufrió, se recluyó evitando el desgaste público que sufrieron sus rivales.

En el fondo, el triunfo de Bolsonaro, o quizás deberíamos decir la derrota de Haddad, ejemplifica y corrobora el giro hacia la derecha que desde hace unos años está experimentando América Latina. Las esperanzas que muchos ciudadanos depositaron en el ascenso al poder de las izquierdas en plena Posguerra Fría parecían poner punto y final a las injerencias estadounidenses en la zona. Nada más lejos de la realidad. Poco más de una década más tarde el espejismo se desvaneció al abrigo de una crisis económica a escala mundial que agravó aún más la situación de fragilidad de los gobiernos liderados por la izquierda en la región.

Así, la esperanza que en su momento supuso para buena parte de las clases populares del continente la llegada al poder de dirigentes como Hugo Chávez, la estirpe Kirchner, Pepe Mújica, Evo Morales, Rafael Correa, Mel Zelaya, Fernando Lugo , Michelle Bachelet o el propio Lula Da Silva, entre otros, ha acabado generando, en la mayoría de casos, frustración. Si bien es cierto que en algunos países se extendieron a la mayoría de la población determinados servicios básicos, como la educación, la sanidad o el acceso a los alimentos de primera necesidad (entre los años 2000 y 2014 la tasa de pobreza disminuyó 20 puntos, el hambre se redujo un 50% en relación al período precedente y la mortalidad infantil decreció dos tercios), se reconoció su pluralidad étnica, se aprovaban leyes de despenalización del aborto o se juzgaba a los responsables de las dictaduras precedentes, lo cierto es que esta tentativa de forjar el socialismo del siglo XXI en clave latinoamericana no acabó de funcionar.

Aparte de los problemas mencionados, el bolivarianismo, la reformulación del marxismo en clave latinoamericana que conjuga patriotismo, socialismo y republicanismo cívico y que se convirtió en fuente de inspiración de algunos de los dirigentes citados, no supo capitalizar sus éxitos electorales e inició, salvo algunas excepciones, una progresiva pérdida de apoyo electoral. A pesar de los intentos de gestionar una agenda en clave social, muchos ciudadanos vincularon estos gobiernos con la corrupción, la ineficacia (reconocida en el campo económico públicamente por el propio Nicolás Maduro) y, incluso, con el autoritarismo.

Algunos puntos de inflexión en este vuelco de las dinámicas en el continente, más allá de la incidencia de elementos “externos” (vinculados a estrategias para derribar gobiernos legítimos mediante campañas mediáticas y tácticas de guerra de IV generación) lo encontramos en tres hechos: la muerte de Chávez (el principal referente del bolivarianismo), el restablecimiento de las relaciones cubano-estadounidenses y el impacto de la caída el precio del petróleo en las economías de estos países. Tres indicadores que, en parte, explican el giro político vivido en América Latina al abrigo del agotamiento y colapso de la izquierda y la desconfianza hacia las instituciones y el sistema democrático por parte de la ciudadanía. No en vano según datos recogidos por Latinobarómetro en 2017, sólo un 53% de los lationamericanos estaban satisfechos con la democracia (un 43% de los brasileños estaban en contra).

Este contexto de descrédito e impopularidad de las formaciones de izquierdas y de desconfianza y legitimidad de la democracia favoreció el ascenso al poder del ex presidente de Boca Juniors, Mauricio Macri, en Argentina, el crecimiento electoral de Keiko Fujimori en Perú, la presidencia del tecnócrata Temer en Brasil o la pérdida constante de apoyo electoral de algunos líderes de la región. En esta ocasión las oligarquías y la derecha neoliberal no han necesitado ningún golpe de estado. La involución incruenta ha gestado todo por los deméritos y la ineficacia de la izquierda profusamente explotados por sus rivales políticos.

En este escenario, aquella izquierda que pretendía regenerar el castrismo y superar el escenario de la Guerra Fría articulando una alternativa real al sometimiento tradicional de los países de América Latina a los intereses de los Estados Unidos se encuentra en plena decadencia. Bolsonaro es un síntoma más de este cambio de ciclo que lleva a muchos de estos estados a convertirse dictocracies, en las que los ciudadanos prefieren un gobierno de orden y autoritario a preservar sus derechos civiles. Uno de los votantes de Bolsonaro lo sintetizaba así: “prefiero un presidente homófobo a uno que sea un ladrón”.

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El giro a la derecha llega después del desencanto con gobiernos de izquierdas. ¿Cuál es la principal causa?

¿Cuántos electores brasileños votaron a favor de Bolsonaro?

¿Qué nombre recibe la reformulación del marxismo en clave latinoamericana que conjuga patriotismo, socialismo y republicanismo cívico?

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