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Los ‘chalecos amarillos’ reflejan las fracturas de Francia

El movimiento de los llamados chalecos amarillos sacude Francia. El presidente Macron, un año y medio después de su triunfo electoral, ha tenido que bajar de su pedestal de nuevo monarca republicano y pedir perdón a los ciudadanos por su falta de empatía. He aquí el relato de los hechos y el telón de fondo de las protestas.

De repente, en el otoño francés, un movimiento espontáneo ocupó las rotondas de las carreteras de la Francia periférica hasta llegar a los Campos Elíseos, en pleno centro de París. El detonante, es decir, la chispa que encendió la mecha de las protestas fue una nueva tasa o impuesto sobre el precio de los carburantes para financiar la transición energética. El propio Emmanuel Macron resumió el sentido de los protagonistas del movimiento: “Escuchamos al presidente de la República, escuchamos al Gobierno. Ellos evocan el fin del mundo, pero nosotros hablamos del final de mes”. Macron replicó: “Tratamos que afrontar las dos cosas a la vez”.

El presidente de la República, en sintonía con los compromisos de la cumbre sobre cambio climático de París (2015), se disponía a desplegar un paquete de medidas fiscales para penalizar el consumo de gasolinas. Sin embargo, los ciudadanos de la Francia rural y de las ciudades intermedias, que dependen del coche para poder desplazarse, activaron las protestas de manera horizontal y sin líderes visibles. “La Francia que se moviliza o que apoya este movimiento es la de los finales de mes difíciles”, confirmaba un estudio de Fundación Jean-Jaurès.

Sin embargo, la protesta inicial contra la tasa verde en el precio de los carburantes se vio ampliamente desbordada por otras peticiones para salvaguardar el coste de la vida y fue emergiendo una ola de rechazo contra la figura del presidente de la República. Macron, de perfil tecnocrático, es definido por los chalecos amarillos como el “presidente de los ricos” o el “presidente de las grandes ciudades”. El 10 de diciembre Macron se dirigió a los franceses en televisión para hacer autocrítica, anunciar la suspensión de las nuevas tasas sobre carburantes y ofrecer un paquete de medidas sociales: aumento de 100 euros del salario mínimo, supresión de la fiscalidad en las horas extras y rebaja de impuestos (CSG) para los pensionistas.

Está por ver si estas medidas frenarán las protestas. El problema de fondo, sin embargo, es otro: Emmanuel Macron ganó las elecciones presidenciales del 2017 de la mano de un nuevo partido, La República en Marcha, que era una especie de start-up o empresa emergente de la llamada nueva política. Los viejos partidos -de la derecha gaullista a los socialistas- se quedaron en fuera de juego y la alternativa que se planteaba era entre la extrema derecha de Marine Le Pen o Macron. Francia se quedó sin los instrumentos clásicos de mediación del “viejo mundo”, en expresión del nuevo presidente, es decir los partidos y los sindicatos tradicionales.

Los chalecos amarillos, como ha explicado el historiador Sylvain Boulouque en el diario Le Monde, son primo militantes, es decir, viven su primera experiencia social y política. El resultado dibuja un movimiento heterogéneo, es decir, que reúne una suma de protestas y perfiles sociopolíticos: “Coexisten dos corrientes. Una plantea reivindicaciones de clase; otra, reivindicaciones nacionalistas, y a menudo ambas cosas se entremezclan”. Unos piden que se restablezca el impuesto sobre grandes fortunas y un aumento de salarios; otros se rebelan contra la ayuda médica a los extranjeros o el pacto de Marrakech sobre inmigración.

“Estamos ante un gigantesco laboratorio -explica este historiador- y los chalecos amarillos oscilan entre una revolución nacional y una revolución social”. Así, sobre el terreno, tanto la extrema derecha como la extrema izquierda intentan barrer para sus casas respectivas: “Por primera vez, la ultraderecha y la ultraizquierda están una al lado de la otra, sin estar juntas de manera concertada (…) Es, desde mi punto de vista, la primera vez que la extrema izquierda se presenta como tal al lado de la extrema derecha, ya que antes el antifascismo hacía de barrera (…) El objetivo es ante todo derribar al régimen”.

Y un poco de filosofía para acabar. Alexis de Tocqueville (1805-1859) escribía en El Antiguo Régimen y la Revolución que los sistemas centralizados contribuyen “a destruir los poderes intermedios” y hacen que entre el poder y los particulares “no exista más que un inmenso vacío”. El presidente Macron -un nuevo monarca republicano salido de la élite de los llamados enarcas (alumnos de la de Escuela Nacional de Administración)- es visto como el representante de un despotismo ilustrado.2.0, es decir “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, de la mano de su República en Marcha, una start-up política al borde la quiebra.

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¿Cuál fue el detonante de las protestas de los chalecos amarillos?

¿Por qué la protesta nace en la Francia rural y en las ciudades intermedias?

El historiador Sylvain Boulouque dice que en el movimiento de los chalecos amarillos conviven dos corrientes. ¿Cuáles son?

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