Política i història

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Sombras sobre Europa

La participación en las elecciones europeas ha sido la más alta en 20 años y los partidos favorables a la Unión son mayoritarios, pero las fuerzas euroescépticas avanzan en un escenario político más fragmentado y abierto

Europa ha dejado de ser definitivamente un selecto club administrado a discreción por los herederos de los grandes socios fundadores (democristianos y socialdemócratas), hasta ahora siempre al mando de sus órganos de gestión y con la exclusiva de la interpretación y custodia de los tratados que sustentan la Unión. Las urnas se han pronunciado de forma inequívoca al abrir un nuevo escenario parlamentario más fragmentado y diverso, donde la musculatura exhibida por los Verdes y los liberales tiende a ocupar el espacio desalojado por ambos.

La neta victoria del PSOE en España salva los muebles de la izquierda institucional en el nuevo espacio multipartidista de la Unión, donde los eurófobos de todas las variantes ya se pasean sin complejos y hasta con descaro. No ha sido un desembarco tan aparatoso como se creía, pero su avance indiscutible proyecta malos augurios sobre el continente. Los próximos cinco años serán clave para ver si los nuevos visitantes tienen recorrido o no en el rumbo de Europa.

Revulsivo o premonición

De momento aún es pronto para saber si se trata de un revulsivo o una premonición sobre el futuro de la UE, pero en cualquier caso es una prueba inequívoca sobre el papel de las élites dirigentes y la verdadera vocación y ambición de una comunidad de 28 países con un caudal humano de más de 500 millones de habitantes. El enfriamiento del pacto atlántico con Estados Unidos, la presión de la Rusia de Putin sobre el continente y el impetuoso liderazgo de China acechan las expectativas de Europa, puesta a prueba también por la crisis migratoria, especialmente la procedente de África.

Sin duda alguna la francesa Marine Le Pen, el italiano Salvini, el húngaro Orban o el británico Farage no van a dinamitar el edificio de la UE ni los pilares del euro. Sin embargo, la visible expansión y consolidación del espacio euroescéptico, así como la desaparición de la mayoría absoluta clásica conformada históricamente por los populares y los socialdemócratas, ha creado un nuevo escenario más abierto y fiel al arco político real de los países miembros, donde anida la desafección. Los estragos de la Gran Recesión, los costes de la globalización y la revolución tecnológica, la pugna entre las grandes potencias y, por supuesto, las nuevas migraciones masivas alimentan el pesimismo y el repliegue de amplios sectores del electorado.

El fantasma lepenista

El caso de Francia es elocuente, ya que la rotunda victoria del Reagrupamiento Nacional (RN) –nueva versión del antiguo Frente Nacional fundado en su día por Jean Marie Le Pen- vuelve a agitar el espantajo de la extrema derecha como fuerza central del país, a costa de la gran plataforma (LRM, La República en Marcha) de Emmanuel Macron. El líder francés ambicionaba liderar todo el espacio liberal europeo de centro izquierda y, en última instancia, resucitar y pilotar el proyecto europeo sacudido por el Brexit y la amenaza del populismo, la extrema derecha y el nacionalismo radical. Así y todo y a pesar del severo desgaste sufrido en Francia por la áspera revuelta de los “chalecos amarillos”, el ambicioso líder francés hará valer sus escaños en la Eurocámara para tejer alianzas y formar mayorías con populares y socialistas.

No es la única tarea pendiente del presidente francés. El desafío de Macron incluye actualizar y salvaguardar el histórico eje franco-alemán como elemento motor de la integración europea en un nuevo contexto político, coincidiendo con el inminente relevo de Angela Merkel. El espectacular éxito de los Verdes en Alemania, donde aparecen ahora como la segunda fuerza del país, abre sin duda desde las filas progresistas nuevos  espacios de interlocución en el remozado escenario europeo. Es la gran novedad.

Además de ser un fiasco indiscutible para Macron, la nueva victoria de Le Pen en las elecciones europeas, favorecida en este caso por el sistema electoral proporcional a una sola vuelta, no es un suceso inédito ni determinante, pero revela una vez más el arraigo del sustrato euroescéptico en el Hexágono. Cabe recordar que en la primavera de 2005 los franceses enterraron en un dramático referéndum la non nata Constitución de la UE, poniendo fin a la euforia europeísta generada por la histórica ampliación al Este de 2004, con la incorporación de una decena de nuevos países (Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, la República Checa, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Malta y Chipre).

En los próximos meses se clarificará el escenario y los ejes de poder que determinarán la composición de los órganos de gobierno de la Unión. A día de hoy, sin embargo, la escena europea es presa de la enorme incertidumbre y el estrés provocados por el Brexit en el Reino Unido, donde el incontenible Nigel Farage barre en las urnas y rivaliza con Boris Johnson en consumar la trágica ruptura con el continente.

También por la amenazadora sombra del nuevo populismo y la reacción proyectados sobre todo desde Italia por la rotunda victoria del inquietante Matteo Salvini, líder de la Liga y sulfuroso ministro del Interior.  Sin duda el socio más ajeno al lenguaje y los valores de la UE. «Nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo”, dijo ya en su día el sagaz Groucho Marx.