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¿Qué se puede y qué no se puede hacer en una red social?

Las redes no són un medio de comunicación, pero deben usarse con responsabilidad. No debemos permitir que sustituyan la comunicación directa.  En las redes no se debería hacer —ni decir— nada que no estuviéramos dispuestos a hacer —o decir— presencialmente

Por qué las redes cambian nuestra vida, una serieXQ

Capítulo 3

Las redes sociales han entrado en su periodo de madurez en España. En 2018, según el Estudio Anual de Redes Sociales 2018 de IABSpain, un 85% de los internautas de entre 16 y 65 años utilizaron redes sociales. Casi la mitad de la población española conectada (un 48%) utiliza Facebook para seguir, comentar o compartir noticias; un 36% se informa a través de WhatsApp, un 26% a través de YouTube y un 22% a través de Twitter, según el Digital News Report.

Cada vez hay más gente que prefiere informarse a través de las redes sociales en lugar de consultar de forma directa los medios de comunicación, sobre todo los jóvenes. ¿Significa esto que una red social es un medio de comunicación?

Lo cierto es que las redes sociales, a pesar de manejar el mismo bien, la información, no tienen nada que ver con los medios. Un medio de comunicación es una organización especializada en proporcionar información a la sociedad, información de calidad, contrastada y elaborada por profesionales de la comunicación. En cambio, una red social es una plataforma digital que pone en contacto a un gran número de usuarios y permite que compartan información entre ellos. Cada usuario de la red, sin ser especialista o profesional de la información, puede publicar información sobre casi cualquier tema.

Aun así, es cierto que casi todos los medios tienen un perfil en las redes sociales más destacadas y comparten la información que han publicado en sus plataformas oficiales para que llegue al máximo número de personas posible. Plataformas como Facebook y Twitter se han convertido en los últimos cinco años en los lugares desde los cuales los ciudadanos llegan a los portales informativos.

Sin embargo, el debate puede abrirse si tenemos en cuenta la figura del periodismo ciudadano. Al estar en la etapa de la Web 2.0, en la que prima la interacción entre los usuarios y el contenido generado por ellos, cada usuario se convierte en un potencial informador, aunque no realmente en un periodista. Como todo el mundo que tiene un Smartphone y es usuario de una red social puede informar sobre un suceso del que ha sido testigo, se tiende a creer que todas las personas pueden hacer el mismo trabajo que hace un periodista y que, por tanto, las redes sociales se convierten en medios de comunicación.

Pero el trabajo de un periodista es mucho más complejo. Las labores de contextualización, de comparación y contraste de fuentes y de verificación de la información son vitales en la tarea de contar historias a la opinión pública. Pero, al mismo tiempo, la mirada ética y el tratamiento informativo sobre los episodios cotidianos de los que somos testigos solo puede ser hecho por profesionales.

Las redes sociales no son medios de comunicación y no deben ser consideradas como tales por los usuarios. Pero las redes sí son canales potentes de transmisión de información que deja de ser privada en el momento en el que se publica en un perfil de una red social. Es la implicación del botón compartir, la capacidad de viralización. Y aquí, la cercanía con los medios de comunicación tradicionales es menos lejana.

Redes i medios: los mismos límites

En las redes sociales cualquier persona es un potencial comunicador masivo. El usuario debe utilizar las redes a conciencia, porque actúa, en ellas, como un medio de comunicación. Maneja, como un medio de comunicación, información pública. Valiosa.

Aunque no sean periodistas el poder de masificación de los mensajes que se publican en los perfiles de las redes hace que los usuarios sean responsables de lo que dicen y publican. Tanto como los medios. Así, si un medio de comunicación publica una información falsa sobre una persona o realiza una ofensa sobre otra que dañe su reputación, el medio puede ser sancionado e incluso recibir una sanción judicial. El problema es que pensamos que en las redes sociales podemos decir cualquier cosa que queramos porque nos protege una pantalla.

La responsabilidad de la viralización de la masacre en Nueva Zelanda a través de Facebook Live en marzo de 2019 no es únicamente de la red social. Como herramienta de transmisión necesita poder controlar de algún modo la información sensible que se publica en su plataforma, como lo hace con la pornografía, por ejemplo. Allí asume, por tanto, una labor de medio de comunicación, pues debe proteger a su propia audiencia de contenidos potencialmente ofensivos, dañinos o que inciten a la violencia.

Pero, al mismo tiempo, la responsabilidad recae en los usuarios de la red. En primer lugar, sobre el atacante identificado como Brenton Tarrant. Pero también, y lo más preocupante, es que el vídeo fue compartido y reproducido miles de veces. De hecho, según declaró Guy Rosen, vicepresidente de producto de Facebook, lo que dificultó aún más el control y eliminación del vídeo fue que cientos de usuarios compartieron versiones editadas del mismo contenido. Subir un vídeo de estas características con la intención de que sea viral es responsabilidad del usuario.

Si bien el caso del ataque terrorista es la máxima expresión de lo que no debe viralizarse a través de una red social, el día a día de las redes está lleno de pequeños episodios de incitación al odio, de noticias falsas, de comentarios ofensivos o de burlas que atentan contra los estados emocionales de las personas. Aunque la propia red social puede hacer más para intentar evitar este tipo de contenidos —y de hecho hace experimentos con ellos, como lo vimos en el capítulo anterior de esta serie— no todas las publicaciones son responsabilidad de la plataforma.

Por eso todos los ciudadanos deben hacer un uso responsable de las redes y asegurarse de que toda la información que comparten es verídica, está contrastada y no atenta contra la dignidad de nadie. Los perfiles de los usuarios son tan públicos como los gritos que hacemos en las calles, y como las noticias que transmiten los medios. Por eso los medios cuentan con profesionales de la información que conocen su trabajo y no publican nada que no tenga un proceso periodístico de tratamiento informativo. Si no lo hicieran así, contribuirían a la generación de bulos informativos y fake news distribuidos y compartidos por miles de usuarios.

Virtualmente diferentes

Muchos de los usuarios de las redes sociales dedican una buena parte de su tiempo a contar likes, seguidores, visualizaciones o amigos de Facebook y están más pendientes de su vida virtual que de la real. Muchas veces se hace real el primer episodio de la tercera temporada de Black Mirror, Nosedive. El escenario del transporte público, por ejemplo, dibuja grupos de personas que, aparentemente, están juntas, pero cada una mira su teléfono móvil. No hablan entre ellas. Muchas veces incluso el móvil es la excusa perfecta para no mirar al otro. Estamos ocupados con las pantallas.

Según los investigadores argentinos Marqueza Cornejo y María Lourdes Tapia, las redes son herramientas muy útiles para comunicarse, para estar en contacto con personas que están lejos, para conocer gente, para establecer relaciones profesionales y personales, pero no pueden reemplazar el contacto humano que, lleno de emotividad, de improvisación y de caras y peinados sin Photoshop, preparan al individuo para interactuar con los demás. Relacionarnos cara a cara aumenta el sentido empático de las personas. En su estudio “Redes sociales y relaciones interpersonales en internet”, las profesoras de la Universidad Nacional de San Luis, Argentina, aseguran que las características de las relaciones virtuales pueden significar expresiones de la fragilidad de los vínculos humanos contemporáneos.

El marco virtual del comportamiento ha desplazado el contacto humano como si fuera un lujo costoso. Nellie Bowies, periodista de tecnología del New York Times, indicaba en un artículo titulado “Human Contact is now a Luxury Good”, que mientras más pantallas aparecen en las clases medias y bajas de la población, las clases altas comienzan a pagar más dinero por comprar contactos humanos antes que tecnológicos.

En la pantalla, indica Bowies, todo es más barato y menos doloroso. Es fácil tener 500 amigos en Facebook, 1.000 seguidores en Instagram o 700 followers en Twitter, pero la mayoría de esas “personas” no son amigos de verdad, son únicamente un número de contactos. Con la mayoría de ellos ni siquiera hablas y tampoco quedarías con ellos para pasar la tarde. A través de las pantallas puedes expresar todo lo que quieres, incluso si no lo sientes de verdad. Puedes usar un selfie, un mensaje de texto, un emoji o una nota de voz, pero nada de eso puede sustituir la comunicación directa, cara a cara. Por eso se vuelve cada vez más costosa. Es, desde luego, menos divertida una conversación online. Tanto como protegida. De hecho, la virtualización de la conversación (hecha virtual) conlleva la desvirtualización (sin valores) de su eficacia cuando se hace cara a cara.

Asimismo, usar la pantalla como medio de protección para hacer o decir todo lo que queremos, sin tener la medida que, por ejemplo, usaríamos en la calle para expresarnos, define un rasgo problemático de los individuos. La pantalla o la interfaz no puede significar un “todo vale” porque el impulso comunicativo de la acción de publicar un texto, una imagen, un comentario, implica en sí mismo una autoreflexión sobre el contenido del mensaje y las posibles consecuencias de su emisión.

Aprender a expresarnos con un sentido de comunidad, es decir, en comunicación con los otros, es uno de los factores humanos más importantes para asegurar el marco de convivencia que nos protege del caos y que nos obliga a construir relaciones de respeto y tolerancia. A pesar de que las redes pueden ser muy útiles para algunas cosas, no debemos permitir que sustituyan la comunicación directa, ni que sean un espacio de protección absoluta e irresponsable para decir lo que se nos ocurra. En las redes no se debería hacer —ni decir— nada que no estuviéramos dispuestos a hacer —o decir— presencialmente.

¿Cuándo y por qué entramos en las redes sociales?

Según la investigación longitudinal que realizamos en conjunto con los profesores de periodismo de la Universidad Autónoma de Barcelona, Santiago Tejedor y Ricardo Carniel Bugs, sobre el uso de las redes sociales en estudiantes de periodismo de diferentes países de América Latina, los jóvenes se inician en el uso de las redes sociales entre los 12 y los 15 años, con dos motivaciones principales: comunicarse con sus amigos y familiares (28,5%) o estar a la “moda social” (26,3%). Con el paso del tiempo, en los estudiantes analizados, la moda social deja de ser una motivación principal de uso. A los 20 años, las motivaciones principales son la obtención de información y la comunicación con sus amigos y familiares.

Hace 10 años, los jóvenes empezaban a entrar a las redes sociales a partir de los 12 o los 13 años, pero la mayoría lo hacía desde el ordenador porque no disponían de Smartphone. Hoy en día, según el Digital News Report, muchos niños con 8, 9, 10 y 11 años, o incluso menos, ya tienen un Smartphone y un perfil en alguna red social. A parte de Whatsapp, Youtube e Instagram, que cada vez ganan más usuarios jóvenes en España, los niños que se inician en las redes no suelen utilizar las mismas plataformas que los adultos o, si lo hacen, no las usan con la misma finalidad.

Tik Tok, una aplicación en la que se publican vídeos de 15 segundos, y Snapchat, una app de mensajería instantánea con la que se comparten imágenes y mensajes que son accesibles durante un tiempo determinado, son dos de las redes más utilizadas por los jóvenes hoy en día. A través de ellas, lo que buscan es divertirse y pasar un buen rato con los amigos. En cambio, los adultos acostumbran a usar más Facebook y Twitter, pero no solo por entretenimiento sino para informarse, estar en contacto con amigos y familiares o expresar sus opiniones. Los niños se hallan ahora en la misma paradoja descrita por Nellie Bowles el  The York Times, envueltos entre tecnología y pantallas, mientras, curiosamente, los dueños de las empresas de las pantallas y de las plataformas tecnológicas, aíslan a sus hijos de las interfaces.

Cada vez hay más colegios que apuestan por los progresos tecnológicos e introducen ordenadores, tabletas y pizarras interactivas a sus métodos de enseñanza. Lo que acostumbra a verse como una señal de progreso es visto en Silicon Valley como un asunto peligroso para los niños. Según el artículo “Los gurús digitales crían a sus hijos sin pantallas”, realizado por Pablo Guimón para el diario El País, en el colegio Waldorf of Peninsula de Palo Alto no se utiliza ninguna pantalla en clase hasta que los alumnos llegan a secundaria. Los directivos de grandes tecnológicas como Apple y Google prefieren alejar a sus hijos de las pantallas en su primera etapa educativa. Si las personas que mejor conocen las nuevas tecnologías no creen que las interfaces puedan ser adecuadas para la enseñanza de sus hijos, quizás los padres y madres y los directores de los colegios deberían plantearse si realmente los estudiantes progresan si utilizan durante muchas horas un Smartphone, una tableta o un ordenador, ya sea para entretenerse o para aprender.

En efecto, según un estudio realizado por el National Institutes of Health en 21 ciudades de los Estados Unidos en el que se planea la monitorización de más de 10.000 niños durante algunos años, los niños que pasan más de dos horas al día con pantallas obtienen peores resultados en las pruebas de lenguaje y pensamiento complejo. De la misma forma, otra investigación desarrollada por los científicos K.C. Madhav, Shardulendra Prasad Sherchand y Samendra Sherchan, demostró que los niveles altos o moderados de depresión en adultos pueden asociarse a un alto consumo de pantallas. El estudio remarcaba que el uso de las pantallas puede ser un buen predictor del nivel de depresión en los adultos.

Estar en las redes merece una reflexión general sobre su uso. La consciencia sobre la generación de contenido no ha sido asumida casi por ningún usuario. Pero la reflexión no debe aplicarse únicamente a los niños. Muchas veces lo que ellos hacen en la red se debe a que sus padres o sus profesores hacen un mal uso de la propia tecnología, del teléfono móvil o de las redes sociales. Ese será, precisamente, el tema de nuestra próxima entrega: “Padres que aprenden de los hijos. La tecnología (casi) siempre ha sido un asunto de jóvenes”.