Política e historia

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¿Qué fue el franquismo?

Una dictadura que duró 40 años en España. El régimen impuesto por los militares después de la Guerra Civil (1936-1939) es conocido como franquismo por el nombre del dictador: el general Francisco Franco. Aquí explicamos este periodo negro de la historia

El general Francisco Franco (1892-1975) fue un militar golpista que dirigió un ejército sublevado en 1936 contra el gobierno legítimo de la República Española, y posteriormente, a partir de 1939, se erigió en dictador durante cerca de cuatro décadas de un régimen antidemocrático (conocido como Franquismo) donde no existía la separación de poderes, se ejercía una violenta represión contra los opositores y se adoctrinaba la población en el nacionalcatolicismo.

El régimen Franquista se sustenta en el derecho de conquista del territorio en una guerra civil larga y cruenta. Un enfrentamiento bélico donde el apoyo recibido por la dictadura fascista italiana de Mussolini y la nazi de la Alemania de Hitler resultan claves para lograr la victoria militar. En la esfera interna, Franco y los militares sublevados recibían el apoyo de personas y organizaciones de todo el territorio español por motivos ideológicos, económicos, sociales y religiosos.

Durante la guerra civil, más allá de las operaciones estrictamente militares, el bando franquista lanzó cientos de bombardeos aéreos contra la población civil residente en territorio republicano, causando decenas de miles de muertos. En las áreas conquistadas consecutivamente, practicaba una represión feroz contra los considerados opositores políticos, que fueron asesinados en multitud de casos sin juicio previo. Eran abolidos los partidos políticos y sindicatos a excepción del creado por el régimen. Libertades fundamentales como las de manifestación, reunión, expresión y asociación eran prohibidas o restringidas de manera extraordinaria.

La larga dictadura se caracterizó por la aplicación de dos grandes instrumentos de dominio sobre la sociedad española: la represión violenta y el control social. La voluntad era institucionalizar la separación entre vencedores y vencidos, volviendo en imposible un proceso de reconciliación. La represión se aplicó a la larga nómina de miembros susceptibles de ser considerados miembros de la que llamaba ‘antiespaña’: socialistas, comunistas, liberales, demócratas, capitalistas, soberanistas, masones, judíos, etc.

El sentimiento de odio hacia el ‘antiespaña’ se convirtió en una ideología: la ideología de la exclusión, que la dictadura franquista promovió con vehemencia a través de sus canales de adoctrinamiento. El régimen no pretendió nunca cerrar el conflicto civil abierto con la guerra. Lo mantuvo artificiosamente a lo largo de las décadas para fundamentar su derecho a existir: la auténtica España, representada por la dictadura, tenía que gobernar siempre y por imposición para evitar la vuelta de la ‘antiespaña’. No es circunstancial, en este sentido, que la declaración del estado de guerra se alargó mucho más allá del final de la guerra civil, hasta 1948.

El régimen dictatorial tuvo una nula voluntad de integrar a una parte de la sociedad, que quedó automáticamente excluida. El franquismo descartó construir un nuevo Estado suficientemente atractivo para integrar una mayor parte de la sociedad, recosida después del trauma generado por la guerra. Un nuevo Estado aceptado y con capacidad de pervivencia sin necesidad de emplear el instrumento de la represión.

La ideología de exclusión por motivaciones políticas hizo necesaria la aplicación de un aparato represor implacable, representado por la extensa red de campos concentración, el trabajo esclavo en los primeros años de posguerra y el mantenimiento de un contundente sistema penitenciario. En estos espacios se promulgaba la adhesión forzada al régimen a través de la reeducación y la redención.

La represión se completaba con un sistema de control sobredimensionado que ocupó todas las esferas de la vida: desde la organización del trabajo y los medios de comunicación, pasando por el asociacionismo, la enseñanza en todas sus etapas o el disfrute de la ocio. En esta esfera de la sociedad, de aparente libertad, se adoctrinaba en la reeducación, o bien, en la sumisión del individuo ante el régimen.

La iglesia católica participó de manera activa -siempre con excepciones-, emergiendo como un actor principal alineado con la dictadura franquista. Aportaba su corpus doctrinario para dar legitimidad teológica a la justificación de la represión. En este sentido, el franquismo también se caracterizó como un régimen nacional-católico. En diversos ámbitos, como el de la enseñanza, ejercía férreamente este control social.

El grado de violencia de la dictadura se moduló con el paso del tiempo. Durante la guerra civil y la primera posguerra era una violencia indiscriminada, simbolizada por los miles de fusilamientos extrajudiciales a lo largo del conflicto y de las ejecuciones derivadas de los consejos de guerra sumarísimos instruidos por la justicia militar. Especialmente después de la derrota del fascismo italiano y el nazismo alemán en 1945, la dictadura optó por aplicar una violencia selectiva, menos extensa, pero con la misma voluntad de ejercer el control sobre la sociedad a través del derecho de utilizar la fuerza en cualquier momento.

Franco, que tenía un control absoluto del régimen, casi nunca empleó la palabra fascista para caracterizar la nueva España que lideraba. De hecho, en sus palabras quiso distinguirse del fascismo italiano y el nazismo alemán apelando al catolicismo del régimen como característica nuclear y diferente al resto. «¡En España se es católico o no se es nada!», Diría en una entrevista. No pretendía una revolución de carácter fascista, sino un retroceso a la reconquista de los valores que, afirmaba, definirían a la «verdadera España». Eran los valores del antiliberalismo a ultranza, la preponderancia de la vieja estructura de clases sociales, la reacción visceral a la reforma, y ​​la omnipresencia de la moral católica en la vida privada y pública de la sociedad.

El régimen evolucionó a lo largo de sus casi cuatro décadas de historia, pero siempre bajo la figura y personalidad de Franco, extremadamente refractario al cambio, probablemente para no poner en peligro su grado enorme de poder. El caudillo (así se hacía llamar) no era discutido y se admitía que él, como hombre providencial, “sólo respondía ante Dios y la historia”. No sólo eso, también era propulsado como “centinela de occidente” frente a una hipotética amenaza comunista.

Llegada la muerte del dictador en 1975, se inicia el proceso de transición política de la dictadura a una democracia en forma de monarquía parlamentaria. El objetivo de los principales actores políticos involucrados era apartar el pasado del debate político y no utilizarlo contra los adversarios. Se buscaría la ansiada reconciliación, pretendida por sectores de los dos bandos enfrentados, mediante un pacto ‘de olvido’.