Sociedad

Estándar

BULLYING

Hoy almuerzo sola en el comedor del instituto, porque Mireia, Berta, Miguel, etcétera, o sea, mi pandilla, se han ido a comer cada uno a su casa. Bueno, sola, sola, no. A mi alrededor hay chicos y chicas de Secundaria moviéndose con bandejas o sentados en las mesas. Con este alboroto no puedo ni escuchar la música del móvil.

Marcos, mi hermano, está en otra mesa con sus mejores amigos. Me guiña el ojo cuando ve que lo miro; una manera de decirme: «Hola, Carlota».

Entonces se llena la mesa contigua a la mía con un grupito de niñas de la clase de Marcos. Una de ellas, con pinta de sobrada —de esas personas que se creen la bomba, pero no son más que un petardo—, llama a otra que pasa distraída con su bandeja.

—Eh, Vrinda —le dice—, ¿quieres venir a nuestra mesa?

Vrinda, una chica originaria de la India a juzgar por su nombre, de pelo largo y negro, ojos rasgados y la piel de un envidiable color café con leche, parece sorprendida. Enseguida sonríe tímidamente y se instala con el grupo de chicas. Después de sentarse, las otras se levantan, cogen sus bandejas y se alejan riéndose y haciendo muecas.

Miro a Vrinda, que, con la cabeza baja y el cuerpo rígido, respira más rápidamente de lo normal. Está muy afectada.

Empieza a comer desganada y sin moverse del sitio; está claro que la sobrada y sus secuaces le deben hacer malas jugadas a menudo. Está claro que es una víctima de bullying, o sea, de acoso escolar.

Siempre la misma historia, pienso: un chico o una chica que, por lo que sea, no entra en los criterios de lo que la gente denomina «normalidad». Porque es de otra etnia, como Vrinda, porque está gordo, porque es o parece ser homosexual, porque tiene algún tipo de discapacidad —sobre todo si esta es de tipo mental—, porque es tímido… Cualquier detalle que lo diferencie de los demás es suficiente para que la persona sobrada del curso, o sea, la maltratadora, lo empiece a marginar, a humillar, a manipular, a coaccionar, a insultar, a pegar… La persona maltratadora controla mal sus impulsos y siempre tiene detrás un grupo que la apoya.

Veo que Marcos me mira y se encoge de hombros, como diciendo: «es lo que hay».

Entonces la maltratadora se levanta de su mesa y vuelve a pasar por detrás de Vrinda. Finge que tropieza, de manera que el contenido de la bandeja —lo que queda de sopa— va a parar a la cabeza de la chica.

—Ay, lo siento —dice la maltratadora poniendo cara de niña buena.

—No pasa nada —dice Vrinda, mientras el caldo le gotea por la melena.

Antes de que nadie pueda decirles nada, la maltratadora y sus secuaces, partiéndose de risa, salen pitando del comedor.

Un poco después, Vrinda, haciendo un esfuerzo evidente por contener las lágrimas, se levanta con dignidad y también sale.

—¿Lo has visto? —dice Marcos, de pie a mi lado—. ¡Le hacen bullying!

—¿Tú ya lo sabías?

—Sí. Marga y las que le van detrás lo hacen a menudo. La llaman «cara de pedo», la dejan sola y no permiten que nadie del curso se acerque, le envían mensajes insultantes por el móvil, le tiran del pelo… De todo.

—¿Y tú no haces nada para evitarlo?

Marcos se encoge de hombros y me mira con una expresión de disculpa:

—¿Qué quieres? ¿Que me ataquen a mí si defiendo a Vrinda?

—Ese es el problema. Marga se atreve porque hay un grupo de chicas que, para evitar ser sus víctimas, la ayudan. Y los demás no movéis un dedo por la misma razón. Pero ¿sabes qué?, con esa actitud sois cómplices y os convertís también en maltratadores.

—¡Eh! ¡Yo no soy un maltratador! —protesta él—. Además, tú tampoco has dicho nada.

—Tienes razón. Me he distraído, como una estúpida.

—Vamos a arreglarlo —dice Marcos. Y me lleva fuera del comedor.

Localizamos a Vrinda limpiándose la cabeza junto a la fuente.

—Vrinda —le digo, tocándole el brazo—. Me parece fatal lo que te acaban de hacer. Y te pido disculpas por no haberte defendido.

—No pasa nada. Ya estoy acostumbrada.

—¡No! —dice Marcos—. No tienes que acostumbrarte, si no, venir al insti será un palo.

—Ya lo es —dice ella—. Odio el instituto. Querría perderlo de vista.

Marcos le coge de la mano.

—De ahora en delante puedes contar conmigo. Seremos tú y yo contra ellas.

—Eso está bien, Marcos —le digo—. Pero quizás no es suficiente. Creo que tendríais que ir a hablar con el tutor y contárselo. Seguro que él os escucha y encuentra una solución.