Sociedad

Estándar

¿Somos iguales? ¿Somos diferentes?

Era el cumpleaños de Marc e hicimos una súperfiesta, porque papá dijo que diez años no se hacen todos los días.

Nos lo pasamos pipa. Y a Marc le hicieron un montón de regalos.

Al día siguiente para ir al entrenamiento de baloncesto quiso estrenar una camiseta que le habían regalado. Era rosa y tenía unas letras delante que decían: LA PAZ ES EL CAMINO.

¡De acuerdo, de acuerdo! Quizás os parece que una camiseta rosa no hace para un niño, pero esto es un prejuicio. O sea, una idea aprendida que condiciona vuestra manera de ver las cosas. Veréis que en su club de baloncesto también mucha gente tiene prejuicios.

Cuando llegamos allí, un niño de su equipo le tomó el pelo:

-Mirad, Marc es una niña. Lleva una camiseta rosa de princesita.

-No es una camiseta de princesa, tonto -le dije yo-. Es una camiseta de un chico al que le gusta el color rosa, ¿verdad, Marc?

Marc asintió.

Pero a pesar de la seguridad que teníamos Marc y yo, enseguida se organizó un buen follón. Los de su equipo, los de otro equipo de mayores, donde estaba Miquel, un equipo femenino que acababa de hacer un partido…Todos se empezaron a meter con mi hermano.

Bueno, todos no. Había quienes defendían a Marc de los que gritaban que las camisetas rosas son de niñas.

-¿Se puede saber qué está pasando? -preguntó el entrenador, que salió al oír el alboroto.

Que Marc va vestido de niña…

¿Por qué? ¿Porque lleva una camiseta rosa? ¡Qué tontería! No hay colores de niño y colores de niña. ¿Te gusta el rosa? Pues es un buen color para ti, seas niño o seas niña.

-Mi padre dice que los niños no pueden llorar como lo hacen las niñas. Y, si me ve llorar, me regaña y me dice que me volveré una niña. ¿Esto es verdad?

-No, no. Todo el mundo, cuando está triste, tiene derecho a llorar, sea un niño o sea una niña. Las lágrimas son buenas porque sirven para limpiar la pena -dijo el entrenador–. ¿No habéis visto llorar a ningún jugador de fútbol? ¡Pues, eso!

-Mi abuela, cuando le digo que quiero ser ingeniera para diseñar naves espaciales, me dice que esto no es un trabajo para una chica.

-No existen cosas de niño y cosas de niña -dije yo.

-Carlota tiene razón -dijo Miquel, respaldándome.

–Va, sentaos todos y todas a mi alrededor -dijo el entrenador–, y hablaremos.

Nos instalamos en las gradas

-A ver, ¿sois modernos o sois antiguos? ¿Sois chicos y chicas actuales o de hace muchos años?

-¡De ahora! –empezaron a gritar los compañeros y compañeras de Marc.

-Pues si sois de ahora, modernos y modernas, será necesario que dejéis atrás estas ideas anticuadas que todavía tienen algunas personas. Las personas, sean mujeres o sean hombres, tenemos los mismos derechos y merecemos poder hacer las mismas cosas. Esto significa…

-Que si soy una niña y me quiero disfrazar de pirata, ¡puedo!

-Exacto.

-Y si soy un niño y quiero ponerme unos pendientes, también puedo.

-¡Sí! Mi padre lleva uno.

-Y que la mesa no sólo la tengo que poner yo porque soy una niña, mi hermano también la tiene que poner.

-Efectivamente, el trabajo de la casa no es sólo cosa de mujeres; también es cosa de los hombres. Es trabajo de todos los que viven en la misma casa.

-Y si yo quiero estudiar ballet y soy un niño, ¿lo puedo hacer?

-Claro.

-Así, ¿los hombres y las mujeres son iguales?

-Lo somos. Y las personas que luchan por la igualdad de hombres y mujeres y que se respeten los mismos derechos para los unos y para las otras son personas feministas.

-¿Todas las personas somos iguales?

-Todas lo somos: seamos hombres o mujeres, seamos blancos o negros, seamos gente que camina o que va en silla de ruedas…

-¿Y si eres un chico que tienes un novio? Mi tío tiene novio y no novia.

-Claro, también.