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La corrupción de dar títulos en lugar de conocimientos en la Universidad

El caso Cifuentes supone la vulneración del principio de igualdad de oportunidades. Pero no debemos olvidar que en la vida nos ayudará más el saber que lo que decimos que somos sin serlo

Llevamos unos días escuchando hablar de personas que dicen tener unos estudios que no han hecho. Personas que tienen cargos en las instituciones políticas o forman parte de partidos políticos y en sus currículos incorporan títulos que ahora se descubre que no han cursado. Estas informaciones comenzaron con una primicia periodística sobre el caso de la ya ex presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, y su supuesto máster en Derecho Público Autonómico de la Universidad Rey Juan Carlos.

¿Cómo es posible que alguien diga que ha hecho unos estudios cuando es mentira? Esta pregunta puede que no tiene mucho sentido para niñas y niños que van a la escuela. La formación que recibimos allí no la buscamos por la titulación que nos aporta. Tiene que ver con lo que nuestros mayores consideran que necesitamos saber. La escuela nos gusta, nos interesa, o no, por diferentes razones (las amistades que tenemos, el profesorado que encontramos, las actividades diversas que hacemos…), pero no por el título.

 


Confundir títulos con conocimientos


A medida que vamos avanzando en nuestro recorrido educativo empiezan a aparecer metas a alcanzar, a superar… Y a partir de ese momento es cuando aparece la tentación de preguntarse si lo que buscamos es la titulación o los conocimientos y el desarrollo que implica. Todo título, todo curso superado desde que somos muy pequeños, tiene que ver con haber asimilado unos conocimientos y alcanzado un determinado desarrollo. Esto es lo que nos aporta toda formación.


Detrás de todas estas titulaciones falsas, no alcanzadas, diría que hay un mismo problema: hemos confundido el valor del título con el valor de lo que nos debería llevar al título. Es decir, hemos confundido el camino con el punto de llegada. Lo que preocupa es disponer de un documento oficial emitido por una institución con reconocimiento social, una universidad por ejemplo, no los conocimientos y el desarrollo que llevarían a disponer de aquel título. Ya no importa si hemos aprendido, o no. Ya no importa si hemos accedido a una capacitación que no teníamos antes, o no. Lo que importa es tener el título.

 

Esta confusión representa una devaluación del conocimiento en favor del título. Cada vez importa más es el título y el conocimiento es secundario. Algunas universidades, y especialmente algunos ámbitos de éstas, se han convertido en espacios en los que si dispones de suficientes recursos podrás acceder a unos títulos que aportan reconocimiento y prestigio, pero que no necesariamente significan que tengas unos conocimientos diferentes de quien no tendrá el documento acreditativo.


Las universidades están incorporadas a un sistema de compra-venta de titulaciones donde prima el título y no los conocimientos. Y es así porque nuestra sociedad ha decidido fijarse más en las titulaciones de las personas que en los conocimientos. Es más fácil saber si una persona tiene una titulación universitaria que si tiene los conocimientos que debería implicar. En nuestra sociedad de apariencias, nos quedamos en demasiadas ocasiones en las titulaciones y los diplomas. No nos preocupa ir al fondo de lo que significa esa formación.


Unos estudios exigentes pueden suponer un número alto de personas que no aprueban las asignaturas. Esto hoy cuesta que se acepte en las direcciones de los estudios universitarios. Más bien se opta por reducir el nivel. Intentamos que todo el mundo llegue, pero no porque nos preocupamos necesariamente en capacitar para que sea así. No seamos demasiado exigentes. Tener estudiantes que tardan más de los años previstos en terminar sus carreras universitarias se considera un mal indicador de aquella universidad.


También debemos pensar en los estudios posteriores al grado universitario, que lo que ofrecen, a un precio alto, no son conocimientos, sí no títulos y también contactos. Los estudios que han conseguido hacerse un prestigio ofreciendo titulaciones a precios elevados suelen ‘vender’ algo diferente al conocimiento. Ofrecen contactos, relaciones… Si puedes pagar lo que vale, entras en una especie de club. Entonces ya no es tan importante qué conoces y lo es más a quién conoces.


También hay que pensar que cuando se evalúa la investigación realizada por el personal universitario, la atención se pone en las revistas donde ha hecho sus publicaciones, no tanto en lo que ha publicado. Lo que se reconoce es el lugar donde se publica, pero esto implica desatender los contenidos. Podríamos continuar, por este camino pero diría que ya queda bastante planteado.

 


La corrupción política y académica

 

Hay otro camino a seguir a la hora de entender cómo es posible que se hayan dado casos como el de Cristina Cifuentes. Estos casos entran dentro de la corrupción. Alguien con algún tipo de poder tiene la capacidad de conseguir que se incumplan las normas para obtener un objetivo, en este caso conseguir el título sin cumplir con lo necesario. Nos debería hacer pensar en los poderes que existen en nuestra sociedad y que son capaces de imponerse, corromper voluntades e incumplir las leyes.

Estas corrupciones e incumplimientos son siempre graves porque suponen la vulneración de la justicia que debería existir para que todo el mundo sea igual ante la ley, que todos tengan una igualdad de oportunidades, que esté garantizado qué supone tener un título universitario… y seguramente son especialmente graves cuando estas corrupciones e incumplimientos las protagoniza un cargo público, la presidenta de una comunidad autónoma por ejemplo, que precisamente debería tener entre sus funciones garantizar que nadie vulnere la ley.

Estamos frente a graves casos de corrupción académica y política. La corrupción que se vive dentro de la universidad y la que se vive en instituciones políticas. No son los primeros casos en las universidades, y especialmente a la Universidad Rey Juan Carlos, y tampoco los protagonizados por representantes políticos y dirigentes de gobiernos. Esta presencia de la corrupción en nuestra sociedad no debería llevarnos a pensar que es inevitable, que es lo natural en el comportamiento humano.

La corrupción lo contamina todo. Cuando aparece un caso, rápidamente como mecanismo de defensa por parte de los colectivos que se pueden considerar atacados es explicar los supuestos casos de corrupción que también tienen otras personas y colectivos. A partir de esta acumulación de casos, hay quien puede tener la sensación de que las personas que no actúan irregularmente son tontas.

 

 

No permitimos la corrupción del conocimiento

 

¿Si la mayoría se cuela, que hago yo siguiendo la cola? Esta pregunta, o alguna parecida, pueden surgir en nuestras cabezas viendo las malas prácticas que hay en la sociedad. Porque vemos, en demasiados casos, que no tienen consecuencias. Deberíamos pensar, sin embargo, que la mayor parte de la gente no se cuela, no hace trampa, no cae en la corrupción.

También deberíamos pensar qué es lo importante. Por ejemplo, en estos casos: ¿qué nos importa más, el título o el conocimiento que nos lleva al título? ¿Qué nos importa más, lo que sabemos que es justo o el atajo que nos puede permitir aparentar lo que no somos o conseguir un objetivo de manera irregular? ¿Qué nos ayudará más a la vida, lo que hemos ido aprendiendo y viviendo o lo que decimos que somos sin serlo?

No deberíamos permitir que la corrupción académica y política nos lleve a la corrupción del conocimiento. El conocimiento nunca podrá ser sustituido por un documento. Sí podrá ir acompañado por un título. El conocimiento es esencial para nuestro desarrollo, para entender el mundo del que formamos parte, para poder sobrevivir, para desarrollar nuestros proyectos vitales, para disfrutar de la vida. No dejemos nunca de tener ganas de conocer, no confundamos un título con el conocimiento que queremos obtener.

¡Comprueba tus conocimientos!

¿Qué es más difícil saber: si una persona tiene un título o los conocimientos que implica tenerlo?

¿Cómo es posible que se hayan dado casos como el de Cristina Cifuentes?

¿Por qué el conocimiento es esencial?

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