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Cuando el ocupante del Despacho Oval, Donald Trump, tiene sueños sobre su papel imperial, no entiende de ninguna consideración humana. El poder es la única herramienta que lo motiva y hacerse cada vez más y más rico es su única obsesión.
Nunca en la historia reciente habíamos llegado a este grado de degradación moral y perversa. Demostrando su ignorancia, sigue sus instintos despreciando todo aquello que no le encaja. Todo el acervo de conocimiento humano que a lo largo de los años nos ha permitido avanzar en la gestión de los conflictos, en el valor de la palabra dada y en las leyes internacionales, es sistemáticamente despreciado como si no sirviera de nada.
No forma parte de su esencia hablar en lugar de agredir, encontrar los puntos que nos pueden unir en lugar de buscar aquello que nos separa. Es un hombre que ha hecho de la mentira su herramienta preferida y de la amenaza sistemática su forma de actuar.
Martillo de medianoche
El pasado 28 de febrero, desde la residencia de Mar-a-Lago en Florida, Trump decidió atacar de nuevo a Irán. Las diferentes razones del ataque han ido cambiando con el paso de los días, pero el primer argumento fue acabar con el programa nuclear del país que él mismo ya había considerado aniquilado unos meses antes, en junio de 2025. Entonces fue una operación conjunta israelí-estadounidense bautizada con el nombre de “Martillo de medianoche”.
Otra de las razones dadas de este “ataque preventivo” de finales de febrero ha sido deshacerse del régimen de los ayatolás mediante una nueva guerra, la llamada “Furia épica”. En la primera embestida acabaron con el líder espiritual y político de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, que había conducido la república islámica durante treinta y siete años como máxima autoridad política y religiosa. Para los chiíes sería el equivalente a asesinar al papa de Roma, jefe de Estado del Vaticano.
Lo que había sucedido con el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, había deslumbrado al hombre más poderoso del planeta. Pero Irán está ofreciendo una resistencia no prevista en sus planes de “liberación”. Una agresión que ha sido perpetrada de forma unilateral, sin ningún debate en Naciones Unidas, sin aprobación en las cámaras legislativas estadounidenses —como prevé la ley para declarar una guerra— y sin ningún apoyo internacional, a excepción del gran aliado, Israel. Una decisión —la de ir a la guerra— de la que tampoco fueron informados sus teóricos aliados, a quienes ahora pide ayuda a la vista de cómo han ido sucediéndose los acontecimientos.
Un régimen teocrático
Irán es un régimen teocrático único en Oriente Medio, rodeado de monarquías medievales, con una población de alrededor de cien millones de personas. Un gran poder regional que molestaba por la línea seguida por el imán Alí Jamenei, un hombre que había sucedido al ayatolá Jomeini y que había continuado con las consignas de muerte a Israel y a Estados Unidos, considerados los grandes enemigos eternos. Representa la rama chií del islam, que se calcula que tiene unos 200 millones de seguidores en todo el mundo, la mayor parte concentrados en Irán.
La república islámica nació cuando el sha de Persia, Mohammad Reza Pahlavi, fue derrocado en 1979 por una revuelta popular que impulsó a los ayatolás al poder. Ahora las potencias agresoras de lo que consideran una guerra preventiva también desean que una revuelta popular culmine la tarea que ellos han comenzado y derribe el régimen. Pero, ¿quién puede rebelarse cuando tus ciudades son atacadas desde el cielo con misiles y bombas que van causando muerte y destrucción? ¿Hasta cuándo podrá resistir la república islámica, ahora dirigida por el hijo del líder asesinado, Mottaba Jomeini? ¿Se está creando una nueva dinastía? ¿Cuáles son las razones que han impulsado a declarar una guerra contra Irán en estos momentos? El conflicto se está propagando por toda la región y amenaza todo el circuito de suministro energético del planeta. Nadie sabe cómo puede acabar.
La fiesta más fastuosa
Lo que parece seguro es que al presidente de Estados Unidos le habría encantado asistir a la fiesta de otra dinastía, considerada la más fastuosa de todos los tiempos, la que el sha Reza Pahlavi organizó para celebrar los 2.500 años del imperio persa en las ruinas de Persépolis, con cientos de invitados llegados de todo el mundo, entre ellos el rey de España Juan Carlos I y la reina Sofía.
El sha se había sentado en un trono de 27.000 piedras preciosas y oro, y había coronado emperatriz a su tercera esposa, Farah Diba, con una pieza de 1.469 diamantes, 36 esmeraldas y numerosos rubíes. Era septiembre de 1971. La fiesta se alargó varios días y se consumieron 2.500 botellas de champán francés. Todo pagado y regalado.
En aquella época, el salario de un trabajador en los pozos de petróleo podía no llegar a un dólar al día. La exhibición pública de la inmensa riqueza de la familia imperial fue uno de los motivos de la revuelta popular de un país con muchísimos recursos naturales pero con una población muy empobrecida.
El poder británico
El sha había llegado al poder gracias a los británicos, que en aquel momento eran todopoderosos en la región. Otro imperio ahora desaparecido, reducido a la mínima expresión tras la salida de la Unión Europea con el Brexit. En 1941 los británicos obligaron a abdicar al sha Reza Shah Pahlavi, fundador de la dinastía, por su proximidad con el régimen nazi, y su hijo, Mohammad Reza Pahlavi, se convirtió en el nuevo sha de Persia. En 1952, junto con la CIA, los británicos volvieron a intervenir mediante un golpe de Estado militar contra el popular primer ministro Mohammad Mossadeq, que se había atrevido a nacionalizar el petróleo que entonces estaba en manos de la compañía anglo-iraní “Oil Company”. De este modo, el imperio británico marcaba lo que estaba permitido y lo que no, colocaba y destituía presidentes, y mantenía al sha en el poder. Hoy su influencia en la zona es nula, pero otros quieren ocupar ese lugar determinante.
Tampoco tienen ninguna influencia, al menos por ahora, la dinastía de los Reza Pahlavi, conocida por su gran riqueza, con propiedades en distintos lugares del mundo y considerada una de las mayores fortunas de la época: aviones privados, 140 coches de lujo y múltiples propiedades inmobiliarias, entre ellas una lujosa mansión frente al mar en Cala Rajada (Mallorca) y otra más discreta en Santanyí, que los herederos vendieron posteriormente.
El nuevo sha inició una política de estrecha alianza con las potencias occidentales, con intentos de modernización, una política secular que lo enfrentó a sectores religiosos y a una exhibición de riqueza nunca vista que provocó un gran descontento social.
Riqueza y vanidad
Donald Trump no quiere quedarse atrás en la demostración de su riqueza y vanidad. Ha reformado el mítico Despacho Oval con molduras doradas por todas partes, que ahora impregnan el recinto. Un cambio estético que describe su personalidad. Trasladó el retrato de su antecesor Barack Obama a un pasillo oculto y en su lugar colocó su propia foto con el puño en alto, tomada el día que sufrió un atentado que le hirió en la oreja. Ahora quiere construir un salón donde puedan organizarse fiestas para los amigos y millonarios que lo acompañan en su obsesión.
El presidente que hizo del “America First” su lema de campaña ha comenzado a construir una gran sala de baile en la Casa Blanca. Quiere que tenga capacidad para mil invitados y no le ha importado destruir el ala este del complejo presidencial, una arquitectura que caracterizaba el edificio, para hacer realidad su capricho.
Es una muestra más de su desprecio hacia la historia y la tradición. Como también lo es haber decidido cerrar el Centro John F. Kennedy de Washington para las artes escénicas con el objetivo de llevar a cabo una reestructuración total, forzar la dimisión de toda la junta directiva y cambiar el nombre del centro para poner también su “Trump” en la fachada. También quiere eliminar toda la programación considerada demasiado “progresista”.
La represión policial
La censura y el ataque a la prensa es también algo compartido por ambos emperadores. El sha de Persia estaba obsesionado con acabar con los comunistas. Era la Guerra Fría y su policía política, la temida Savak, creada en 1957 con ayuda de Israel y la CIA, perseguía a opositores y detractores del régimen sin compasión. Fue una de las instituciones más odiadas y temidas del régimen. El sha se convirtió en un gran aliado de Estados Unidos y eso hizo crecer el sentimiento antiimperialista del país persa.
En este mandato, Donald Trump también ha creado su propia fuerza policial otorgando nuevas potestades al ICE, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, cuyos agentes han protagonizado hechos muy polémicos en su persecución de los inmigrantes, los nuevos enemigos internos a los que responsabilizan de todas las calamidades.
Los más ricos
Cuánta mala fe por parte de quienes no dejan de hacer crecer de forma exponencial sus cuentas corrientes. Una investigación del New York Times, hecha pública antes del estallido de la actual guerra, informaba de que durante el primer año de su mandato, el presidente Donald Trump había ganado 1.400 millones de dólares. Comenzó su segundo mandato recibiendo un avión Boeing de lujo valorado en 400 millones de dólares como regalo de la familia real de Qatar. Querían que fuera el nuevo Air Force One. Un nuevo avión presidencial pagado por una monarquía del Golfo. No sabemos a cambio de qué, pero podemos sospecharlo.
Trump siempre se ha vendido como un hombre de negocios, pero ha llevado sus empresas a la quiebra hasta seis veces. Aun así, ha convertido la presidencia de Estados Unidos en una caja registradora personal para él y su familia, en prácticas que en cualquier país europeo —que él tanto desprecia— serían consideradas corruptas. No sabemos qué opina de todo esto su gran aliado español, Santiago Abascal, que nunca ha comentado el tema ni ha tomado distancia de las políticas del líder norteamericano, más bien al contrario.
Atacar, atacar, atacar
Un presidente que no tiene reparo en recoger un Premio Nobel de la Paz que no es suyo, pero que la opositora venezolana María Corina Machado le ofreció como gesto de agradecimiento por la captura de Nicolás Maduro, en un acto que muchos han considerado denigrante. Una captura que, por cierto, ha vulnerado las leyes y tratados internacionales, y que ha llegado tras la destrucción de 34 embarcaciones en el Caribe atacadas en aguas internacionales bajo la acusación de transportar drogas. Todos los tripulantes de estas embarcaciones murieron sin juicio, sin testigos, sin derecho a defensa y sin ninguna consideración. Ningún respeto por la vida, por las leyes, por el derecho internacional ni por la presunción de inocencia.
Ahora ya se ha publicado que el nuevo líder iraní, Mottaba Jomeini, hijo del líder de la república islámica asesinado, también tiene importantes conexiones económicas a través de diversas sociedades opacas y propiedades en Mallorca, entre muchos otros lugares, según ha informado El Confidencial.
La revolución contestada
En 1990, durante el primer aniversario de la muerte de Jomeini, pude visitar Teherán para realizar un reportaje. En sus calles se percibía la crisis económica y el régimen aún no había logrado controlar completamente la situación. Un taxista nos ponía música prohibida como “La Lambada” a todo volumen, bajándola al llegar a los semáforos. La policía de la moral actuaba, pero aún no estaba plenamente desplegada. Con el tiempo, la Guardia Revolucionaria fue ganando peso.
La revolución contra el sha había reunido a sectores muy distintos de la población, partidos políticos, líderes religiosos, activistas de derechos humanos y movimientos sociales. Nadie quería seguir viendo cómo un país rico en petróleo y gas tenía una población que vivía en condiciones paupérrimas. Pero pronto la revolución de los ayatolás devoró a muchos de quienes la habían hecho posible. Circulaba por Teherán un manifiesto que reclamaba un régimen democrático y la legalización de partidos políticos. Preguntamos al ministro del Interior de la época por ese documento y le restó importancia. Cuando los periodistas extranjeros abandonamos el país, los firmantes del manifiesto fueron detenidos. El propio ministro, Abdolá Nuri, acabaría en prisión en 1999, considerado reformista. La revolución islámica y la represión contra los disidentes avanzaban sin freno, y los intentos de desestabilizar el régimen no lograron detenerlo, como ocurrió con la guerra Irán-Irak, que duró ocho años (1980–1988).
La guerra de los ocho años
Irak invadió a su vecino iraní, pero tras quinientos mil muertos —o un millón, según las estimaciones— y ocho años de guerra, nada había cambiado y se firmó un alto el fuego. De aquel conflicto surgió el “Irangate”, el mayor escándalo durante la presidencia estadounidense de Ronald Reagan, el presidente más admirado por Trump por su política de reducción de impuestos a los más ricos. Estados Unidos vendía armamento a Irán de forma clandestina, pese al embargo internacional, y sin conocimiento del Congreso. Con ese dinero financiaba a las guerrillas que combatían al sandinismo en Nicaragua. Una doble moral.
Pero ahora, ¿qué legado dejará este nuevo conflicto armado? ¿Quién ha convencido al presidente estadounidense de que la guerra era una buena opción? ¿Qué credibilidad puede tener un presidente acostumbrado a ejercer el poder de forma autoritaria y que hace de la mentira continuada su filosofía vital?
Esta será una guerra que provocará inexorablemente la destrucción de uno de los países más poderosos de Oriente, con una escalada que puede poner en jaque todo el equilibrio económico actual, empezando por el control de la energía y del circuito que alimenta el planeta. Por ahora, cortar el suministro energético internacional a través del estratégico estrecho de Ormuz es la única herramienta al alcance del régimen iraní.
Resistir, resistir, resistir
Occidente ha jugado siempre un papel clave en la región, pero cada vez parece más claro que quien ha diseñado la estrategia que nos ha llevado hasta aquí es el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. “Bibi” tiene por fin al régimen de los ayatolás a su alcance y puede cumplir su objetivo de construir un “gran Israel” y destruir a su principal enemigo. El responsable de la lucha antiterrorista de Estados Unidos, Joe Kent, ha dimitido por esta razón, señalando que no considera que Irán represente actualmente una amenaza para Estados Unidos y que el conflicto responde a la influencia de Netanyahu sobre Trump.
Un primer ministro perseguido por la Corte Penal Internacional por genocidio tras la actuación de Israel en Gaza, donde, tras los ataques de Hamás en octubre de 2023 y la toma de rehenes, la destrucción ha superado cualquier límite previo. La guerra más mortífera de su historia. Más de setenta mil muertos, entre ellos 412 trabajadores humanitarios de la ONU y 885 sanitarios. Como fuerza de ocupación, Israel incumple sistemáticamente las normas internacionales; al contrario, endurece cada día más las condiciones de vida de la población palestina. El objetivo es claro: forzar su desplazamiento masivo.
Con estos antecedentes y con la ocupación también del Líbano, con casi un millón de desplazados de una población de cinco millones y medio, no extrañan las reticencias de la comunidad internacional respecto a los motivos de estas dos potencias, Israel y Estados Unidos. En este punto, pocos sostienen que tenga que ver con la liberación de la población iraní o con la defensa de los derechos de las mujeres.
Todo ha saltado por los aires. Solo queda trabajar por un alto el fuego y reconducir los conflictos hacia la negociación, la diplomacia y el multilateralismo, de donde nunca debieron salir si se pretende dejar un mínimo legado de futuro. El caos, la anarquía, el autoritarismo y la dictadura avanzan cada día, y estamos cerca de una tercera guerra mundial. De hecho, ante la indiferencia general frente a las guerras de Ucrania y Gaza, el papa Francisco consideraba que ya estábamos en ella. Ahora, más que nunca, está en juego nuestro futuro como civilización y como seres humanos.
Un ególatra consumado ha decidido iniciar un nuevo conflicto armado a gran escala en una de las regiones más complejas del planeta, siguiendo los argumentos de un dirigente perseguido por la Corte Penal Internacional. El desprecio por las leyes internacionales solo puede conducirnos al abismo y no podemos permitir que nos arrastre hacia una humanidad regida por la ley del más fuerte. Digamos no. No queremos ser condenados para siempre. Ni los persas, ni los palestinos, ni los iraquíes, ni los libaneses, ni los jordanos, ni los israelíes, ni tantos otros. No podemos aceptar lo que parece avecinarse: el caos de un inmoral convertido en emperador.
A ellos, a esas víctimas inocentes, a los miles y miles de muertos que nos esperan, ¿qué explicación, qué motivos encontraremos para decir que sus vidas no cuentan, no valen, son prescindibles y colaterales?

