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Cabe decir que con la viralidad de Punch he tenido sentimientos encontrados. Por una parte, me ha alegrado observar lo que parece ser una compasión fuerte y generalizada. No obstante, la inquietud, la incomodidad o incluso la extrañeza me han invadido también con facilidad pues, al fin y al cabo, no podía evitar sorprenderme un tanto ante este comportamiento. Y sí, a su vez, esa sorpresa y estupefacción ante la compasión ajena me hacían sentir un poco mal, incluso culpable. ¿Es que acaso no debería celebrar ese sentimiento que parece brotar masivamente? Tal vez solo debería “disfrutar” el momento: el grueso de la comunidad internauta está mostrando un gran comportamiento empático, aunque directamente no esté solucionando el problema detectado, ante la dolorosa situación de Punch. Así, tal vez tratar de decir algo al respecto de esta suerte de compasión, cuestionarse su origen o sentido podría significar arruinar ese momento especial. Sin embargo, se vuelve inevitable para mí preguntarme… ¿Por qué amamos a Punch?
Siempre he sido un firme defensor de que la atención a un tema no la excluye de otra cuestión. Es decir, con frecuencia es falacioso pensar que si nos preocupa algo dejamos de estar preocupados por otra cosa. En este sentido, creo que es errado el planteamiento reduccionista de que deberíamos empatizar con Gaza o con las víctimas de las atrocidades de la lista de Epstein antes que con Punch. No, eso no funciona así. Y no se opera de este modo porque claramente uno puede atender a todas estas situaciones a la vez, frustrarse, enfadarse y protestar ante todas y cada una de ellas. Esta atención simultánea tampoco requiere equiparación y no excluye que comprendamos que hay una jerarquía en la gravedad de los problemas: el asesinato o la violación tenderá a parecernos algo mucho peor que el bullying, por mucho que este último sea también detestable.
De este modo, al preguntar por qué amamos a Punch no estoy tratando de desplazar la cuestión a otros temas que puedan considerarse prioritarios sino que, realmente, estoy buscando comprender porque es precisamente este tema tan susceptible de una compasión viral. Mi hipótesis al respecto: Punch es algo sencillo y fácil de digerir.
Hace poco tiempo comenzó a filtrarse alguna información de los archivos de Epstein, nombres de empresarios y políticos de renombre aparecen por doquier, se relatan prácticas atroces de abuso de menores, presunto canibalismo, torturas y un sin fin de barbaridades. Y desde bastante antes hemos estado viendo bombardeos diarios a la Franja de Gaza, por no hablar de los cortes de suministros y la hambruna provocada por los mismos, entre muchas otras brutalidades. Y la lista de barbaridades en conflictos y situaciones brutales suma y sigue: la “caza” de civiles por parte de gente rica en Bosnia Herzegovina en los años 90, las calamidades, expolio y la muerte en Sudán del Sur, la continuidad de la cruenta guerra en Ucrania, etc.
Sin embargo, si bien difícilmente encontraremos personas que digan sentirse indiferentes ante estas realidades al ser preguntadas, lo cierto es que ninguno de estos ejemplos ha suscitado una viralidad compasiva ni remotamente cercana a la de Punch.
Y sí, alguien puede decir: estás mezclando muchos asuntos, no es lo mismo una guerra que unos abusos o que otro tipo de situaciones. Aún con matices nada desdeñables, podría comprar este argumentario en aras a facilitar la explicación (a pesar de que aquello que denominamos guerra, por ejemplo, a veces es solo una designación para justificar la masacre). Quedémonos al menos con los archivos de Epstein. Aquí la impugnación es difícil de hacer. Ni siquiera desde el desconocimiento del contexto se puede alegar que hay nada parecido a una justificación o causa belli: sabemos que las víctimas son víctimas y no hay forma de comprenderlo de otro modo.
No obstante, en lo relativo a la lista de Epstein, la reacción ha sido discreta. La aparición en los medios y en las redes sociales ha pasado como una rafaga de viento escandalosa pero que no ha removido realmente nada. No vamos a negar que debe haber claros intereses en que el tema sea tratado de puntillas en determinados medios, pero aún con esas: no ha habido ni tan siquiera una viralidad rápidamente sofocada, porque lo cierto es que apenas ha habido viralidad.
De ahí mi hipótesis: Punch es viral porque es fácil de comprender y digerir, porque no requiere mucho de nosotros. En este mundo acelerado, entre tupper y tupper, entre bus y metro, entre jornada y jornada, parece que hemos asumido que hay elementos injustos pero inevitables. La lista de Epstein, igual que otros muchos problemas, se nos presenta como una red compleja de interrelaciones e impunidades, de figuras que asumimos que son intocables o que serán sustituidas por otras con el mismo poder y las mismas inclinaciones, con lo cual nada de lo que hagamos será un esfuerzo útil y que merezca la pena… Además, parece que nuestro tiempo y esfuerzo en compadecernos no solo no va a ayudar en nada a solucionar la problemática, sino que ni siquiera va a generar comunidad, pues siempre encontraremos a personas lanzándose trapos sucios los unos a los otros.
Por contra, la historia de Punch es muy sencilla: una cría que ha sido rechazada por su madre y posteriormente por su grupo. Ese rechazo que interpela a nuestro trauma es algo fácil de observar, fácil de empatizar y, por lo tanto, fácil para generar comunidad: amar a Punch no nos enfrentará a nadie, no tendremos que discutir. Son solo él y su peluche. Las redes sociales operan muy bien bajo este patrón. La viralidad telenovelesca funciona mejor en la medida en la que lo que se transmite es sencillo, universalizable, digerible.
Hasta tal punto la sencillez acrítica es fundamental en el tema de Punch que ni tan siquiera estamos dedicando atención a cuestionarnos los puntos peliagudos del asunto. En especial, a revisar si el modelo de “conservación” de los zoológicos no está contribuyendo aún más a desvirtuar y estresar el comportamiento de animales que no pueden operar con naturalidad y normalidad en un mundo precintado. Y, por supuesto, al hecho de que esta viralidad está precisamente redundando en reforzar ese sistema, vendiendo más entradas por parte de ese zoológico y generando merchandising (de peluches como el que fetichiza Punch).
En definitiva, sabemos que algo no funciona pero acabamos siendo cínicos: hacemos como si no pasara nada, seguimos adelante como si todo estuviera bien porque, al final, es mejor sentirse reconfortado ante una comunidad de sintientes que no nos pondrá problemas. Punch es nuestra terapia grupal y estamos encantados con ello.

