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En el tercer día de guerra abierta entre los Estados Unidos, Israel y Iran, la escalada iniciada después de los bombardeos conjuntos sobre territorio iraní ha adquirido una dimensión regional de alto impacto estratégico. Tras el asesinato del líder supremo iraní y la destrucción de múltiples infraestructuras militares, Teherán ha respondido con una ola coordinada de ataques con drones y misiles dirigidos contra bases estadounidenses en el Golfo, infraestructuras israelíes y posiciones diplomáticas en Arabia Saudí y Kuwait. Irán no es, en este sentido, Venezuela. La rendición, por ahora, no se contempla.
Organizaciones de derechos humanos estiman que más de 700 civiles han muerto desde el inicio de los bombardeos conjuntos, con cifras que oscilan entre los 555 muertos reconocidos por la Iranian Red Crescent Society y los 742 civiles documentados por la agencia Human Rights Activists in Iran, entre ellos al menos 176 menores, aunque el apagón casi total de internet dentro de Irán dificulta la verificación independiente y alimenta la preocupación por un balance aún mayor.
La respuesta iraní apunta a una estrategia de resistencia sostenida orientada a multiplicar frentes y elevar el coste político y económico del conflicto. Como parte de esta contraofensiva, la Guardia Revolucionaria cerró el Estrecho de Ormuz, paso por el cual circula cerca del veinte por ciento del petróleo mundial. Los “mercados” ya han comenzado a reaccionar al alza, como no podía ser de otra manera; el precio del crudo ha aumentado un 10 %, y el del gas natural más de un 40 %.
La expansión bélica también se ha desplazado hacia el norte. Israel ha iniciado el despliegue de tropas en el sur del Líbano tras intercambios de fuego con Hezbollah, abriendo un nuevo frente que reconfigura el mapa del conflicto. En el horizonte está el proyecto político del sionismo religioso del “Gran Israel”, que abarcaría desde el río Nilo en Egipto hasta el río Éufrates en Irak, incluyendo Jordania, Cisjordania, la Franja de Gaza, el Sinaí y partes de Siria, Líbano y Turquía.
La promesa de una guerra breve
Donald Trump empezó declarando que la guerra duraría entre cuatro y cinco semanas. Poco después admitió que podría prolongarse más tiempo, afirmando que eso no le preocupa porque los Estados Unidos dispone del ejército más grande del mundo y puede “relajarse y esperar”. Es decir, que Trump está haciendo exactamente lo contrario de lo que dijo durante la campaña electoral, cuando prometió acabar con el pasado reciente intervencionista y virar hacia una política internacional aislacionista. Lo que está terminando, en realidad, son las últimas trazas de derecho internacional que se habían constituido —con sus fallos e incapacidades— después de la Segunda Guerra Mundial
No obstante, la confianza presidencial parece apoyarse en precedentes recientes percibidos como victorias rápidas, como la intervención indirecta en Venezuela. Este marco refuerza la percepción de que la capacidad de proyectar fuerza y eliminar objetivos estratégicos puede producir resultados inmediatos sin consecuencias estructurales. Un análisis que, según el profesor chino-canadiense Jiang Xueqin (que previamente había previsto con acierto la victoria electoral de Trump y el posterior ataque estadounidense a Irán), es erróneo y puede provocar que Irán se convierta en el Vietnam de Trump.
Por qué Estados Unidos puede perder
Para Jiang Xueqin, la guerra contra Irán no responde a la lógica convencional de superioridad tecnológica y golpes rápidos de decapitación estratégica. Se trata de una guerra de desgaste, híbrida y económicamente asimétrica. Y en este terreno, sostiene, Estados Unidos parte con desventaja estructural. Su análisis es el siguiente:
El primer elemento es la asimetría de costes: el sistema militar estadounidense fue diseñado para la Guerra Fría: tecnología sofisticada, sistemas complejos, plataformas de altísimo coste. En cambio, Irán opera con una lógica distinta. Drones de bajo coste, misiles relativamente baratos y redes distribuidas obligan a Estados Unidos a activar interceptores que multiplican por diez o por veinte el precio del ataque inicial. Cada intercepción exitosa supone una victoria táctica, pero un desgaste financiero estratégico. En una guerra prolongada, esta ecuación erosiona recursos.
El segundo elemento es el tiempo: Irán lleva dos décadas preparándose para este escenario. Ha estudiado las capacidades israelíes y estadounidenses, ha probado respuestas y ha construido una red de aliados y milicias en la región. Estados Unidos, en cambio, se enfrenta a un teatro fragmentado, sin un frente claro, con múltiples puntos de presión simultáneos. La guerra no se concentra en una capital ni en un ejército regular que pueda rendirse. Se dispersa en bases, rutas marítimas, infraestructuras energéticas y nodos logísticos.
El tercer factor es el Golfo: Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Bahrain y Qatar constituyen el núcleo financiero del sistema del petrodólar. Venden energía y reciclan esos ingresos en activos estadounidenses, alimentando mercados financieros y, más recientemente, la expansión de la inteligencia artificial y los centros de datos. Irán ha desplazado la presión hacia este espacio, y el cierre del estrecho de Ormuz afecta directamente al flujo energético mundial. Los ataques o amenazas sobre infraestructuras críticas saudíes —incluidas plantas desalinizadoras que proporcionan alrededor del 60 % del agua potable del país— introducen vulnerabilidad civil y política. Una desestabilización prolongada del Golfo altera no solo la seguridad regional, sino la arquitectura financiera que sostiene al dólar.
El cuarto elemento es la economía digital: los ataques contra infraestructuras logísticas vinculadas a grandes plataformas tecnológicas trasladan la guerra al corazón de la cadena de suministro global. Centros asociados a Amazon y otros actores tecnológicos en Emiratos y Arabia Saudita forman parte de redes que sostienen comercio, datos y servicios en la nube. Cuando estos nodos se convierten en objetivos, el conflicto deja de ser exclusivamente militar. Y si el capital del Golfo reduce su exposición a activos estadounidenses por una inestabilidad prolongada, el impacto se proyecta hacia el mercado bursátil y hacia la burbuja de inversión en inteligencia artificial.
El quinto factor es el dilema de la escalada: la historia reciente muestra que el cambio de régimen rara vez se consigue exclusivamente desde el aire. En este sentido, si los objetivos estratégicos iniciales no se materializan, la presión para introducir tropas terrestres puede aumentar, especialmente si los aliados regionales exigen una protección reforzada. Una intervención limitada puede transformarse en un compromiso ampliado bajo la lógica de credibilidad y prestigio. En este escenario, el coste humano y político se intensifica.
Ahora bien, también cabe hacerse otra pregunta, que introduce, si se quiere, un escenario aún más turbulento: ¿y si Trump no viera con malos ojos alargar una guerra que le sirviera para llevar al país a un estado de semi-excepción que le permitiera perpetuarse en el poder con un tercer mandato?
Por qué el conflicto con Irán se compara con la guerra de Vietnam (1955–1975)
El texto compara la guerra contra Irán con la guerra de Vietnam para mostrar por qué este conflicto podría ser muy difícil para los Estados Unidos, a pesar de su poder militar.
1. Guerra de desgaste y resistencia local
- En Vietnam (1955–1975), los Estados Unidos ganaron muchas batallas individuales, pero los guerrilleros vietnamitas seguían resistiendo.
- De forma similar, Irán utiliza tácticas asimétricas: drones, misiles baratos y milicias distribuidas. Esto hace que no haya un frente único ni un enemigo que pueda ser derrotado rápidamente.
2. Coste económico y político
- La guerra de Vietnam fue muy costosa en dinero y en vidas humanas y tuvo un gran impacto en la sociedad y la política de Estados Unidos.
- Una guerra con Irán también podría ser prolongada y cara, sobre todo porque cada ataque iraní obliga a Estados Unidos a gastar mucho más dinero en defensa y en interceptores.
3. Expectativas iniciales frente a la realidad
- En Estados Unidos, muchos pensaban que Vietnam sería una victoria rápida, una “guerra corta”. Pero la resistencia vietnamita y la geografía del país hicieron que el conflicto fuera largo e imprevisible.
- En el texto se dice que Donald Trump esperaba una guerra corta y con resultados rápidos, pero Irán está preparado y podría convertir el conflicto en una guerra larga y de desgaste, como ocurrió en Vietnam (1955–1975).
4. Moral y opinión pública
- La guerra de Vietnam afectó la moral de los soldados y la opinión pública en Estados Unidos.
- Una guerra prolongada con Irán también podría debilitar el apoyo interno y generar presión política sobre el gobierno.
En resumen:
Comparar este posible conflicto con la guerra de Vietnam sirve para advertir que una superioridad tecnológica no garantiza una victoria rápida, especialmente frente a un adversario que utiliza estrategias de resistencia, desgaste y redes distribuidas.
Test de comprensión lectora – ¿Puede Irán convertirse en el Vietnam de Trump?
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