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Contemplar el firmamento, una noche oscura y en un lugar sin contaminación lumínica, es una de las experiencias más alucinantes que tenemos a nuestro alcance. Millones de puntos luminosos, situados a distancias que superan nuestra imaginación, algunos ya inexistentes al ser estrellas que se han consumido, pero cuya luz aún nos sigue llegando … Se estima que existen 300 trillones de estrellas en el Universo, todas con sus planetas. Total, que la Tierra es un pequeño planeta, de una pequeña estrella (el Sol), que únicamente tiene ocho planetas y que pertenece a una galaxia pequeña de las muchas que se observan.
El origen de la vida en la Tierra puede explicarse en términos religiosos o científicos. A pesar de los esfuerzos de algunos grandes pensadores (como Teilhard de Chardin), no es evidente que ambas cosmologías coincidan. En el terreno de la ciencia, los experimentos de Oparin, Miller y Urey apuntan a un origen aleatorio y no determinista en el origen de la vida. Es decir, un proceso de muy baja probabilidad que sorprendentemente acabó por producirse. Y si la vida en la Tierra ha sido por azar, cuesta imaginar que, en tantos millones de planetas existentes, solo nosotros hayamos sido los escogidos es un proceso evolutivo que ha durado miles de millones de años. Los humanos somos unos recién llegados a la Tierra, apenas unos centenares de miles de años, y parece que tenemos la capacidad para destruirla.
La Luna, el cuerpo celeste más cercano a nosotros, ha sido objeto de atracción de poetas y pensadores; contemplar una noche de luna llena nos fascina. Y el viaje de la nave Artemis II, completado con éxito después de siete días de misión, entre el 1 y el 10 de abril del 2026.
En primer lugar, ha sido un triunfo de la tecnología. Es la primera vez que la humanidad viaja tan lejos en el espacio y la primera vez que puede contemplar la llamada cara oculta de la Luna de un modo directo, aunque mediante instrumentación ya había sido observada. Una parte de la Luna permanece siempre oculta debido a que el tiempo de rotación sobre su eje es el mismo que en orbitar la Tierra.
La tecnología que nos permite ir hasta la Luna es muy semejante a la tecnología que sustenta guerras letales, con miles de muertos inocentes. El éxito de la Artemis II nos debe reconciliar, en los tiempos duros que vivimos, con la capacidad inventora y de innovación de la humanidad. Las tecnologías en sí no son ni buenas ni malas, es (como en todo) el uso que hagamos de ellas. Sucede también con el uranio, con las drogas, o cómo conducimos un automóvil por una carretera.
Por tanto, la tecnología nos ha permitido llegar más lejos que nunca de nuestro planeta, tan solo un infinitésimo dentro de las distancias del Universo. Éste es un primer hito, importante si nuestra ambición es seguir explorando. Llegar al siguiente planeta más cercano, Marte, supone ya un viaje de seis meses de ida y otros tantos de vuelta con la tecnología actual. La Artemis II es un ensayo para llegar cada vez más lejos.
Ha sido también un experimento con éxito para situar en un futuro próximo una estación habitada permanente en la Luna. Para ello es necesario probar cohetes y naves, garantizar el soporte vital a las tripulaciones, comprobar la protección frente a las radiaciones, asegurar las comunicaciones, ensayar maniobras críticas, etc. Puede parecer un objetivo muy complejo, pero si la estación espacial permanente lleva ya 24 años funcionando, parece factible situar un punto permanente de observación y exploración. Por ejemplo, debe resolverse si en la Luna existe o no agua en estado de congelación. Es un tema fundamental: si hay agua, hay hidrógeno y por tanto se dispondría de buena fuente inagotable de energía.
Pensar que una colonia permanente en la Luna garantiza su colonización, a modo de una película de ciencia ficción, para que, si la Tierra se hace inhabitable, nos vayamos a vivir a nuestro satélite, parece que no está en los planteamientos actuales. En todo caso sería un punto avanzado par mejorar en nuestro conocimiento y acaso puerto de partida para viajes más lejanos.
Es muy posible que existan también objetivos estratégicos y económicos, como sentar las bases para la extracción de recursos, inaugurando una economía lunar a la vez que se impulsa la ciencia. Y es muy probable que la colonización de la Luna persiga también objetivos no declarados a la opinión pública.
El balance del Artemis II es muy positivo: la humanidad ha llegado más lejos que nunca en el Universo, se ha demostrado que la tecnología puede ser también útil para avanzar en nuestro desarrollo y, además, una tripulación multiétnica, internacional y con presencia de una mujer da un mensaje potente sobre cuáles han de ser las bases de nuestros valores como civilización.
Y siguen sin respuesta las grandes preguntas: ¿estamos solos en el infinito? ¿somos un azar único entre tantas posibles combinaciones? ¿y antes del Big Bang, qué?

