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Hay espacios por los que pasamos sin fijarnos en ellos: un parque poco frecuentado, una plaza que solo se usa como aparcamiento, un paso subterráneo, un andén, un vacío urbano. El placemaking surge de una pregunta sencilla: ¿qué puede transformar un espacio en un lugar? La respuesta no es solo arquitectónica. No basta con un banco nuevo, un carril bici o un mural. Se necesita un proceso capaz de involucrar a quienes habitan, atraviesan e imaginan ese espacio.
Según Project for Public Spaces, el placemaking es un proceso colaborativo que ayuda a las comunidades a «reimaginar y reinventar» los espacios públicos como el corazón de la vida colectiva. ONU-Hábitat vincula este tema a los objetivos de ciudades más inclusivas, seguras, accesibles y sostenibles: desde 2012, su Programa Global de Espacios Públicos ha apoyado intervenciones en más de 100 ciudades, con especial atención a las mujeres, los jóvenes, las niñas y los niños, las personas vulnerables y los barrios marginados. La idea central es esta: el espacio público no es un elemento de mobiliario urbano, sino un derecho, una relación, una posibilidad de participación. (Portland Trails)
A nivel internacional existen casos que se han convertido en emblemáticos. En Nueva York, la High Line ha transformado una vía férrea elevada abandonada en un parque lineal. Es un ejemplo de reutilización adaptativa: en lugar de demoler una infraestructura, la ciudad la ha convertido en paisaje, paseo y espacio cultural. El caso es famoso también porque muestra una contradicción: un lugar puede generar belleza y atractivo turístico, pero también aumentar el valor inmobiliario y expulsar a quienes vivían en el barrio. El placemaking, por lo tanto, no es neutro: debe preguntarse siempre quién se beneficia de la transformación. (Encyclopedia Britannica)
También en Nueva York, Times Square ha pasado de ser un cruce dominado por el tráfico a una gran plaza peatonal. La intervención ha aumentado los espacios para quienes caminan, se detienen, miran y se encuentran. Aquí la lección es diferente: a veces el mejor proyecto es aquel que no lo llena todo, sino que deja márgenes de uso. Una plaza funciona cuando puede acoger a turistas, trabajadores, artistas callejeros, familias, manifestaciones y pausas cotidianas. (WIRED)
En Copenhague, Superkilen es un parque situado en el barrio multicultural de Nørrebro. Inaugurado en 2012 y diseñado por BIG, Topotek1 y Superflex, reúne objetos urbanos procedentes de muchos países: fuentes, bancos, juegos, letreros, equipamiento deportivo. Se concibió como una especie de atlas urbano de las comunidades que habitan el barrio. Su éxito no radica solo en el color o en el impacto visual, sino en el intento de hacer visible la pluralidad cultural. Sin embargo, también este caso es objeto de debate: representar la diversidad no basta si no se construyen con el tiempo el cuidado, el mantenimiento, la accesibilidad y el uso real por parte de las personas. (VisitDenmark)
De estos ejemplos se desprenden algunas reglas. Primero: el placemaking parte de la escucha. Segundo: trabaja sobre la proximidad, es decir, sobre lo que las personas viven cada día. Tercero: aúna competencias diversas, desde el urbanismo hasta el arte, desde la educación hasta la comunicación. Cuarto: debe evaluarse no solo por lo bonito que es, sino por lo que se usa, lo inclusivo que es, lo seguro que es y lo reconocido que es por la comunidad. Quinto: no coincide con la gentrificación. Si un lugar se vuelve más bonito pero menos accesible, algo no ha funcionado.
En este contexto se inscribe la residencia Play Brindisi, promovida en el marco del proyecto Play Brindisi y del programa METRO PLUS y Città Medie Sud 2021-2027. La residencia, prevista en el Parque del Cillarese del 7 al 11 de junio, invita a artistas, diseñadores y creativos a trabajar con jóvenes de la zona, en particular con aquellos de entre 18 y 35 años que no cursan estudios ni trabajan, para crear una obra capaz de activar nuevas relaciones entre las personas, el imaginario urbano y el espacio público.
El nombre Play ya encierra una visión. Play es juego, pero también puesta en escena, experimentación, deporte, la posibilidad de «rejugar» la ciudad. En Brindisi, este enfoque tiene un significado especial. La ciudad está atravesando una fase de transformación: de la larga herencia de la industria pesada hacia nuevas demandas de sostenibilidad, cultura, transición energética, innovación social y protagonismo juvenil. El Cillarese, en este contexto, no es solo un parque: es un lugar donde poner a prueba un método. No se trata de imponer una obra desde arriba, sino de construir un proceso en el que quien llega de fuera se encuentra con quien vive el territorio, escucha, observa, coproyecta, devuelve.
La residencia Play Brindisi puede interpretarse como una acción de creative placemaking: utiliza lenguajes artísticos y de diseño para generar participación, pertenencia y narración. El valor no reside únicamente en el objeto final, sino en el recorrido: los paseos, las conversaciones, las historias recopiladas, los gestos, los ensayos, los errores, la colaboración. Es aquí donde el placemaking se convierte en educación cívica concreta. La gente aprende que el espacio público no es «de nadie», sino «de todos»; no es solo para consumirlo, sino para habitarlo, cuidarlo, interpretarlo.
Por eso Play Brindisi dialoga con las experiencias internacionales, pero no las copia. De la High Line puede aprender la reutilización creativa, sin olvidar el riesgo de exclusión. De Times Square puede aprender la fuerza de los espacios abiertos al uso espontáneo. De Superkilen puede aprender la representación de la pluralidad, yendo más allá de la superficie estética. Su punto específico es el vínculo con una ciudad mediterránea que busca nuevas palabras para contarse a sí misma: puerto, umbral, paisaje industrial, mar, barrios, jóvenes, comunidad.
El mejor placemaking no solo produce lugares «instagrameables». Produce preguntas: ¿quién puede estar aquí? ¿Quién decide? ¿Qué recuerdos se escuchan? ¿Qué deseos encuentran espacio? Play Brindisi intenta responder partiendo del verbo más sencillo y más político: jugar. Porque jugar, en el espacio público, significa participar. Y participar es el primer paso para sentirse parte.

