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¿Hay racismo en el fútbol español? ¿Son Lamine Yamal, Vinícius JR y los hermanos Williams víctimas de hinchadas racistas que profieren insultos y siembran odio, de manera selectiva, en los estadios? ¿Es España un país racista? Estas y otras preguntas similares se plantean en los medios de comunicación después de cada episodio en el que alguna de las estrellas de la Liga se convierte en objeto de los improperios de la afición rival por su color de piel, su origen o su religión. Sucede de manera cíclica, desde hace décadas, sin que las acaloradas reacciones que provoca ni las (supuestas) medidas que se toman consigan acabar con ellos.
El último es reciente. “¡Bote, bote, bote, musulmán el que no bote!”, se oyó en Cornellà-El Prat, el pasado 31 de marzo, en un partido entre España y Egipto. No importó que el encuentro fuera un amistoso sin trascendencia competitiva. Ni que entre los jugadores del equipo local (España) hubiera uno, nada más y nada menos que la estrella, que profesa esa religión. ¿O fue precisamente por eso, porque Lamine es musulmán, por lo que la hinchada española decidió alentar a los suyos con este cántico?
Lamine, en cualquier caso, se sintió aludido y no tardó en reaccionar de manera contundente. «Sé que iba por el equipo rival y no era algo personal contra mí, pero como persona musulmana no deja de ser una falta de respeto y algo intolerable», señaló el extremo catalán en su perfil de Instagram tras el partido. «Entiendo que no toda la afición es así, pero a los que cantan estas cosas: usar una religión como burla en un campo os deja como personas ignorantes y racistas», agregó.
Expresiones de odio
Ignorantes no quiere decir que ignoraran lo que estaban haciendo. La acción, repetida y prolongada, no pareció una adaptación espontánea del habitual “¡Bote, bote, bote, madridista el que no bote!” o del “polaco el que no bote”. ¿O acaso es la condición de musulmán lo primero que a uno se le viene a la cabeza cuando piensa en Egipto?
Habrá quien señale que la religión oficial de Egipto es el islam y que, por tanto, llamar musulmanes a los futbolistas e hinchas del país africano es un dato objetivo que no puede considerarse un insulto. Como tampoco lo es, en sí, llamarle a alguien madridista, perico (a los hinchas del Espanyol) o polaco (a los del Barça), o calificar de negro a Lamine, los Williams o Vinícius, porque efectivamente lo son.
El problema surge cuando esos calificativos que podrían ser neutros se expresan desde una supuesta superioridad racial, moral o religiosa, como una ofensa, considerando que el otro es distinto e inferior precisamente por esas características: ser musulmán, negro, homosexual o gordo. Se convierten, entonces, en injurias racistas, homófobas o en expresiones de odio, como evidencia el “de mierda” que acostumbra a acompañarlas.
Todavía recordamos a Luis Aragonés, en un entrenamiento de la selección española de fútbol, animando al sevillista José Antonio Reyes a intimidar al francés Thierry Henry espetándole un “Me cago en […], negro de mierda, soy mejor que usted”. Se disputaba la Eurocopa de 2004 y el ex seleccionador español no encontró mejor manera de espolear a su pupilo antes del choque ante Francia.
“El problema del racismo es de conciencia y mi conciencia está tranquila. Soy ciudadano del mundo, tengo amigos negros y no puedo comprender que se siga hablando de este tema”, se defendió el ya fallecido Aragonés cuando se le tildó de racista.
Su reacción, la de algunas autoridades y la de ciertos medios de comunicación fue igual a la de la mayoría de las personas que animan a los suyos atacando a los rivales de manera ofensiva: no se perciben como racistas por más que tengan comportamientos que sí lo son. “Son cosas del fútbol”; “En el fútbol siempre ha habido insultos”; “Eso se queda en el campo”, argumentan, confirmando hasta qué punto se han normalizado en el deporte actitudes que serían intolerables en otros ámbitos. A su favor, también esgrimen la contradicción de aceptar en su equipo a los futbolistas no blancos, no católicos o no normativos que ultrajan en el rival.
“Racismo estructural”
“El racismo está en la sociedad. La diferencia es que en el estadio ya no podemos fingir que no existe. Es estructural, nos guste o no. Y es una vulneración de la dignidad humana”, afirma José Montero, director de Relaciones Institucionales de La Liga.
“Cada vez que una conducta de odio no recibe respuesta, el umbral de lo tolerable se desplaza un poco más. Y cuando lleva años desplazándose, al final, se acaba integrando, normalizando”, añade el que fuera base del Joventut, del Barcelona y de la selección española de baloncesto.
La Liga, la empresa para la que trabaja, ha respondido a estos comportamientos poniendo en marcha diversas iniciativas para combatir el odio, el racismo y la xenofobia en el fútbol español. Los efectos, sin embargo, han sido limitados. Las campañas educativas en pro de la tolerancia y el respeto no han conseguido erradicar los gestos imitando a primates, el lanzamiento de bananas, los gritos que emulan a un simio —siempre dirigidos a futbolistas negros—, ni tampoco los cánticos injuriosos, que abarcan a un espectro más amplio de futbolistas o al equipo rival al completo.
Raíces históricas
¿Pero por qué se suceden estos episodios si, como se proclama de manera general, España no es un país racista ni xenófobo? Carles Viñas, historiador y experto en el mundo ultra en el fútbol, apunta al papel que la religión jugó durante siglos en la Península y a cómo los diferentes monarcas la utilizaron para hacer limpiezas étnicas y mantener la pureza de la raza, que también pretendió el franquismo, para contextualizar el fenómeno.
“Durante la dictadura franquista, el régimen promovió una visión homogénea de la identidad española que excluía a las minorías nacionales, étnicas y raciales”, señala Viñas en un artículo publicado por el centro de análisis FUNCAS en diciembre de 2024. “Los episodios de racismo en el fútbol español se sucedieron esporádicamente hasta inicios de los años ochenta, cuando la aparición de los grupos radicales, mal llamados ultras, estuvo ligada a un incremento de las actitudes racistas”, continúa.
Entonces, replicando el hooliganismo británico, la violencia y los comportamientos racistas se extendieron por los estadios de un país que apenas recibía inmigración y que aún contaba con muy pocos futbolistas negros. Dirigentes y autoridades condenaban los actos más graves como episodios aislados, al tiempo que mantenían la connivencia con los grupos que los protagonizaban: Ultra Sur (Real Madrid), Boixos Nois (FC Barcelona), Brigadas Blanquiazules (RC Espanyol), Frente Atlético (Atlético de Madrid), Riazor Blues (Deportivo de La Coruña) …
La persistencia del racismo
Hubo que esperar unos cuantos años más, hasta entrados los 2000, para que los clubes abandonaran la complicidad y pusieran coto a los grupos radicales que utilizaban sus instalaciones y su nombre para perpetrar barbaridades. Su progresivo alejamiento de las canchas —el veto del presidente del Barcelona Joan Laporta a los Boixos Nois marcó un antes y un después— desterró la violencia, pero no los comportamientos racistas, normalizados en un contexto en el que el anonimato que confiere la masa refuerza la sensación de impunidad.
“Yo creo que, en lugar de un comunicado del insultado cuando suceden episodios así, deberían ser los otros jugadores los que salieran a apoyar al ultrajado, a evidenciar que lo acompañan y le dan la mano; me parece que tendría más efecto”, señala la ex baloncestista Cindy Lima, en unas jornadas contra el odio organizadas por La Liga en Barcelona.
Como Lamine Yamal, la campeona de Europa con la Selección en 2013 es catalana y negra, y sabe de lo que habla. “Aunque en el baloncesto tenga menos repercusión, también hay racismo y, desde pequeña, te acostumbras a apretar los dientes y aguantarte cuando oyes según qué cosas”, expone. “¿O no se acuerdan de cómo se le echaron encima a Eto’o cuando se quejó por los insultos racistas que recibía?”.
Protestas y medidas preventivas
En la línea de su propuesta, los aficionados del Celta de Vigo, hombres y mujeres, acudieron a Balaídos con las uñas pintadas, en un gesto de solidaridad con Borja Iglesias, después de que este recibiera insultos homófobos en Sevilla por jugar con las uñas pintadas.
“Que me llamen ‘maricón’, no lo considero un insulto. Cuando un tipo suelta eso, me digo que yo sería mucho más feliz siendo ‘maricón’ que siendo como él”, afirmó el delantero gallego en una entrevista concedida al diario francés L’Équipe. “No poder mostrarse tal como uno es y amar a quien uno quiere es inaceptable”, añadió uno de los pocos futbolistas que reiteradamente ha alzado la voz ante episodios homófobos, racistas o machistas, como el protagonizado por el expresidente de la Federación Española de Fútbol, Luis Rubiales, con la internacional Jennifer Hermoso en el Mundial de 2024.
“Además de educar en la base, los clubes deberían restringir el derecho de admisión a quienes protagonizan estas conductas, ponerles multas de más de 30.000 euros, prohibirles la entrada al estadio durante un tiempo y, si son menores de 25 años, obligarlos a que convivan con víctimas de racismo para que se sensibilicen”, propone Cindy Lima como fórmula para combatir el odio en el deporte de manera más eficaz.
“Yo creo que hay que identificar a quienes insultan, que se sepa públicamente quiénes son, personalizar las sanciones y ser más contundentes”, añade Alberto Edjogo-Owono, exfutbolista y actual comentarista de televisión. Catalán de origen guineano, desde pequeño aprendió a “aguantar lo que te echen”, porque, “si te quejas, eres conflictivo y tú no quieres serlo; así que te acostumbras a callar”.
Sus experiencias no sitúan el problema en el ámbito de los grupos radicales, que siguen existiendo, sino en la esfera cotidiana, en el día a día de ese deporte llamado a transmitir valores como el respeto, el compañerismo y la igualdad.
Deporte para transmitir valores
“El deporte en sí no representa nada ni da ningún valor, como vimos en Cornellà”, sostiene David Escudé, concejal de Deportes del Ayuntamiento de Barcelona, en las jornadas contra el odio de La Liga. “Somos nosotros los que tenemos que llenar el depósito y darle valores, levantar banderas que nos unen a todos”.
Eso, precisamente, fue lo que intentó hacer el CE L’Hospitalet tras el episodio de Cornellà a través de un vídeo en el que recordaba que, de las “más de 290.000 personas que viven en la ciudad, casi 20.000 son musulmanas”, entre ellas, Buba, uno de los jugadores del primer equipo masculino, y Moha, futbolista del alevín. “Somos lo que somos por todos los que estamos. Como un equipo. Como tiene que ser”, rezaba el lema del vídeo.
La iniciativa recibió muchos aplausos, pero también no pocos comentarios que evidencian cómo los discursos de odio, racistas, xenófobos e islamofóbicos se extienden en nuestra sociedad o, cuando menos, en las redes sociales en las que nos manifestamos.
Desde el “no los queremos aquí” hasta el “los deportaremos”, pasando por
los comentarios que responsabilizan a los musulmanes de todos los males de la ciudad, las reacciones negativas a la publicación que L’Hospi hizo en X constatan que el fenómeno no se circunscribe al fútbol o al deporte en general, sino que permea nuestra vida cotidiana.
Más allá del fútbol
“El fútbol no es el único espacio donde existe el racismo, pero sí es uno de los pocos con capacidad real de cambiarlo”, afirma Montero. “Lo que el fútbol hace bien educa a millones más allá del fútbol. Y lo que el fútbol tolera también manda un mensaje a esos mismos millones. Cuando el vestuario y la grada se alinean, la sociedad aprende más rápido”, prosigue el director de Relaciones Institucionales de La Liga. “La lucha contra el racismo no puede depender de la indignación del momento. Tiene que ser una estructura permanente, tiene que ser todos los días”.
¿Cómo hacerlo cuando los vientos que soplan en todo el mundo apuntan en la dirección contraria? La Liga ha recurrido a la tecnología. Según apunta Carlos del Valle, director de Integridad y seguridad de La Liga, la monitorización de las redes sociales y la lectura de labios en las imágenes de televisión les permitió demostrar y judicializar 18 insultos en la temporada 2024-25.
Ahora, un código QR adherido al asiento del estadio permite denunciar de manera anónima al vecino que profiere improperios desde la grada. La denuncia activa un protocolo de seguimiento y verificación que puede acabar con el infractor expulsado del estadio. Es su iniciativa más reciente y descarga en el socio-espectador-ciudadano la tarea de vigilancia, al tiempo que le traslada la responsabilidad de la denuncia. ¿Hasta qué punto eso es deseable es una pregunta que cabría hacerse en una sociedad ya hipervigilada que, además, asume funciones que no le corresponden?
“Todos tenemos la obligación de hacer más de lo que hacemos, también los medios de comunicación no dándoles más protagonismo del que se merecen; las instituciones y las familias”, asegura Escudé.
¿Cómo romper el círculo?
Los episodios de padres insultando a árbitros, rivales y hasta al propio entrenador del equipo en el que juega su hijo son de lo más habitual en los campos de fútbol de las categorías base. En la élite, a diferencia de lo que sucede en otros deportes, las faltas de respeto al colegiado y los insultos entre rivales también son moneda común.
Las instituciones, habitualmente a la zaga, acostumbran a quedarse en el discurso políticamente correcto y a delegar la responsabilidad en otros estamentos o en los ciudadanos. Los medios de comunicación, por su parte, se mueven en la hipocresía de condenar los discursos de odio al tiempo que los reproducen una y otra vez para alimentar polémicas que aseguran clicks, visualizaciones y comentarios en las publicaciones. Las redes sociales, finalmente, lo magnifican todo y exacerban posturas.
¿Cómo romper el círculo? “El racismo se acabará cuando la mayoría deje de tolerar que unos pocos actúen mal”, concluye Montero. “Actuar es convertir un ‘esto no puede pasar’ en un ‘esto no quedará sin respuesta’”.

